La tambora, un viaje sonoro por el sur de Bolívar

marzo 21 de 2018

Un fotógrafo cartagenero viajó 13 horas para tratar de responder a la pregunta: ¿Qué es la tambora? Parece ser, en todo caso, el latir de todo un pueblo que se resiste a dejar morir su tradición.

La tambora, un viaje sonoro por el sur de Bolívar

| Esto es el sur de Bolívar. Un territorio despiadadamente lejano del cuidado y la vigilancia del Estado colombiano. | Por: Emmanuel Upegui para SEMANA RURAL


Por: Emmanuel Upegui


Para arrancar hacia el sur de Bolívar se puede agarrar el bus de las 9:30 de la noche desde Cartagena. Después de 9 horas, la primera parada es Aguachica, en el Cesar. Lo mejor es viajar de noche para llegar con el alba y aprovechar las primeras camionetas que salen desde la estación de transportes, que se improvisa en una bodega. El objetivo es cruzar, sobre un planchón, uno de los brazos del río Magdalena a la altura de Gamarra, casi en la frontera entre Cesar y Bolívar.


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Las camionetas que llegan allí tienen cupo para cuatro personas en los puestos de adelante, donde reciben fresco el aire acondicionado; si son más los pasajeros, deben sentarse atrás, sobre tablas, recostados en varillas metálicas, expuestos a 30 grados centígrados, compartiendo lugar con maletas, cajas llenas de víveres y respirando la polvareda del camino. Luego hay que cruzar otro  brazo conocido como brazo de Morales, para después moverse entre la trocha durante una hora más hasta Arenal del Sur.
 

F  O  T  O S    Y    T  E  X  T  O     |   

 E  M  M  A  N  U  E  L     U  P  E  G  U  I 


 

 

Esto es el sur de Bolívar. Un territorio despiadadamente lejano. Lejano del cuidado y la vigilancia del Estado colombiano. Un lugar tejido por vías bien y mal construidas, por otras improvisadas, por tierreros que se levantan varios metros en el aire.

 

"Una vez vino una plaga aquí que le decían 'la langosta'. Eso se comía toda mata. Y había un señor que le gustaba mucho la tambora. La langosta mientras se le comía el maíz, él acá bailando.

Le sacaron una tuna:

En sereno abajo hay mucha langosta, Hilario García se comen tus rosas.

Entonces él decía:

Hilario García no conoce miedo y aunque se la coman de aquí no me muevo".

- CASIMIRA -
 

 

De los dos millones de habitantes que tiene Bolívar, aproximadamente 300 mil viven en municipios del sur.

Aquí se vive desde hace un siglo de la canoa y de la atarraya, de los caballos, las vacas y los toros que se ven pastar. Sus vidas transcurren entre vasijas de barro y arcilla, de plantaciones de pepino, papaya y maíz.

Son vecinos de la mina que vierte el mercurio en la quebrada, han visto una y otra vez al alcalde corrupto, al funcionario inoperante, al vecino que vendió el voto y al raspachín de coca que no pudo aspirar al bachillerato. Recuerdan al paramilitar, al guerrillero y más bien poco al soldado del Ejército.

Sus vidas, a pesar de todo, siguen aferradas a su arte, a los festivales y las fiestas patronales, a la música de la tambora o del picó, un sonido que es sinónimo de estas tierras: golpes de tambor hembra y de tambor macho.
 

 

"La gente salía corriendo cuando venían a meterse (paramilitares), pero cuando ya se iban, salíamos. Ni el burro otra vez a tocar tambora". 
 


 


En ese sur, cuando suena la tambora, no hay pena que pese lo suficiente. Todos encarnan, padecen y se zambullen en la sonoridad de esa vieja percusión.

Los viejos en el sur cuentan historias sobre los indígenas que antes poblaban los parajes. Hablan sobre negros que fundaban palenques más allá del de San Basilio y de encopetadas señoras que construían pueblos enteros. Aquí, chimilas y malibúes eran dueños y señores. Ocupaban el espacio que hoy se conoce como el cruce de los departamentos del Magdalena,
Cesar y Bolívar.
 

"La tambora viene de África y se fue extendiendo. Cartagena, Palenque, María La Baja. Aquí usamos los cuatro ritmos: chandé, guacherna, berroche y tambora".

- ÁNGEL MARÍA -


Recibieron en su momento a los españoles que recorrían en canoas y champanes el río grande de la Magdalena, cargados de toda variedad de mercancías en su intento por llevar La Colonia a los demás territorios. Llevaban vinos, telas, aceites, bogas, negros esclavizados, futuros cimarrones.

Tres culturas se juntaban en ese proceso: la europea, la africana y la indígena. En esa trietnia hay una palabra que sirve para denominar, a la vez, una danza, un canto, un instrumento y un género musical: la tambora.

 

¿Y qué es la tambora entonces? -pregunto a uno de los viejos del sur-

"Para mí la tambora es una tradición. Yo no tengo más nada que mi tradición: yo puedo escuchar cualquier música, cualquier canción… ¡Pero apenas escucho un tambor me brinca una pata, me quiero ir pa’ allá!".
 


 

"Yo a mi mamá la escuchaba cantar, pero yo no le paraba bolas. Ahora, a estas alturas de la vida, me da un sentimiento, nostalgia. No es todas las veces. En algunos momentos lloro, que si hubiera sabido que este folclor iba a tomar esta ruta, yo me hubiese empapado bien de mi mamá, porque esa sí era la señora que sabe de tambora, guacherna, tuna, berroche. Lo poquito que sé, se lo aprendí en la máquina". 
 

- ÁGUEDA -


Se reúnen 12 o 13 integrantes del grupo, a veces hasta 19. Las mujeres maquilladas, con flores rojas en el pelo; los hombres con camisa y pantalón, con sombrero tejido, con abarcas. Todos orbitan alrededor de los troncos huecos cubiertos de cuero tensado con cuerdas y estacas.


 


"¿Que por qué no me fui de Arenal…? Pues pensando en mi negocito. Es que esto quedó solo. Simplemente quedamos un vecino de por aquí que todavía está lleno de vida, una señora de por allá. Yo le decía a mi esposo que por qué no nos íbamos, pero si nos íbamos luego no encontrábamos nada. Entonces, nos quedamos. No huimos."

- ÁGUEDA - 

 

 

Los golpean de vez en cuando para afinarlos si es que perdieron el tono. Según el lugar, suena el guache o los gallitos, aunque en todos siempre se oyen las palmas.

En Río Viejo suena la tamborina, un tambor chiquito, pero en el resto del sur eso sería ir contra los antepasados. Guacherna, tuna, berroche o tambora son los aires que se interpretan. La voz líder canta y guía a golpe de garganta, mientras el cuello se tensiona y las mejillas se ruborizan. Las coristas responden. En sus frases va la cotidianidad, el sentido de su existencia; la gracia, divina o mundana, las hace perennes.

 

"El barrio abajo nunca pudo con el barrio arriba, este barrio de acá era resuelto porque decía uno ‘vamo a formar una tambora y vamo a amanecé’. Por eso decían que la tambora de Río Viejo la sostuvieron las Sajonero. Es que éramos un poco: la mamá mía cantaba, la tía mía cantaba, la otra tía corista…" 

- ANA MATILDE - 
 


El centro del ruedo es un campo de batalla: la mujer contra el hombre. Arrastran los pies, quiebran la cadera, dan ‘el ocho’, sueltan sensualidad y libertad. Unos entran y los demás salen. El sonido se mantiene en el tiempo.

Los viejos siguen teniendo la palabra. Cuentan que antes se enfrentaban en piquerias ‘Barrio abajo’ y ‘Barrio arriba’, como están organizados la mayoría de pueblos del sur: abajo con la corriente del río, arriba como queriendo superarlo.

Sus habitantes se batían a punta de cantos, de cuadros vivos, de toque. Recuerdan que cuando tocaba el viejo Miguel producía un sonido sacado como por ocho brazos golpeando a la vez: “eso no es cosa de Dios”, decían.


 

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"A mí sí me gustaba componer, pero ya no puedo. Como yo escribía todo, para ver si me quedaba bien, si caía o no caía. Así me la pasaba. Pero ya no puedo escribir porque me duelen las manos. Yo me sentaba allí solita, y mi mamá me miraba"

- ANA MATILDE -
 

 

Decían que luego salían las señoritas Sajonero y que nadie podía con ellas porque todas cantaban y bailaban parejo, todas talentosas porque aprendieron las unas de las otras: mamá de hermana, hija de tía, sobrina de mamá.

"Así decía una canción:

El 25 de abril, en Río Viejo sucedió
se metieron los paracos, todo el mundo les corrió.
Así era que nos gritaban, se lo digo soy sincero
¿Por qué no salen corriendo, hijueputas guerrilleros" 


- ANA MATILDE -
 

 

Las fiestas arrancaban un 24 de noviembre, la víspera de Santa Catalina, y el 6 de enero, con los Reyes Magos. Llegaban las procesiones de la virgen y los aquelarres de aguardiente por igual. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana sonaba el tambor.

“SI SE VA, QUE DEJE LA BOTELLA”, decían.
 


 

"Eso nació conmigo, desde niño me gustó cantar. Mi mamá cuando venían a buscarme para las serenatas se ponía brava porque decía que la persona dormida no se podía hacer despertar porque podrían venir casos malos. Pero yo me le salía a escondida a cantar".

 

- ÁNGEL MARÍA -

 

“Eso ya se perdió”, dicen los viejos. Ellos, como no podía ser de otra forma, culpan a los jóvenes y a la tecnología, al afán de mezclar sonidos para sonar en la radio. También culpan a la necesidad de querer salir de aquellas tierras negras e indígenas, periféricas, olvidadas, enclavadas a 13 horas en caballo, chalupa, moto, camioneta y bus.

 

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"QUIEREN PROSPERAR", dicen los ancianos, y también culpan al picó, a la discoteca de moda en el pueblo, al mismo tiempo que se lleva consigo las leyendas como el Viejo Miguel en Arenal del sur, o a Cayetano en San Martín de Loba.
 


Las penas, cada vez más, ahora parecen pesar de verdad.  

 

 

 

POR: EMMANUEL UPEGUI
IG: @e.upegui

Es comunicador social de la Universidad de Cartagena y candidato a magister en periodismo de la Universidad de los Andes. Narrador, investigador y reportero. Trabaja como freelance y su pasión es la fotografía porque cree que "no hay nada más poderoso que una imagen en el ejercicio de contar una historia".

 

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Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.