enero 23 de 2018

La urgencia de una memoria digna para los festivales del Caribe

Por: David Lara Ramos

En diciembre 7, 8, 9, 10, de 2017, se realizó la versión 23 del Festival Nacional del Bullerengue de Maríalabaja. En la franja académica organizada por la Corporación Cabildo de Cartagena, bajo la coordinación de Rafael Ramos y su equipo, se conversó sobre el tema la consolidación de una memoria de los festivales del Caribe.

Los organizadores del Festival del bullerengue, Arnulfo Caraballo y Harlan Rodríguez, estuvieron presentes y reconocieron que hay que hacer mucho para organizar la memoria de este festival para que se pueda, de manera organizada, bien presentarse y mostrarse al público.

Arnulfo Caraballo reconoció que están en mora de comenzar a organizar el material fotográfico, fílmico y sonoro que se ha recogidos en muchos años. “Hace falta esa disposición. Ha sido una debilidad de nuestro festival que necesitamos comenzar a trabajar, a buscar quiénes tienen esos materiales y que lo organicemos para hacer un centro de consulta sobre el bulleregue”.

Discursos parecidos encontramos en otros festivales, en los que cada año se reconoce la cultura ancestral como la esencia de producciones musicales recientes y modernas. Por otro lado, hay otros elementos en estas fiestas tradicionales que integran y compactan la cultura territorial. Por ejemplo, el Festival del Ñame, de San Cayetano (Bolívar), además de la música, ofrece una diversidad de manjares de ñame cuyas recetas y secretos piden, desde hace años, un libro.

Cada festival del Caribe trae también la memoria de decenas de juglares, quienes muchas veces mueren sin tener buenos registros o producciones discográficas de calidad. Eulalia Gonzáles, una de las insignes cantadoras de María La Baja, con temas como Yo comí carne, o Pa’ la escuela nene, no tiene un trabajo discográfico que hoy pueda propagar su grandeza. Un reconocimiento que dé cuenta de su importancia dentro del folclor del Caribe.

Lo mismo sucede con Cayetano y Enrique Arias, Petrona Narváez, Reyita Herrera, Silvestre Julio, Santiaguito Ospino, María Concepción, Pedro Solarias, El lobo de la Ceiba, Cristina Julio, Mercedes Márquez, Nemecia Cañate, entre muchos otros. Juglares, músicos, cantadoras, narradores que se han ido y cuya memoria es urgente retomar, reconstruir, antes de que sea muy tarde y el único recuerdo que tengamos sean solo sus nombres sin saber por qué.

Esos nombres de festival también están en zonas donde la violencia arraso el espíritu festivo. Guacamayal (Magdalena) y las fiestas de Santa Lucía en Las Palmas (Bolívar) son apenas dos ejemplos de una situación que también es relato histórico. Esto, para reconstruir casos como el de Félix Contreras, en El Piñal, quien dejó de tocar su gaita primero por pedido de la guerrilla, luego del Ejército, y más tarde de los paramilitares.

En 1945 el pianista curazaleño Emirto de Lima publicó el libro titulado Folklor colombiano. Allí cuenta las historias de su viaje por distintos lugares del Caribe, en busca de instrumentos, versos y cantos ancestrales de la región. 

En sus múltiples relatos, De Lima hace una breve mención al baile “de la Langosta”, el que en algún momento se bailó en una población llamada Remolino, sobre las riberas del Magdalena. Solo hace mención a un baile “de la langosta” y unos cuantos versos que acompañaban, pero nada más. ¿Cómo se bailaba? ¿Cuándo se bailaba? ¿Por qué de la langosta? ¿Hacía parte de alguna celebración? ¿Con qué música se acompañaba? ¿Había langosta en Remolino? Nada de eso sabemos ni nada de eso intenta responder De Lima, lo más probable es que ese baile hiciera parte de algún festival, fiesta patronal o fiesta de la cosecha, que en algún momento, se hizo en el sereno Remolino.

Si Emirto de Lima emprendiera hoy sus búsquedas, encontraría una riqueza inmensa de festivales tradicionales y músicas. Hoy no es necesario solo rescatarlos, como anuncia en todos los festivales el anunciador de la tarima, y los funcionarios de la cultura, sino construir una memoria digna, elaborada y diversa para el goce y disfrute de los habitantes del Caribe, orgullosos de sus músicas ancestrales.

 

POR: DAVID LARA RAMOS 

Periodista y abogado. Magister en Cultura. Es montemariano, nacido en Barranquilla. Viajero y caminante. Recibió la beca de investigación periodística sobre desplazamiento forzado, y la de Periodismo cultural, otorgadas por la FNPI. Dirigió para Telecaribe la serie Gaita, cuando el indio quiso ser pájaro. Premio nacional de crónica, Ernesto McCausland. Nominado al premio Semana, categoría Crónica. Publicó Pasa la voz queda la palabra (Reportajes, 2011) y El dolor de volver (Crónicas, 2017). Productor de músicas raizales. Docente de la Universidad de Cartagena.

Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.

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