Las campesinas de Junín que no se dejan vencer por el machismo

octubre 15 de 2020

Andrea Cotrino dirige un proyecto agrícola que acoge a siete mujeres cabeza de familia e impulsa el trabajo femenino en medio del machismo y la presión social que aún caracteriza al campo colombiano.

Las campesinas de Junín que no se dejan vencer por el machismo

| | Por: Ángela María Agudelo


Por: Ángela María Agudelo Urrego
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Antes de ingresar a su cultivo, Andrea Cotrino sumerge sus botas rojas de caucho en cloro y en cal viva. Lo hace con cariño, con sumo cuidado, pues esa mezcla elimina cualquier bichito, proteína u hongo perjudicial. Camina y deja huellas blancas como si fueran esas famosas migajas de pan de los cuentos infantiles. No lo hace por temor a perderse; lo hace para recordar cada movimiento que da y para marcar el camino de siete mujeres que, desde hace tres años, le siguen el paso.

Ellas, aunque ya conocen la zona, caminan con ansiedad y emoción. Si les preguntan por su trabajo responden con un poco de timidez y una risa cómplice. Lo describen con la “libertad”, la “independencia” y la “alegría”. Estas siete mujeres cabeza de familia se dedican al cultivo de gulupa, una fruta exótica que crece a 1.900 metros sobre el nivel del mar y es una de las más solicitadas por el mercado internacional. “Siempre trabajamos al sol y al agua para entregar un producto de buena calidad”, dice Andrea.

Trabajan en la finca Buenavista, en la vereda San Roque. Allí, las montañas de Junín parecen grandes cuadernos llenos de color. En el cultivo de Andrea hay 47 corredores blancos que cubren surcos de tierra y plántulas de gulupa. Algunas llevan 15 días sembradas, otras alcanzan los tres meses y las más grandes ya muestran pequeñas frutas que recién empiezan a madurar. Con dulzura, estas ocho mujeres las observan, las limpian y las cuidan. Esa ternura y amor por el campo han hecho que el cultivo de Andrea sea uno de los más reconocidos de la región y que las frutas lleguen a lugares como Canadá y la Unión Europea.

Andrea es bogotana de nacimiento pero campesina por convicción. No extraña el caos de la ciudad ni el tic tac del reloj. Prefiere el correteo de las gallinas, el sonido de los riachuelos y las maratones por la montaña. Vive y trabaja en Junín, un pequeño municipio donde solía visitar a sus abuelos cuando apenas era una niña y lo único que quería era divertirse en los termales locales. Casi treinta años después, regresó para quedarse.

 

Gloria Beltrán, Rosalba Chitiva y Lucía Vanegas (de izq. a der.) trabajan en el cultivo desde hace tres años.   |©Ángela María Agudelo


Nunca pensó que se acostumbraría al campo. Mucho menos, que lograría callar esas voces necias que la subestimaban. “En dos meses esta mujer renuncia”, decían algunos. “Esto es para machos”, respondían otros. Andrea escuchaba, tomaba aire y seguía trabajando. No podía parar. En el 2017 inició con un cultivo de uchuvas de 1.800 “hijas”, como Andrea llama a cada una de sus plantas, y tres años después decidió que la familia debía crecer y asumir otro reto. En enero de este año, Andrea inició con el cultivo de gulupa.

Ella es zootecnista de la Fundación Universitaria Agraria de Colombia. Desde muy pequeña ya expresaba ese amor por los animales que había heredado de su padre. Terminó su pregrado en el 2010 y los primeros años trabajó en la Fundación de la Mujer, en el Banco Agrario y en Fedegan. El trabajo y la movilidad de la región la obligaban a colarse en las rutas escolares o a pedirle un aventón al cura del pueblo. Incluso, superó sus miedos y aprendió a manejar una moto de enduro.

Un día decidió tener su propia finca. Entre risas, admite que es muy preguntona, pero que esa curiosidad fue útil para obtener todo lo que ha logrado. Aprovechó las lecciones y los contactos que le dejaron sus trabajos anteriores. Le preguntaba a productores, empresarios e ingenieros sobre las labores del campo y sus dificultades. Luego de mucho caminar y observar, encontró su nueva oficina: un terreno de dos hectáreas sobre las montañas de Junín, donde primero consideró tener unas cuantas cabezas de ganado. Pero las medidas del lote no eran suficientes para un proyecto de ese tipo, así que optó por las uchuvas.

Lo primero era buscar el personal apto para el trabajo. Grabó una cuña radial que emitió Junín Estéreo y el cura de Gachetá incluyó su solicitud en los avisos parroquiales. Con el paso de los días, los interesados llegaban. El trato, la experiencia y la delicadeza de las mujeres hicieron que Andrea las eligiera. Ella les explicaba qué debían hacer y cuáles eran las tareas que exigía el cultivo. Incluso fue la oportunidad para conocer algunas vecinas que vivían a contados metros pero que no distinguía. “Es una oportunidad que nos dan a las mujeres" dice Gloria Beltrán, una de las mujeres que aún hoy la acompañan. "Normalmente solo veíamos trabajar a los señores. Además esto nos ayuda económicamente”.


El primer cultivo también fue sinónimo de aprendizaje y pedagogía. Algunas mujeres no tenían conocimiento sobre el trato de la uchuva o las particularidades de la fruta. Doña Francy Beltrán llegó al cultivo y aprendió a podar, arreglar las plántulas y limpiar los platos, esos espacios de tierra que bordean la raíz de la planta. Le teme a las cámaras pero habla con amor y agradecimiento de todo lo que ha aprendido: “Entré a abonar y a arrancar tierrita. Como vivo cerca, el trabajo me sirve para comprar mis cosas y tener mi sueldo”, dice.

 

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Andrea aprovecha las jornadas laborales para enseñar con ejemplos didácticos. En este caso, les mostró una gulupa enferma de mosca, un mal causado por estos insectos que dejan sus larvas y huevillos en las frutas. ©Ángela María Agudelo

 

Los primeros meses fueron complicados. Andrea era víctima de la ansiedad del novato y quería que sus plantas germinaran unos días después de sembrarlas. Hoy lo cuenta como si fuese una broma, pero en ese entonces las jornadas eran difíciles. Parecía un péndulo. Subía a la casa, bajaba al cultivo y luego regresaba. Dividía su tiempo entre las labores agrícolas y las administrativas, como el pago de la nómina y de los gastos diarios del cultivo. “Me pegué tres lloradas duras y decía que no iba a poder" recuerda Andrea. "Me había metido en una vaca loca”.

 

Esa frase también describió su primera entrega. Era de noche y Andrea salió de Junín a Gachetá. Llovía y la carretera estaba más resbalosa que de costumbre. Una mala maniobra y las condiciones de la vía hicieron que Andrea se cayera de la moto. Sus lágrimas se camuflaban con las gotas de lluvia y estuvo a punto de “tirar la toalla”. Pero su padre la ayudó. Se limpió la heridas, recordó todo el esfuerzo del día y de los meses pasados y continuó. “Todo fue a ciegas pero fue con mucho amor”, dice.

 

Esa fue una de sus mayores pruebas. La otra apareció cuando se dio cuenta de que entre el valor que ganaba el intermediario y el que ella obtenía había una gran diferencia. Era un timo. Fue hasta la oficina del empresario, lo confrontó y finalizó la relación comercial en el 2018. Pensó en renunciar y dedicarse a otra cosa, pero el apoyo de sus padres y su pasión superaron el temor. Cambió de producto, eligió la gulupa y volvió a comenzar.

 

En esta ocasión, y para evitar los errores pasados, Andrea recurrió a otro intermediario. Ahora trabaja con Agrapp, una start up que ayuda a pequeños y medianos agricultores para crear más oportunidades. Esta plataforma se encarga del apoyo financiero, de encontrar comercializadoras y de impulsar el cultivo local. Además, realizan un acompañamiento técnico dirigido por un ingeniero agrónomo, quien visita el cultivo una o dos veces al mes para responder preguntas o dejar algunas recomendaciones.

 

Francy Berltrán llegó al cultivo y aprendió a podar las plántulas y a abonar la tierra. Es tímida, pero si le preguntan por su trabajo, cuenta algunas anécdotas  que le ha regalado su experiencia. |©Ángela María Agudelo

Néstor Mancera es la alegría del grupo. Si le dan una guitarra, pone a cantar o a bailar a la persona más aburrida. Sus coplas, versos y canciones amenizan algunas jornadas laborales.  |©Ángela María Agudelo

 

Andrea procura cumplir esos deberes pendientes. Aparte de las siete mujeres, cuenta con otras manos que le ayudan. Sus padres, Luz Mireya Aguilera y Aimer Cotrino, colaboran cuando es necesario. “Don Aimer”, como lo llaman en la finca, ayuda con los oficios pesados como guadañar o cargar las máquinas. Su madre colabora con algunas labores del cultivo y con esas palabras de aliento que tanto necesita el trabajo en campo.

 

Para optimizar el tiempo y asegurar un producto de calidad, aprovecha las habilidades de cada mujer y, según la experticia, divide las tareas. Otra opción es dividir los deberes por días, así las mujeres no asisten toda la jornada. “Dios le da a cada persona sus talentos y cada uno entra a desarrollarlos de manera impresionante”, dice Andrea. También trabajan según la naturaleza. Por ejemplo, para manipular las plantas, esperan hasta después de las 10 de la mañana; y para podar, cosechar y sembrar, aguardan a que sea luna menguante. “Es cuestión de ojo. El campo no es nada cuadriculado”, dice Andrea sobre la periodicidad con que recogen las frutas en épocas de cosecha.

 

En medio de los renglones, se escuchan risas y cánticos. Tal vez Néstor, un amigo y trabajador del cultivo, les contó una de las tantas anécdotas que tienen juntos o les cantó alguna copla nueva y divertida sobre el campo. Las mujeres ríen y siguen podando las plantas. Tienen que dejarlas bonitas y listas para la siguiente tarea. “A pesar del ‘voleo’ y el corre corre, siempre hay tranquilidad. Eso también es lo lindo del campo”, dice Gloria con seguridad.

La gulupa es una fruta exótica que se cultiva en regiones cálidas del país. En 2018 fue la cuarta más solicitada por el mercado internacional. |©Ángela María Agudelo

Andrea y su mamá, Luz Mireya Aguilera, intercalan las labores entre el cultivo y su casa. Cada tarea la realizan con esfuerzo y mucha pasión. |©Ángela María Agudelo

 

Según sus cálculos, la gran cosecha de este año iniciará a finales de diciembre. En noviembre ya empezará a notarse el “pepeo” y solo faltará que alcancen su punto de maduración. Ahora, Andrea entiende que cada planta tiene su proceso y que la demora no es sinónimo de problemas. Ya sabe dónde conseguir los utensilios más baratos o a quién recurrir para no “pagar la novatada”, como dice. “Soy consciente de que tengo muchas actividades, pero me organizo y el cultivo va marchando”, cuenta.


Son las 5:00 p.m. y la jornada laboral finalizó. Las mujeres se despiden y regresan a sus casas. Mañana las espera otro día de poda y de trabajo, pero también de risas y de libertad. Andrea camina en zig zag entre los renglones de su cultivo. Ve algunos botones de flor, otras gulupas aún verdes y otras plantitas que empiezan a crecer. Al igual que su proyecto, le queda mucho por recorrer. Está tranquila, pues cuenta con el apoyo de su familia y de siete mujeres que la inspiran a seguir adelante. Todas ellas son muy luchadoras y berracas -dice- Nunca me han dejado sola. Se limpia los pies y, sin cal blanca o rastros de cloro, camina y deja huella. El camino y el trabajo de estas ocho mujeres valientes apenas inicia.

 


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