Lo difícil que es ser mujer y vivir del campo

marzo 08 de 2018

Las mujeres aportan gran parte del trabajo en zonas rurales. Esto no solo no se les reconoce sino que, al mismo tiempo, se suma a que están expuestas a situaciones de inequidad, violencia y falta de oportunidades..

Lo difícil que es ser mujer y vivir del campo

| Floralba Tiboche, una líder rural, camina junto a su hijo por la entrada de la vereda que su padre construyó con su ayuda y la de sus hermanas. | Por: Mafe Matera


Por: Mafe Matera
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Hombres labrando la tierra, hombres pescando, hombres arriando animales. Estas imágenes son las que primero se les vienen a la mente a muchas personas cuando se habla del campo. Pocas veces se piensa en mujeres haciendo exactamente esas mismas labores. El imaginario común de las zonas rurales no tiene en cuenta a las mujeres que, de acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), suman más de una cuarta parte de la población mundial y representan 43 % de la fuerza laboral agrícola mundial.

Las mujeres rurales cumplen un rol clave porque ayudan a sus comunidades a alcanzar bienestar, seguridad alimentaria y a generar ingresos. Sin embargo, en Latinoamérica y el Caribe apenas 20 % de las mujeres trabajan en el campo. Este porcentaje de representación es bajo comparado con el sudeste de Asía y África subsahariana, donde el 60 % de ellas trabajan en actividades agrícolas. La razón detrás de esta brecha es que –según señala ONU Mujeres, la entidad de la ONU para el empoderamiento de la mujer– en los países en vía de desarrollo las condiciones de vida de las mujeres rurales no son óptimas y las oportunidades laborales son inequitativas.

En la mayoría de los casos, estas son las condiciones de las mujeres que trabajan en el campo en países como Colombia:
 

FUENTE: ONU, 2018.


En Colombia, las mujeres rurales experimentan una “triple discriminación”: por ser mujeres, campesinas y víctimas del conflicto armado, establece la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Para esta entidad, todas estas variables han propiciado la desigualdad y han agravado las situaciones de pobreza del sector rural.

Pero, a pesar de las brechas, la capacidad organizativa de las mujeres rurales es cada vez más fuerte. Ellas participan en procesos que tienen incidencia en la garantía de sus derechos, como poder tomar sus propias decisiones en lo económico y lo territorial.

Este es el caso de Gladys Mayordomo, Floralba Tiboche, Gladys Rico, Luz Edilma Liberato y Sara Cerón, cinco mujeres que lideran sus comunidades en los cerros orientales de Bogotá. Son ejemplo de mujeres que –en el que parecería el contexto menos rural del país– trabajan la tierra y defienden el valor de sus territorios

Aquí les presentamos sus historias:


VEREDA FÁTIMA  POR EL RECONOCIMIENTO DE LA TIERRA 

 

Gladys Mayordomo vive en la vereda Fátima, de la localidad de Santa Fé. Este conjunto de parcelas queda en pleno centro de Bogotá, a pocos metros de la Universidad Distrital y cerca de la vía hacia Choachí. Sin embargo, la zona nunca ha sido reconocida por las autoridades, pues el gobierno local pretende desalojar a las 45 familias que viven ahí por "invasión de posible espacio público".

 

La mayoría de las casas en la vereda Fátima están en pésimas condiciones. El sector fue declarado como reserva ambiental, lo que impide a los campesinos mejorar las viviendas.
smiley | FOTO: Mafe Matera

 

El problema es que, en 1976, la zona se declaró parte de la Reserva Forestal Protectora Bosque Oriental, lo que automáticamente prohíbe que cualquier comunidad se establezca en la vereda. Para ese entonces, las autoridades no tuvieron en cuenta que desde mucho antes varias familias habitaban el lugar, como la de Floralba Tiboche y, especialmente, la de Gladys Mayordomo, la única que hoy en día tiene las escrituras de su casa.

Estas dos mujeres lideran la lucha para lograr el reconocimiento de su territorio, lo que sería el primer paso para lograr mejorar el estado de las viviendas y acceder a todos los servicios públicos básicos. Hasta ahora, solo cuenta con energía eléctrica gracias al último gobierno local, el que aseguran: “fue el único que nos trató de ayudar a tener una mejor calidad de vida”.

 

 

“Aquí nacieron nuestros abuelos y nuestros bisabuelos. Esta todavía es una vereda campesina”.

Gladys

 

 GLADYS MAYORDOMO Y FLORALBA TIBOCHE 

 

“Solo conocen a la vereda Fátima cuando van a enviar querellas, pero cuando exigimos reconocimiento y una mejor calidad de vida, ahí sí no existimos”.

Floralba

 

 

Gladys y Floralba unieron a su comunidad para constituir Raíces de la Montaña, una asociación con personería jurídica que afronta las querellas que les llegan constantemente.

En Fátima, mientras tratan de hacer valer su derecho sobre el espacio, adelantan tareas de conservación ambiental. “Las familias nos hemos unido para reforestar el lugar con plantas nativas. También tratamos de cuidar las fuentes hídricas que tiene la zona”, cuenta Floralba.
 


VEREDA EL VERJÓN BAJO  QUIEREN SER UNA RESERVA CAMPESINA 

 

Mitad de la vereda El Verjón hace parte de la localidad de Chapinero.  La otra mitad está en jurisdicción de Santa Fe. Esta comunidad se extiende por 2.500 hectáreas de los cerros orientales bogotanos, a más de cuatro mil metros de altura. Ellos, liderados por Gladys Rico, la presidenta de la Junta de Acción Comunal, están trabajando para ser declarados reserva campesina.

 

smiley | FOTO: Cortesía CINEP


Este es un territorio heredado, donde los primeros pobladores fueron trabajadores de la tierra y pasaron el legado durante generaciones. Al igual que la vereda Fátima, El Verjón hace parte de la Reserva Forestal Protectora y por eso ya no pueden ejercer actividades agrícolas, ganaderas o mejorar sus vivienda. Ese decreto afecta a la comunidad, sobre todo a nivel económico porque vivían de lo que producían en la tierra.

Para hacer frente a la situación, la comunidad creó la Red Los Verjones. A través de ella, los campesinos lideran proyectos de agroecología y ecoturismo que los ayudan a crear conciencia ambiental y a tener una fuente de ingresos.

 

“Con la red queremos atraer visitantes para hacer educación campesina y enseñarles a los habitantes de la ciudad cómo se cuida el agua y la agricultura”.

 - GLADYS RICO 

 


Mientras que Gladys, con el apoyo de toda la comunidad, consigue que sean reconocidos como campesinos y así desarrollar sus actividades agrícolas con tranquilidad, trabajan para fortalecer su asociación a través rutas agroecológicas y crearon su propia distribuidora nacional de productos orgánicos.
 

Al costado suroriental de Bogotá, en el kilómetro 0 de la vía hacia Villavicencio, está la vereda Los Soches, un páramo donde la comunidad resiste a la declaración de 1990 que señala el espacio como zona de expansión urbana, lo que los obliga a pagar altos impuestos.
 


VEREDA LOS SOCHES - USME  RESISTIR LA EXPANSIÓN URBANA 

 

smiley | FOTO: Cortesía CINEP

 

Los Soches se organizaron en un agroparque y desde hace 15 años están en una mesa de concertación para la delimitación de su territorio. Sin embargo, la expansión urbana continúa. En 2002, la Alcaldía de Bogotá autorizó edificar 75.000 casas de interés social debajo de Los Soches, de las cuales van 15.000 construidas.

Ante la situación, las mujeres del territorio conformaron la asociación Sembradoras de Identidad, para ocuparse del problema de manera más firme. Luz Edilma Liberato es líder de la iniciativa que pretende hacer de Los Soches una vereda agroturística.

 


“Solo tengo el título de bachiller. No tengo especializaciones ni doctorados. Yo soy profesional en ser campesina, en querer la tierra, en tener arraigo en ella”.

 - LUZ EDILMA LIBERATO 

 

 

 

Luz y sus compañeras aseguran que no se tuvo en cuenta a la comunidad para el proceso de expansión y deberian dejar a los campesinos presentar sus propuestas para trabajar con tranquilidad. La visión de las Sembradoras de Identidad es tener parcelas pequeñas dentro del agroparque, con el fin de seguir labrando la tierra.
 


BARRIO SAN LUIS  POR LA SOSTENIBILIDAD AMBIENTAL 

 

En la vía a La Calera está el barrio San Luís, un lugar que la comunidad le ganó al Ministerio de Defensa hace varios años. Ahora, sus habitantes persisten en la ruralidad heredada de sus abuelos, que llegaron a esa parte de los cerros de Bogotá por el desplazamiento que generó la violencia en el país.
 

smiley | FOTO: Cortesía CINEP

 

Dentro de la comunidad se destaca Sara Cerón, una líder que en su familia y en la comunidad promueve acciones en pro del medioambiente.

 

“Promovemos junto con otras organizaciones la educación ambiental. Este tema nos preocupa porque estamos en los cerros”.

 - SARA CERÓN 

 

 


Actualmente en el barrio existen programas como el Banco de Semillas, en el que se recolectan y cultivan especies orgánicas para el consumo de la misma comunidad. Los campesinos también participa del programa Acuabosques, para autoabastecerse de agua. En este proceso las familias aportan una cuota mensual de 15.000 pesos y hacen actividades de cuidado de los nacimientos de agua.

 



 Ilustraciones  Lizeth León

 


 

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Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.