Los ángeles guardianes del cielo de Leticia

diciembre 17 de 2019

Etuliano Peña, un seminarista del Vicariato Apostólico de Leticia, y Carlos Pérez, un niño de 12 años, son los encargados de cobrar los 3.000 pesos que cuesta el tiquete para apreciar a la capital del Amazonas desde las alturas, un revoloteo de miles de pericos que sobrevuelan por encima de los árboles del parque central.

Los ángeles guardianes del cielo de Leticia

| El campanario de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz de Leticia es el único sitio donde se puede apreciar la ciudad desde las alturas. | Por: Jhon Barros


Por: SEMANA RURAL
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El campanario de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz de Leticia, un monumento rectangular ubicado al frente del Parque de los Loritos, es el único sitio en la ciudad que permite apreciar el espesor de la selva y el caudaloso río Amazonas desde lo alto.

Mide 33 metros de altura y está presente desde que fue fundada la iglesia en julio de 1936. En su interior fueron instaladas varias escaleras en forma de caracol con 82 destartalados y enclenques peldaños, los cuales conducen hacia la cúpula y a las dos imponentes y antiguas campanas que anuncian la hora de la eucaristía.
 

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A las 4:30 de la tarde, la Parroquia Nuestra Señora de la Paz abre sus puertas para que los turistas suban hasta el campanario a contemplar Leticia desde las alturas. ©Jhon Barros.

Todos los días, entre las 4:30 y las 6 de la tarde, la iglesia abre sus puertas para que los turistas suban al campanario y vean los tonos rosados y naranjas del cielo inundado por las bandadas de loritos y golondrinas que llegan a dormir al parque. También aprecian desde las alturas parte del caudaloso río Amazonas y la frontera fluvial entre Colombia, Brasil y Perú.

Pero antes del ingreso, no apto para personas que sufran de vértigo o miedo a las alturas, los visitantes, en su mayoría extranjeros, conocen a los dos ángeles guardianes del cielo leticiano: Etuliano Peña, un seminarista del Vicariato Apostólico de Leticia, y Carlos Pérez, el monaguillo de la iglesia.
 

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Bandadas de loros sobrevuelan el parque central de Leticia en busca del mejor árbol para dormir. ©Jhon Barros.

Etuliano, de 31 años y nativo del municipio amazónico de Puerto Nariño, es el guardián más asiduo. Atiende el servicio del mirador desde hace dos años, mientras termina sus estudios filosóficos y teológicos para convertirse en sacerdote.

Este seminarista, de marcados rasgos indígenas, vive y duerme en la catedral. Antes de abrir el campanario, viaja a las veredas de la ciudad para llevar el mensaje de Dios a las comunidades.

“Como seminarista estoy al tanto de los temas administrativos de la parroquia. En el día hago la pastoral y doy clases de catequesis en veredas como La Playa, la Isla de la Fantasía y La Milagrosa”, relata este leticiano.
 

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Etuliano Peña lleva más de dos años como guardián del cielo de Leticia. Es el encargado de cobrar los 3.000 pesos que cuesta subir al mirador. ©Jhon Barros.

«Para subir hay que pagar solo 3.000 pesos. Unos me dicen palabras de agradecimiento por haber sido testigos de la hermosura que se ve desde la cúpula, en especial por la llegada de los loritos y los bellos atardeceres»

Etuliano Peña, uno de los guardianes del cielo de Leticia.
 

Su familia, de la etnia ticuna, conformada por papá, mamá, cuatro hermanos y cuatro hermanas, vive en Puerto Nariño, pueblo que visita cuando sus obligaciones se lo permiten. Según Etuliano, los turistas quedan maravillados con lo que encuentran en el campanario, pero a veces le manifiestan sus quejas por el costo del tiquete al cielo. 

Para subir hay que pagar solo 3.000 pesos. Unos me dicen palabras de agradecimiento por haber sido testigos de la hermosura que se ve desde la cúpula, en especial por la llegada de los loritos y los bellos atardeceres. Otros me preguntan la razón del cobro, a lo que siempre respondo que es para el mantenimiento de la capilla y el templo”, asegura Etuliano.
 

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El atardecer en Leticia solo puede ser visto en todo su esplendor desde el mirador de la cúpula de la iglesia. ©Jhon Barros.

La pequeña semilla

Cuando no puede atender el campanario, Etuliano llama a Carlos Pérez, un niño de 12 años que se ha convertido en su más ferviente monaguillo y acólito.

“El viene de vez en cuando. Es un niño que sirve al altar y que siempre viene en sus horas libres a colaborarnos. Nos apoya en el mirador, otras en la venta de empanadas, en el servicio litúrgico o a tocar la campana”.

Carlos estudia en la Escuela Normal Superior Eduardo Canyes Santacana, en la sede Vicente de Paul. La mayoría de días, cuando llega del colegio, se cambia y va hasta la iglesia a ver en qué puede ayudar.
 

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Carlos Pérez destina sus horas libres a ayudar en la parroquia de Leticia. Lo que más le gusta es atender la subida al campanario. ©Jhon Barros.

«A la cúpula le caben máximo 10 personas. Cuando llegamos a ese número frenamos la subida para evitar un accidente. Los más afortunados son los que llegan hacia las 5 de la tarde, que es cuando empiezan a llegar las bandadas de loritos» 

Carlos Pérez, el monaguillo guardián del cielo de Leticia.
 

“Me gusta mucho estar en la iglesia. Siempre estoy dispuesto a ayudar en todo lo que necesiten. Pero prefiero atender el campanario, ya que todos salen contentos con los paisajes de la ciudad. El seminarista me da alguito por el servicio, plata que me sirve para apoyar a mis papás o para comprar los útiles que me hacen falta”, dice Carlos.

Mientras los turistas se pierden entre los paisajes leticianos, Etuliano y Carlos se sientan en una de las sillas blancas de plástico para controlar la llegada de visitantes.

“A la cúpula le caben máximo 10 personas. Cuando llegamos a ese número frenamos la subida para evitar un accidente. Los más afortunados son los que llegan hacia las 5 de la tarde, que es cuando empiezan a llegar las bandadas de loritos”, aseguró el niño.
 

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El parque central de Leticia es gobernado por millones de aves nativas de la selva amazónica. El sitio es conocido como el Parque de los Loritos. ©Jhon Barros.

Cada día suben en promedio dos grupos de 10 personas, es decir 20 turistas, quienes le aportan al mantenimiento de la iglesia 60.000 pesos diarios o más de un millón al mes.

“A veces muchos se quedan con las ganas de ingresar, ya que los que suben primero se demoran hasta que oscurece. Por eso el recaudo no es estable; un día es más y otro menos, pero siempre hay flujo de personas”, complementó el seminarista.

Etuliano espera con ansias su fecha de ordenación como sacerdote. Por su parte, Carlos sueña con terminar sus estudios en el colegio para empezar su trayecto como religioso. Mientras esto sucede, ambos continuarán con su labor como los ángeles guardianes del cielo de la selvática ciudad de Leticia.
 

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Los turistas quedan deleitados con los atardeceres y bandadas de loros que dominan el cielo de Leticia a las 5 de la tarde. ©Jhon Barros.

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