Los indígenas pesistas de la Sierra Nevada de Santa Marta

marzo 08 de 2019

Los hermanos Torres encontraron en el deporte una oportunidad de salir adelante con el powerlifting y dejar atrás las marcas de violencia que tuvo su comunidad en la Sierra Nevada de Santa Marta..

Los indígenas pesistas de la Sierra Nevada de Santa Marta

| | Por: Andrés Bermúdez Liévano


Por: Andrés Bermúdez Liévano
@bermudezlievano

En las mañanas, trabajan en los potreros vestidos con una túnica blanca a rayas, dos mochilas cruzadas sobre el pecho, sandalias y un sombrero cónico de algodón que esconde su larga melena lisa. Luego, en las tardes, lo hacen en un coliseo portando una trusa de licra verde y negra, tenis tipo Converse, medias hasta las rodillas y el pelo agarrado en una trenza.

Esa doble vida, esos dos atuendos, son para ellos dos caras de la misma moneda. “No hay mejor gimnasio que una niñez y una adolescencia en el campo. Acá aplicamos la fuerza y hacemos trabajos pesados de manera permanente. Casi parece como hubiéramos estado en un gimnasio todo el rato”, dice Manuel del Cristo Torres con una marcada timidez, mientras mambea las hojas de coca que machacó en su poporo de calabacín y mezcló con cal.

Él y sus dos hermanos están apostándole a un deporte llamado ‘levantamiento de potencia’ para convertirse en atletas de alto rendimiento y, en el proceso, sanar muchas de las heridas físicas y emocionales que le dejaron años de violencia a su comunidad indígena en la Sierra Nevada de Santa Marta.
 

Los hermanos Torres ©Andrés Bermúdez


 

Los hijos del comisario de Umuriwa

Todas las tardes, los hermanos Torres bajan en moto desde el poblado arhuaco de Umuriwa hasta el pequeño gimnasio en la parte baja del Estadio Armando Maestre Pavajeau de Valledupar. Tras veinte minutos de calentamiento, para asegurar que músculos y articulaciones están preparadas, ajustan varios discos negros en cada extremo de una barra.

Primero Manuel del Cristo, de 24 años, se planta frente a la pesa, sus rodillas flexionadas y sus pies apuntando hacia fuera. Aprieta los labios y levanta el peso hasta la altura del muslo. Espera unos segundos, su cuerpo inclinado hacia atrás y su mirada concentrada en el vacío encima de su cabeza. Luego suelta y exhala con sonoridad.

Minutos después, su hermano Uber –de 19 años- repite la misma operación, con discos levemente más pequeños. Otro rato después los emula Héctor Danilo, que acaba de cumplir 15 años y fue el último en aficionarse a este deporte primo de la halterofilia, conocido en el mundo como powerlifting y practicado por 1,2 millones de personas.

Les dicen “los hijos del comisario”, porque su padre es la autoridad de Umuriwa, uno de los pueblos que los arhuacos consideran ‘talanquera’ porque está ubicado donde se acaba la Sierra Nevada y arrancan las planicies del Cesar.

A Manuel le picó el bicho una mañana que terminaba su turno como celador en la Casa Indígena, una suerte de segundo hogar en Valledupar para los integrantes de los cuatro pueblos indígenas de la Sierra.

Alberto Díaz, el apasionado entrenador que impulsó el powerlifting en Cesar, estaba contando del viaje de otro indígena arhuaco a un torneo en Perú.

Ese pionero es Jesús David Gómez, quien era apenas un adolescente arhuaco estudiando en Valledupar cuando se hizo amigo del pesista Édgar Orozco. Siete años después, Gómez es un consagrado atleta que le consiguió a Colombia una medalla de bronce en el torneo mundial de Calgary (Canadá) el año pasado, pero que sigue regresando a su poblado natal de Nabusímake en épocas de moler caña y recoger café.
 

La familia Torres fue ganando reconomientos dentro de su comunidad y a nivel nacional por las victorias obtenidas en cada competencia. ©Andrés Bermúdez

***

“Siento que lo llevo en la sangre. Y como esto va en la sangre quiero morir levantando pesas, que me tiren discos en vez de flores”, dice Jesús David riendo, en un descanso de su entrenamiento diario. “Cuando uno toma algo con cariño y como algo muy personal, lucha por alcanzar algo más. Mi objetivo específico es ser el mejor”.

Ese entusiasmo resultó contagioso. “¿Qué es lo que se hace ahí? ¿Yo podría practicarlo?”, le preguntó Manuel del Cristo a Díaz. Esa misma tarde llegó al gimnasio, sin ropa deportiva pero intrigado. A la semana de entrenamientos, ya afiebrado por el nuevo deporte, llevó a Uber.

Unas semanas después, Alberto fue a hablar con el comisario. Le anunció que sus hijos habían mostrado aptitud para el deporte y que quería llevarlos a una competencia nacional en Cali. “Me puso a correr a buscar plata”, recuerda don Jesús. “Pero trajeron resultados”.

Lo que don Jesús llama resultados es todo un eufemismo: Manuel ganó tres medallas de bronce en las modalidades de banca, sentadilla y peso muerto. Uber una de plata y tres de bronce.
 

El powerlifting es un deporte de fuerza que consiste en tres eventos: la sentadilla, el press de banca y el peso muerto. ©Andrés Bermúdez


 

De medallas y penurias

A partir de ese momento, los ‘hijos del comisario’ empezaron a despuntar.

En el campeonato nacional de Soacha, en septiembre de 2017, los tres hermanos volvieron con medallas: Héctor ganó oro en su debut, Manuel y Uber bronce. Jesús David se quedó con el primer puesto de toda la categoría masculina.

A nivel internacional sucedió lo mismo. Jesús David regresó con tres medallas de oro y un récord regional del panamericano de Orlando. Unos meses después, Manuel volvió del suramericano en Buenos Aires con un cuarto puesto. Uber, que en ese momento tenía 17 años, se quedó llorando en el aeropuerto porque su familia no sabía que su permiso de salida del país tenía que estar autenticado en una notaría.

Sus éxitos, sin embargo, se han visto amenazados por la falta de recursos para un deporte que no figura aún en el radar del país.

En julio pasado, Uber y Héctor estaban clasificados para el suramericano en Guayaquil, pero no hubo manera de costear los 6 millones de pesos del viaje hasta el puerto ecuatoriano. Solo pudo ir Jesús David, que regresó con la plata colgada.
 

Aunque no ha sido un impedimento, si se ha convertido en una amenaza constantes .©Andrés Bermúdez.


“Uber tenía posibilidad buena de medalla. Podía sacar oro y con eso cerraba su paso por la categoría subjunior” , dice con melancolía Alberto Díaz, quien fundó la liga de powerlifting del Cesar en 2015 e impulsó la federación nacional que se estrenó en febrero de este año.

Poco a poco, sus gestas están contagiando de emoción a otros jóvenes arhuacos. A finales de octubre llevaron sus pesas a Nabusímake, uno de los centros indígenas más poblados de la Sierra, para levantarlas frente a un centenar de personas. Fue la primera vez que la mayoría de arhuacos los vieron en persona, en vez de a través de Facebook y de periódicos.

Un par de días después, Manuel fue uno de los deportistas invitados a la Casa de Nariño para conmemorar los 50 años de Coldeportes. Allí, sentado junto a Mario Yepes, Martín ‘Cochise’ Rodríguez y Yuri Alvear, el presidente Iván Duque prometió que el suyo sería “el gobierno del deporte” con ministerio incluido.

Ese día el ciclista Nairo Quintana hizo una radiografía más descarnada del estado del deporte –y de los deportistas- en el país.


«Nuestras figuras salieron de la nada, pero no debe ser así. No es por falta de recursos del Estado, ni de los deportistas: es falta de una organización, de que el dinero llegue a donde debe llegar, de que el entrenador esté donde deba estar, de que tengamos gente profesional y hábil para tener grandes deportistas»

-Nairo Quintana 


 

Después de la ceremonia, Manuel se le acercó a Duque, le obsequió una mochila tejida por su madre Marta Cecilia Torres y le pidió un favor. “Nosotros como comunidad queremos estar en los Juegos Nacionales de Cartagena”, le dijo.

El Presidente de inmediato llamó a su director de Coldeportes, Ernesto Lucena, y a la patinadora ‘Chechi’ Baena, que dirige el comité organizador, para que tomaran nota. Las cinco ligas existentes en Colombia –les explicó Manuel- vienen solicitando desde 2016 que el levantamiento de potencia sea incluido en el programa de los Juegos Nacionales (donde sí está la halterofilia que le ha dado a Colombia siete medallas olímpicas, incluyendo las preseas doradas de María Isabel Urrutia y Óscar Figueroa). Pero aún aguardan una decisión.

El resto del calendario que tienen los Torres para este año es tan ambicioso como promisorio, pero que puedan cumplirlo dependerá de que logren conseguir plata.

Varios de los pesistas nacionales, incluyendo los cuatro arhuacos, pueden clasificar al mundial de Helsingborg (Suecia) en junio. Luego, en septiembre, tienen una doble cita en Piriápolis (Uruguay), que este año hará en simultáneo las competencias panamericana y suramericana, en las que los Torres tienen buenas opciones de colgarse una medalla.

“Todo el tema ha sido el recurso, porque lo deportivo ahí está. Nos ha tocado correr para aquí y para allá. Con recursos estaríamos en todo”, dice Manuel, que se ha hecho amigo de Óscar Muñoz, el taekwondista vallenato que ganó bronce en los Olímpicos de Londres en 2012. “Estamos representando a nuestro pueblo arhuaco y al Cesar. Para mí eso es lo importante”, añade Uber.

Aunque no lo digan, de alguna manera también están representando a los 87 pueblos originarios en un país donde los deportistas indígenas de alto rendimiento aún son una excepción. A diferencia de los afrodescendientes (que han ganado la mitad de las 28 medallas olímpicas que tiene Colombia, siendo un 10% de la población), los indígenas poco se ven todavía en estadios y velódromos.

Aunque las cosas están cambiando. El wayúu Luis Díaz es hoy mediocampista del Junior de Barranquilla, tras haber capitaneado a la selección Colombia que fue subcampeona de la primera Copa Americana de Pueblos Indígenas en 2015. El ciclista misak Jimy Morales, que se formó en el semillero de escarabajos fundado por Jarlinson Pantano, está en España corriendo con el equipo Saint Boi.

Además de permitirles competir al más alto nivel, el powerlifting se ha convertido en mucho más que un deporte para los jóvenes pesistas y para toda su comunidad.

 

Los hermanos Torres bajan sagradamente hasta Valledupar para su entrenamiento diario. ©Andrés Bermúdez.

***

Las pesas para los arhuacos

A primera vista, Umuriwa se parece a muchos poblados indígenas de la Sierra Nevada: un núcleo de casas de bahareque con techos piramidales de hierba seca, rodeadas por decenas de pequeñas parcelas sembradas con maíz, yuca, fríjol, ahuyama y ñame.

Sin embargo, no es un pueblo de vieja data. Este caserío en el corregimiento de La Mesa, a media hora de Valledupar, nació hace solo 15 años cuando un grupo de arhuacos descendió hasta las faldas de la Sierra huyendo de la violencia, primero del ELN y del frente 41 de las FARC y luego de los paramilitares al mando de ‘Jorge 40’.

Eran tiempos aciagos para los 15 mil arhuacos de la Sierra, cuyo grado de victimización les permitió ser considerados como sujeto de reparación colectiva por la Unidad de Víctimas. Entre los episodios más dolorosos que recuerdan está el brutal asesinato del líder Julián Arroyo y su sobrino Dwiarusíngumu Arroyo en noviembre de 2003. O el del mamo Mariano Suárez, de 70 años, que fue abaleado en su casa un año después.

Por esa misma época, paramilitares vinieron a buscar a don Jesús a su casa el día de una reunión familiar y le pidieron ir donde el jefe del frente Mártires del Cesar. En ese momento tomó la decisión de salir de su comunidad de Birwa, una de las 52 parcialidades dentro del resguardo Arhuaco en la Sierra, y asentarse cerca de Valledupar.

 


 

 

El único punto positivo que le ve a ese reasentamiento forzado, dice, es que sus hijos pudieron estudiar.

En 2007, con apoyo del gobierno nacional, construyeron el poblado en la tierra que le habían comprado a unos colonos. La llamaron Umuriwa, que en lengua iku significa ‘lugar donde aclara la vida’. O, según una segunda arqueología del nombre que hace don Jesús, el punto justo donde una semilla puede dar fruto.

Las pesas, justamente, están dándoles frutos parecidos, generando oportunidades para que los jóvenes reversen esas secuelas que les dejó el conflicto.

“Posiblemente algunos en la comunidad lo vean como un deporte de otros afuera. Yo lo veo como una posibilidad y como una oportunidad”, dice el mayor José Vicente Villafañe, una de las máximas autoridades de los arhuacos. No vive en Umuriwa, pero está de visita.                                                                                              


«Los arhuacos siempre hemos querido superarnos e ir a la par de todo lo nuevo de la tecnología, pero sin perder la identidad como indígenas. Las pesas no son de nosotros, pero le podemos demostrar a los ‘hermanitos menores’ –como les decimos a ustedes- que tenemos la capacidad y que no hay diferencias entre una raza y la otra»

-José Vicente Villafañe


 

Lo ven, en últimas, como una forma de incidencia política que les ayuda a hablarle a quienes tienen la capacidad de ayudarles en su mayor meta de preservar su tierra, porque –como dice don Jesús- “un indígena sin tierra es como un fogón sin leña”.

Sus hijos entrenan todos los días, durante tres horas, para seguir abriendo esas puertas.

“A través del levantamiento uno trata de superar muchas cosas, incluyendo las situaciones que vivimos”, dice Manuel, que tenía 10 años cuando su familia salió desplazada. “Ahora podemos transmitir muchos mensajes hacia fuera, comenzando por la existencia de nosotros mismos como pueblo tradicional”.

Esta historia fue realizada en el marco de una beca de reportería del Centro Carter sobre la salud mental y emocional de las víctimas del conflicto.


Por: Andrés Bermúdez liévano | Colaborador

@bermudezlievano


 

¡Suscríbete!

Y recibe primero una selección de los mejores contenidos y novedades de SEMANA RURAL. Nada de spam, promociones comerciales ni cosas aburridas.

Ingresa el correo que más utilices, gracias por ayudarnos
Autorizo el tratamiento de mis datos conforme a la política de tratamiento de datos de SEMANA.




¡Comparte!



Foto de perfil del autor del comentario






Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.