Los pájaros cantan de noche donde las balas han sido silenciadas

octubre 01 de 2020

Los campesinos que apuestan por la paz y el medioambiente aprendieron que se requiere perseverancia para salir adelante. Conozca la historia de Asoprocegua y su lucha por transformar el Guaviare..

Los pájaros cantan de noche donde las balas han sido silenciadas

| En la foto se ve a Rafael, uno de los miembros de Asoprocegua. | Por: Felipe Suárez


Por: Felipe Suárez


Siempre había pensado que los pájaros sólo cantaban al empezar a teñirse de azul el cielo. 

 

Aún es de noche cuando Bertilde se levanta a hacer café. Hace más de una hora que los trinos de los pájaros se cuelan por las paredes de madera de la casa construida por Rafael. La lluvia nocturna dejó el ambiente aun más húmedo, como suelen ser los amaneceres del sur de Colombia. La exuberancia de la Amazonía se presenta en el olor de la mañana que se mete por el toldillo y hace imposible seguir durmiendo. El día inicia aún sin sol. “Uno cree que no, pero la finca se lo come a uno”, dice Rafael quien tiene en su cabeza una agenda del día que solo él conoce.

 

Las manos de Rafael suben y bajan en el aire, como tocando una planta imaginaria: “La flor del Guaviare es como pasto largo que crece y crece y luego da una flor blanquita, y son como una docena de esas florecitas blancas que son largas y parece como un ramo, pero es una misma flor”. Hace 10 años un incendio se llevó gran parte del valle de la serranía de La Lindosa, uno de los lugares donde se podía encontrar esta flor endémica, difícil de encontrar hoy, y que es la insignia del Guaviare. Para llegar al valle hay que caminar más de una hora y aunque muchos van en moto a pesar de estar prohibido, Rafael prefiere caminar. Dar ejemplo para él es importante. 

 


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Rafael López nació en una vereda de Boyacá, y luego de buscar un mejor futuro en Bogotá, llegó al Guaviare huyendo de una venganza por haber atrapado a un ladrón. Algo que era temporal, son hoy más de 38 años en estas tierras. Al llegar se convirtió en cuidador de fincas en el día y, en la noche, en trabajador de los cultivos de coca. Nueve años duró en esa doble vida que, según él, se llevó la juventud de muchas personas en la región. Su esposa a los 19 años ya estaba rodeada de jornaleros y actores armados a los que les ofrecía tinto y comida para que a Rafael le dieran mejores herramientas para trabajar y así poder picar la hoja con menos esfuerzo.

 

En esa época las avionetas con glifosato iniciaron las aspersiones y el veneno que caía del cielo acabó también con los cultivos que tenían para su propia alimentación: el pan coger, las plantas, los animales, lo lícito y lo ilícito. “Los que no se murieron por el conflicto, los mató el glifosato”, dice Rafael mientras camina por un tramo de su finca que ha reforestado con abarco, cuyubí, milpos y matarratón. “El glifosato impide que las personas puedan tener opciones distintas a los cultivos ilícitos; la tierra simplemente se muere”, termina.

 

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En la foto se ve a Bertilde tomando un café en la mañana y a la flor del Guaviare.

©Felipe Suárez

 

Para el año 96, varios líderes de las veredas de la región se reunieron. No solo estaba el problema de sus cultivos con las aspersiones; también a sus hijos se los estaba llevando la guerra. A unos los desaparecían y a otros los mataban. Pero estaban convencidos de que podían tener un mejor futuro para sus familias, lejos de la ilegalidad.

 

Flaviano tiene que poner un par de canastas boca abajo para alcanzar los controles del cuarto frío que hay en la planta de recolección cerca de San José. Las instrucciones que le da por teléfono el ingeniero son importantes para la refrigeración del asaí que recolectaron dos días atrás: “Asoprocegua nació a raíz de que no queríamos ser más ilegales y queríamos tener paz, contar con nuestras familias vivas, nuestros amigos”, cuenta mientras trabaja. 

 

Flaviano Mahecha es representante legal de la Asociación de Productores Agropecuarios por el Cambio Económico del Guaviare (Asoprocegua), organización que crearon convencidos de la posibilidad de vivir del bosque, cuidando el medioambiente, a través del cultivo de productos amazónicos como una alternativa frente la ganadería extensiva y los cultivos ilícitos que, en ese momento, eran las únicas opciones en la región.

 

Los productos con los que iniciaron no dieron los resultados que esperaban. Y sumado a eso, los actores armados los empezaron a llamar para que les rindieran cuentas. Esto causó que la asociación dejara de funcionar casi hasta extinguirse. 

 

En el 2001, se constituyeron formalmente y con la ayuda del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi) descubrieron los productos que podrían aprovechar en la región. Llegaron al arazá, el asaí, el seje y el moriche. A partir del Acuerdo de Paz, en el 2016, la rueda empezó a girar y encontraron los aliados necesarios para comercializar sus cultivos.

 

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Se ve el Asaí, una fruta característica de la amazonía colombiana y a Flaviano Mahecha, elrepresentante legal de Asoprocegua

©Felipe Suárez

 

La semilla de cuidar el medioambiente nació en Rafael cuando siendo un niño su padre viajó a Sutatenza a recibir unos cursos que después replicó en su vereda enseñándole a leer y a escribir a jóvenes de la región: “Mi papá decía que en la vida había que sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Nos enseñó de los ciclos de la vida y a cuidar la naturaleza”

 

La cosecha de asaí de este año dejó un par de canastas del fruto que no pudo ser utilizado y a Rafael se le ocurrió que podrían servir como complemento para dársela a los cerdos, igual que ocurre con algunas de las plantas que siembra para la ganadería silvopastoril que tiene en la finca. “Hay que aprovechar todo lo que podamos”, dice en voz alta como para que sus hijos lo oigan. Mira a su hijo William de 11 años por encima del pocillo mientras cena, esperando alguna respuesta que jamás llega; levanta las cejas y reniega con la cabeza. Su hijo está a punto de entrar en la etapa de la adolescencia y afortunadamente las preocupaciones de esa edad han cambiado.

 

Para él es importante que exista algo real que pueda brindar a sus hijos, que las nuevas generaciones encuentren en el campo una manera digna de vivir, en vez de alimentar los cinturones de miseria de las ciudades; pero, sobre todo, con este paso a la legalidad, lo que más anhela es que los padres no tengan que volver a enterrar a sus hijos.

 

Un amago de lluvia golpea sobre el techo de zinc. Desconectan el televisor y, después del baño de cada noche, las luces de la casa se apagan. Con un poco de atención, la calma que reina en la finca deja oír a los pájaros que cantan, aun cuando está más oscuro.

 

Quienes le apostaron a la paz y al cuidado del medioambiente aprendieron que se requiere de la perseverancia más recia para salir adelante. Insistir por una vida digna es lo que les ha permitido a los campesinos atravesar más de 50 años de violencia. Así lo han hecho los campesinos de Asoprocegua, una de las iniciativas que la Fundación Compaz, en asocio con Naciones Unidas y la Embajada de Suecia, ha priorizado para estudiar y acompañar. La distancia que han tomado del conflicto les permite ahora pensar en querer replicar lo aprendido y en fortalecerse cada vez más como comunidad.

 


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*Felipe Suárez ha trabajado como director de publicidad durante más de 12 años. Desde el 2015, trabaja en temas sociales, fue director y coordinador del área audiovisual en Unidad para las Víctimas. Además, se desempeña como director y fotógrafo independiente, con diferentes entidades del Estado, así como otras organizaciones. Actualmente, es asesor y productor audiovisual del proyecto “Aprendizajes de paz sostenibles” de la Fundación Compaz, financiado por las Naciones Unidas y la Embajada de Suecia

 

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