Los pescadores: la voz del río Magdalena

septiembre 03 de 2020

La minería, la construcción de hidroeléctricas, la desviación de cauces, entre otros problemas, tienen enferma la cuenca del río donde vive el 75 por ciento de la población y se genera el 80 por ciento del PIB de Colombia. ¿Cómo puede una app llamada MiPez impulsar su recuperación?.

Los pescadores: la voz del río Magdalena

| | Por: Elegua Producciones


Por: Germán Izquierdo
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La canoa de madera, impulsada por un motor Johnson de 33 caballos de fuerza, rasgaba el agua trazando una estela cada vez más lejana del rancho que se alzaba a orillas del río. En la embarcación viajaba el curtido pescador Expedito Arciniegas en compañía de sus cuatro hijos. Entre ellos, la mayor y la única mujer, Libia, de doce años. Cada noviembre recorrían juntos una larga travesía desde La Gloria (Cesar) hasta Papayal (Bolívar). Iban equipados con atarraya, nylon, anzuelos, nasa y carnadas. Acampaban en los playones del río, comían los peces que mordían sus anzuelos y pescaban en una quebrada llamada la Saraíta, donde atrapaban doradas, capaces, comelones y barbudos. Cada botín en la quebrada era un pequeño milagro: una montaña de peces más brillantes que la plata y el oro.

La quebrada era muy grande, pero le taparon la entrada para usarla en los cultivos de palma y así cortaron la conectividad hídrica que tenía con el río. La acabaron”, dice Libia Stella Arciniegas, que a los 47 años sigue viviendo de la pesca y defendiendo las aguas del río Magdalena como presidenta de la Federación de Pescadores Artesanales y Ambientalistas del Cesar. Conoce la parte baja del río desde que tiene memoria y ha sido testigo de su transformación y la pérdida de sus especies.

Ahora es muy raro encontrar moncholos, picúas, sábalos, besotes. Se están extinguiendo”, cuenta Libia. Otro que ha desaparecido es el coroncoro, un pez negro de ojos azules que ‘la Niña Emilia’ volvió popular en aquella famosa canción que dice: “¡Coroncoro se murió tu ma’e, déjala morir!”. La última vez que Libia vio un coroncoro fue hace tres años, en unas charcas donde nadie solía pescar. “De allí lo sacaron y desde ese día no he vuelto a ver ninguno”, cuenta Libia, marcando cada sílaba de la última palabra.

 

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Don Expedito en una de sus jornadas de pesca (derecha). Ahora, descansa de su casa (izquierda) © Cortesía Libia Stella Arciniegas

Nadie conoce el gran río Magdalena como sus pescadores, que generación tras generación se han aventurado a diario al vaivén de sus aguas. Pensando en ellos, la ONG The Nature Conservancy (TNC) desarrolló la aplicación para dispositivos móviles MiPez, que les permite a los más de 200 mil pescadores de la gran cuenca registrar sus faenas de pesca, los lugares donde practican su oficio y las especies que capturan. También, que lleven un inventario de gastos, consumos, ventas y ganancias. La iniciativa, premiada por la Fundación Google en un concurso de proyectos de tecnología con impacto social, convierte a los pescadores en fuentes de información confiable sobre el estado del río en sus distintos puntos.

Según Juliana Delgado, Coordinadora de Ciencias para el programa de Conservación de NASCA (Norte de los Andes y Sur de Centroamérica), “los objetivos de la app son fortalecer a las comunidades de pescadores para que tengan un mejor apropiación y manejo de su recurso, y robustecer los mecanismos de información y de participación ciudadana para tomar de decisiones más acertadas e informadas sobre la cuenca”.

La información de los pescadores nutre la plataforma SIMA (sistema de Apoyo a la Toma de Decisiones en la Macrocuenca del Magdalena-Cauca), una herramienta que desarrollaron ingenieros, expertos en sistemas y biólogos, entre otros, para calcular el impacto ambiental sobre la cuenca de proyectos energéticos y advertir variaciones en el uso del suelo, efectos del cambio climático sobre la oferta hídrica y el estado de los sistemas acuáticos y sus pesquerías. 

El Magdalena, el gran río de Colombia, nace en el páramo de las papas, a más de 3.600 metros de altura, en una laguna de 7 hectáreas que lleva su mismo nombre y que, desde arriba, parece un brillante ojo abierto rodeado de montañas forradas de frailejones. Allí el río inicia un viaje que toca 120 municipios del país y 8 departamentos. A su paso ha inspirado pasillos, bundes, vallenatos, cumbias y porros. Uno de los más famosos, aquel de José Barros que dice: 

 


«Habla con la luna
(El pescador)
Habla con la playa
No tiene fortuna
Solo su atarraya».


 

 

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El afinado ojo de Leo Matiz captó una de las fotografías más bellas y emblemáticas en el río Magdalena. © Cortesía Museo Nacional de Colombia

 

La cuenca del Magdalena, que abarca el 25 por ciento de la superficie del país, es el gran centro de desarrollo de Colombia. En ella habita el 75 por ciento de la población, se genera el 80 por ciento del PIB y se produce el 70 por ciento de la energía hidroeléctrica. Hoy, este territorio, fundamental para el país, está en peligro por la acción de las hidroeléctricas (hay más de 30 en el la cuenca), la desecación de los bosques inundables, la contaminación por vertimientos, la minería, los desvíos de cauces y la agricultura y la ganadería extensivas, entre otros. “Los ríos no son solo agua, sino sistemas vivos, como el cuerpo humano, con arterias y venas por las que transitan energía, especies, sedimentos”, dice Juliana. 

 

Se calcula que en los últimos cincuenta años el 80 por ciento de las especies de agua dulce han disminuido. En 1994 Colombia era el cuarto país con más fuentes hídricas. Ahora ocupa el puesto 24. Según Adriana Cadena, directora de la Confederación Mesa Nacional de Pesca Artesanal, “en el Magdalena vemos cómo la gente desvía los cauces y los caños, y mete búfalos para secar los humedales y apropiarse de ellos”.


Thomas Walschburger, Consejero Científico Senior para el programa de Conservación Norte de los Andes y Sur de Centro América de TNC,  dijo en una charla sobre la app MiPez que “estamos manejando la cuenca casi como un basurero”. Según el experto, siempre se habla de que se están extinguiendo los elefantes, los gorilas, pero en realidad los ecosistemas más amenazados son los de agua dulce, que representan el 1 por ciento de los ecosistemas de todo el planeta.

 

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© Elegua Producciones

 

En la cuenca del Magdalena uno de los problemas más graves es la alteración de las fluctuaciones del río. A lo largo del año hay flujos de agua bajos, medios y altos. Todos son importantes. Cuando la corriente sube, entra en las ciénagas; cuando baja, se forman playas donde habitan otras especies. Los flujos son determinantes para las especies migratorias, pero hoy se han alterado, en gran medida por las hidroeléctricas: hay 35 en toda la cuenca. 

 

Las hidroeléctricas retienen el agua en su embalse y la descargan para generar electricidad. Esto hace que el nivel suba y baje muchas en un solo día. Además, atrapan sedimentos, que son las vitaminas del agua, como el fósforo y el nitrógeno. Para completar, cambian la temperatura del agua y, con sus muros, frenan el recorrido de las especies migratorias.

 

La pesca en el Magdalena tiene un valor cultural invaluable para Colombia, pero su producción ha caído de manera abrupta. “Según datos de la FAO, en 1990 la pesca artesanal abastecía el 90 por ciento del consumo interno de pescado; hoy solo aporta el 11 por ciento –dice Adriana–. Hoy el 67 por ciento del pescado que consumimos viene de Argentina, Chile, Ecuador, Vietnam y Trinidad y Tobago”.

 

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Libia describe en una frase la situación de los pescadores: “Somos toreros. Toreamos el hambre y la necesidad pescando”. © Cortesía Libia Stella Arciniegas

 

Los pescadores son los primeros en advertir el cambio del río Magdalena. Sus aguas, hogar de 224 especies (47 endémicas y 34 migratorias) no son las de antes. Los peces son más pequeños y cada vez más escasos. A esto se suma una realidad histórica: los pescadores, a diferencia de las comunidades indígenas y afro, no son dueños del lugar que habitan y son vulnerables a la minería, a los terratenientes que se apropian de las ciénagas y a la minería que envenena con mercurio las aguas del río. 

Libia describe en una frase la situación de los pescadores: “Somos toreros. Toreamos el hambre y la necesidad pescando”. Sobre la aplicación MiPez, opina que puede ayudar mucho a la cuenca y a las comunidades, pero cree que los problemas de conectividad y el hecho de que muchos pescadores no tengan teléfonos inteligentes será un obstáculo díficil de sortear. 

Aunque la Gloria (Cesar) es por tradición un municipio pesquero, muchos dejaron el oficio para trabajar como mototaxistas o en los sembrados de piña y palma. La pandemia los ha devuelto al río, pues como en el resto del país el empleo escasea. Ellos saben que, aunque falte el dinero, las aguas turbias del Magdalena les entregarán siempre  alguna presa para calmar el hambre. 

 



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