El lento renacer de El Aro después de la masacre

febrero 11 de 2018

Tras 20 años de este duro episodio del conflicto armado, las heridas del horror en este corregimiento del norte de Antioquia siguen abiertas. Sus habitantes reclaman más atención y soluciones concretas a sus necesidades..

El lento renacer de El Aro después de la masacre

| El alcantarillado, el puesto de salud y una mejor escuela son los pedidos de los habitantes de El Aro en tiempos de posconflicto. | Por: Yénifer Aristizábal


Por: Yenifer Aristizabal
YenAristizabal

A José María Barrera se le olvida constantemente el nombre y la letra de sus propias canciones. Cuando las canta es normal que algunas veces sus dedos sigan tocando mientras los labios callan en busca de las palabras perdidas. Su esposa, Dora Elena Gutiérrez, lo mira y sonríe mientras lava alguna olla que quedó sucia después del almuerzo. Yeimi, su hija, se acerca a él para pedirle alguna moneda, pues quiere comprar un dulcesito.

El frío de las montañas de Ituango, donde queda el corregimiento de El Aro, enrojece las mejillas del músico y este color se hace más intenso cada vez que habla tímidamente de su talento, de sus olvidos y de su amor por la guitarra.

 

smiley José María Barrera tocando su guitarra. Su hija Yeimi lo interrumpe para pedirle dinero. | Foto: Yénifer Aristizábal.

 

Todos los días sale temprano a trabajar. José se alista para llegar a su sembrado puntualmente a las cuatro de la mañana. No tiene mucho tiempo para practicar con la guitarra, la que protege celosamente cuando se le ve en la calle con ella. Por eso, dos hora antes, mientras todos duermen, se levanta a tocar y componer.

Este hombre de 45 años siembra maíz, yuca y frijol. También jornalea en otras fincas de un corregimiento, que después de 20 años de sufrir una de las masacres más cruentas de la historia del país aún debe lidiar con el problema de la siembra de coca.

Es el único sobreviviente de las famosas parrandas, fiestas que a punta de guitarra duraban hasta la madrugada y que la masacre del 22 de octubre de 1997 desplazó a otros lugares de Antioquia. Aprendió a tocar a los 12 años con sus primos y con un instrumento fabricado inprovisadamente con guaduas.“Tenía cuerditas, hacía bulla, pero no daba para tono”, recuerda.

 

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smiley El quiosco del centro poblado de El Aro. | Foto: Yénifer Aristizábal.

 

Desde hace cuatro años, un programa de reconstrucción del tejido social lo animó a volver a la música. Es el único que lo hace ahora y piensa que Dimar, su hijo, puede relevarlo en esta tradición.


“Me pongo a pensar si será mi compañero más adelante, así yo esté avanzado. Y me hará revivir el pasado cuando tocábamos en el quiosco o en la caseta”.


José le compuso a la masacre que hace 20 años le quitó a muchos de sus compañeros de parranda. Llega la nostalgia cuando canta el tema. Pero cualquier bruja o historia de amor es motivo de inspiración para una nueva canción.

 

 Escuche el tema que José María Barrera compuso sobre la masacre de El Aro: 

 

 

 EL CAMINO 

 

Para encontrarnos con él tuvimos que esperar a que terminara de caerse el cielo, de a poco y en forma de lluvia. Partimos desde Puerto Valdivia, la calurosa entrada al Bajo Cauca antioqueño. Allí emprendimos un viaje montaña arriba en mula.

Con celular, pero sin señal en gran parte del camino, no tuvimos cómo avisarle a Adrián, nuestro arriero, el punto exacto del encuentro. La ruta de apenas una hora se convirtió en una tortuosa travesía de casi tres en medio de algunos trabajadores de Hidroituango. El barro que reemplaza las vías veredales y el temor constante de una culebra nos mantuvo precavidos por la ruta.

Durante el día, en El Aro las mulas se alistan desde temprano para subir y bajar madera, mercancía y campesinos por los escarpados caminos que conducen a este corregimiento de Ituango, en el norte de Antioquia.

 

 

 EL 'DESPUÉS' DEL DOLOR 

 

Cuando llegamos a El Aro nos encontramos con un parque pequeño al que han arribado visitantes de todo tipo, especialmente durante los últimos 20 años. Muchos recientemente atraídos por una ‘deuda nacional’ con esta población que entre el 22 y el 25 de octubre de 1997 padeció la masacre paramilitar, que acabó con la vida de 15 personas y desplazó a todos sus habitantes.

 

- ¿Y esa cruz? , preguntamos al señalar una estructura de madera en medio del parque.

- Es una reparación simbólica que hizo el Estado, responde Yiovani Piedrahíta, quien lleva un rato hablando con nosotros en el atrio de la iglesia del poblado, desde donde escuchamos la misa del padre Édgar. Él viajó desde Toledo para celebrar los grados escolares.

- ¿Hace mucho tiempo?

- Tendrá como cuatro años. Pa' mí lo peor que ha hecho el Estado en este pueblo.

- ¿Por qué?

- Porque aquí anteriormente se acostumbraba a matar una persona y colocarle una cruz, un calvario. Entonces yo considero que eso ahí es un calvario.

 

smiley El parque del centro poblado de El Aro. En un costado está la cruz que instalaron como símbolo de reparación. | Foto: Yénifer Aristizábal.

 

La cruz, de aproximadamente tres metros, puede verse desde cualquier punto del parque desde abril del 2015, cuando magistrados de la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Medellín y representantes del gobierno local y departamental de aquel entonces la erigieron allí como un homenaje a las víctimas.

Al otro lado se encuentra la placa con los nombres de las víctimas. El primer nombre que Yiovani mencionó fue el Aurelio Areiza. “Era el hombre que movía el comercio en este pueblo”, dijo y siguió hablando de cada uno. “A todos los conocíamos…”.

 

 

 SOLUCIONES CONCRETAS 

 

“En esa cruz que pusieron se invirtieron muchos millones de pesos. Vino mucha gente, los vuelos en el helicóptero, la comida... Se hubiera podido invertir en mejoramientos de vivienda”, expresa con pesar Martha Posso, una de las líderes comunitarias más activas del corregimiento.

Hace poco, la empresa EPM acordó una nueva fecha para la anhelada construcción de la vía a El Aro, desde Puerto Valdivia. Se espera que el próximo 30 de julio de 2018 empiece la construcción de los 8 kilómetros del tramo. La meta es que las 44 familias del corregimiento cuenten con carretera desde el 30 de julio de 2019.

 

smiley Una de las calles del cento poblado de El Aro. | Foto: Yénifer Aristizábal.

 

“Hay muchas cosas que organizar en esta comunidad” asegura Marta. El alcantarillado, el puesto de salud y la escuela son los que necesitan mayor atención. Esta última construcción tiene nidos de murciélagos en casi todas las aulas, no hay tableros y la biblioteca está en condiciones precarias. Recientemente se donaron unas sillas que podrían echarse a perder. 

“En pocas palabras: los docentes somos casi el único recurso”, dice Danny Monsalve, una de las dos docentes de esta escuela donde solo se puede estudiar hasta noveno, porque no cuenta con profesor licenciado en química y física que permita que los jóvenes lleguen hasta el grado once.

 

“En esa cruz que pusieron se invirtieron muchos millones de pesos. Se hubiera podido invertir en mejoramientos de vivienda”.

- Martha Posso, líder comunitaria de El Aro -


 

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José María Barrera y su familia. Anhelan que con el posconflicto mejoren las condiciones de vida de su corregimiento. | Foto: Yénifer Aristizábal.

 

 NO ES UN PUEBLO FANTASMA 

 

“Es un pueblo muy solo porque somos pocos habitantes”, comenta Marta al responder por qué algunos medios de comunicación hablan de este corregimiento como un ‘pueblo fantasma’. “Cuando alguna institución o algún periodista llega, la gente está trabajando, los niños estudiando, las señoras ocupadas en sus casas y da la casualidad de que encuentran las calles solas”.

El amor y el arraigo de muchos ituanguinos por este corregimiento es evidente. Después de que todos sus habitantes salieran aterrados por la guerra, el retorno no ha sido fácil. Aunque las heridas siguen abiertas para muchos, y la zozobra frente a la presencia de nuevos grupos es latente, mujeres como Marta y hombres como Yovani no desearían estar en otro lugar.

“Para mí este pueblito es lo máximo. Es el que me vio nacer y donde tengo todas las raíces”, comenta José María Barrera decidido, mientras el frío de la noche, que llegó sin darnos cuenta, nos congela gradualmente y su canto nos acompaña con una sutil alegría sonora.

 

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