La guerra que mi hija no recuerda: un relato de la masacre de El Aro

febrero 11 de 2018

Una sobreviviente de este triste episodio del conflicto armado cuenta qué tuvo que hacer para salvar su vida y la de su bebé hace 20 años..

La guerra que mi hija no recuerda: un relato de la masacre de El Aro

| La masacre de El Aro, en Ituango (Antioquia), ocurrió entre el 22 y 25 de octubre de 1997. Murieron 15 personas y generó desplazamiento. | Por: Jesús Abad Colorado / Archivo REVISTA SEMANA.


Por: Paula Angélica Ruiz Torres
@PaulaRuTo

 

La masacre de El Aro, ocurrida entre 22 y 25 de octubre de 1997, dejó 15 muertos y varias familias desplazadas de este corregimiento de Ituango, en el norte de Antioquia. Dos décadas después, la Corte Suprema de Justicia está a punto de declarar este crimen como de lesa humanidad para evitar que prescriba la investigación del caso. La decisión, probablemente, se tomará en marzo de este año. 

Volvemos a publicar este relato con motivo de la pronta declaración del alto tribunal y por el aniversario 20 del asesinato de Jesús María Valle, un defensor de derechos humanos de Antioquia que denunció la participación del Estado en la masacre de El Aro. El 27 de febrero de 1998 unos sicarios llegaron a su oficina en Medellín y le dispararon.

 

*****

 

Desde que era niña veía hombres vestidos de camuflaje. Algunos tenían una mirada dura, otros en cambio, me saludaban amistosamente mientras sus botas golpeaban el asfalto del atrio de la iglesia. En el pueblo les decían guerrilleros, otros les decían chulos. Yo prefería no nombrarlos. Todos sabíamos quiénes eran ellos; eran la autoridad y por eso les teníamos respeto. Hacían lo suyo, patrullaban a las afueras y de vez en cuando entraban a ‘pedir la colaboración’.

 

smiley Iglesia del corregimiento de El Aro, en Ituango (Antioquia). Queda en su centro poblado. | Foto: Yénifer Aristizábal / SEMANA RURAL.

 

 HAY RUMORES 

 

Hoy es un día frío, la neblina se siente más densa de lo normal. ¡Qué pesado se siente el ambiente! Mi bebé se despertó llorando, me costó mucho trabajo consolarla. Le preparé un tetero y se calmó un poco. “Duérmete mi niña, duerme, duerme otro poquito shhhh…”.

Eran casi las siete de la mañana. Aproveché que mi bebé, Nancy, se había vuelto a dormir para lavar las pesebreras. Ya había tendido las camas, le había dado alimento a las 20 gallinas, les había preparado la comida a las 10 mulas. También le había dado el desayuno a mi marido, a mi suegro David y a los seis trabajadores que iban todos los días a El Respaldo, la finquita de nosotros.

Mientras lavaba las pesebreras llegó un paisano a la finca:

 

- Doña Isabel, ¿por ahí anda su marido?

- Sí vecino, ya se lo llamo-, le respondí, mientras yo misma me preguntaba por qué me decían doña si solo tenía 16 años, ahí fue cuando recordé a mi papá diciendo: “Una señorita es la mujer que no ha conocido macho”.

 

*****

 

Ese día le contaron a mi marido que los ‘paras’ ya habían pasado por el corregimiento de Puerto Valdivia que estaba a casi a doce horas de nuestro pueblo, ya habían matado varias personas y venían para El Aro. El rumor empezó a correr por todas partes. Le supliqué a Eugenio, mi marido, que nos fuéramos de ahí, pero él pensó que no era necesario, que estábamos lejos y no teníamos por qué tener miedo.

Muchos cogieron lo que pudieron y se fueron, otros pensaban igual que mi marido y se quedaron, como don Aurelio Areiza. Él tenía la tienda más grande del corregimiento, más de una vez le compré y mi suegro le vendía la panela. Les fiaba a todos, tal vez por eso era muy querido en el pueblo. Mi suegro le insistió que se fuera:

 

- No se arriesgue, esa gente es mala.

- El que nada debe, nada teme-, repitió Aurelio y se quedó finalmente.


 

 

smiley Nancy en su niñez. | Foto: cortesía de su familia.

 

 ¡CORRA SI QUIERE VIVIR! 

 

Pasadas las nueve de la mañana, empezamos a darnos cuenta de que el rumor era verdad. El cielo se puso gris, el humo de los cañones comenzó a tapar las montañas. El olor a pólvora se sentía cerca a pesar de que estábamos a casi una hora del pueblo. El sonido era muy fuerte, las balas zumbaban en el aire y se escuchaban explosiones. Los pájaros volaban más rápido, los perros ladraban y la gente corría asustada.

Iba a bañarme cuando todo comenzó, pero al escuchar los estruendos salí corriendo a buscar a Nancy, ella lloraba asustada por el ruido. La cubría con mi cuerpo, llena de miedo de que alguna de esas balas la tocaran su indefenso cuerpo de apenas 10 meses recién cumplidos.

Los trabajadores también corrieron, cada uno salió a buscar a su familia. A todos les tocó correr mucho porque sus casas no estaban cerca de El Respaldo. Eugenio, que estaba en los sembrados junto a los trabajadores, también llegó corriendo. Estaba sudando, tembloroso, agitado. “Traiga la niña y no haga sino correr”, me dijo, pero antes de hacerlo, fui corriendo por el tetero de nuestra pequeña.

 

 

Corrimos hasta La Ausencia, la finca de mi suegro. Allá nos encontramos con él y con uno de mis cuñados: Arturo. La Ausencia quedaba a una hora de El Aro y tenía mucho más terreno que El Respaldo. Una parte estaba sembrada, pero la mayoría era puro monte escondido, ahí también estaba La Honda, la quebrada que nos salvó.

 

- El cielo se puso gris, el humo de los cañones comenzó a tapar las montañas. El olor a pólvora se sentía cerca a pesar de que estábamos a casi una hora del pueblo -

 

Nos metimos al monte. Nadie alcanzó a coger nada, solo yo cogí unos pedazos de panela para la niña. Salimos con lo que traíamos puesto. Así empezamos a correr. Todos con las manos vacías, menos yo que cargaba a Nancy, el tetero y la panela.


 

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Una casa del corregimiento de El Aro, en Ituango. | Foto: Yénifer Aristizábal / SEMANA RURAL.

 

 AGUA Y PANELA 

 

Los disparos y bombas seguían sonando y lo único que sabíamos era que los ‘paras’ y la guerrilla estaban enfrentados, no sabíamos a qué iban ‘los paras’ ni tampoco qué nos iban a hacer. Mi marido me decía que a nosotros nos podían matar porque mi suegro tenía una tienda en el pueblo y le pagaba ‘la vacuna’ a la guerrilla. Pero yo no entendía por qué nos iban a matar por eso, si es que a mi suegro le tocaba, pues de eso dependía su vida.

Pasamos tres noches seguidas en el monte, cerca de la finca. Hablábamos muy bajito, dejamos dos perros amarrados en La Ausencia y no prendíamos candela. Pasábamos el tiempo sentados, esperando quién sabe qué. En mi caso, esperaba la muerte. Sentía que en cualquier momento iban a llegar los ‘paras’ a matarnos y si eso no pasaba, el hambre, seguro, se encargaría de eso.

 

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Solo yo cargaba a Nancy. Eugenio, mi suegro y Arturo, mi cuñado, se sentaban mientras que sus miradas se perdían, vaya a saber dónde. Arturo, cogió unos plásticos que le teníamos a las gallinas y ahí nos acostábamos a veces, aunque ninguno podía dormir. De vez en cuando uno cerraba los ojos y se iba quedando, pero no por más de dos o tres horas. La sensación de despertar era terrible: abrir los ojos, verme en medio del monte, recordar que seguramente estaba a horas o días de morir, pero más que nada, ver a mi bebé dormida entre mis brazos, llena de picaduras de zancudos que inútilmente ahuyentaba.

 

- Todo va a estar bien mi Lucerito, ya casi salimos-, le decía, pero ni yo misma lo creía.


Lucero era su segundo nombre. A mí me encantaba decirle así: “Lucerito, Lucerito, Lucerito”, mi pequeña lucecita en medio de tanta oscuridad. Lucerito, Lucerito, ¿cómo te toca vivir esto?

 

 

Lloraba mucho, todo el tiempo y para calmarla caminaba con ella, la arrullaba, le cantaba. También le sobaba y echaba agua a las picaduras para calmarlas. Cuando tenía hambre, partía un pedazo de panela y la echaba al tetero, sacaba agua de la quebrada y la juntaba con la panela, la revolvía bastante hasta que el agua cogiera un poquito el sabor de la panela. Esa fue la única comida de mi Lucerito.

Era nuestro cuarto día ahí, un martes. Nos guiábamos por la luz del sol para contarlos y saber más o menos qué hora era. Una tarde, yo estaba en la quebrada con Nancy, le estaba lavando el cuerpito, cuando escuchamos que los perros comenzaron a ladrar. Sentí que mi corazón se detuvo y en mi mente vi una y otra vez cómo los paras llegaban a matarnos a todos. “¿Por quién empezarían, ¿qué pasaría con Nancy?”, me preguntaba mientras los perros seguían ladrando.

Era un vecino, un muchacho de la misma vereda que andaba por ahí en las mismas que nosotros. Él había estado en el pueblo y nos contó lo que estaba pasando.

 

 

smiley Una de las fotografías que publicaron los medios de comunicación ton solo días después de la masacre en El Aro. | Foto: Jesús Abad Colorado / Archivo REVISTA SEMANA.


 

 UNA DECISIÓN 

 

- Don David, eso está muy verraco-, le decía el paisano a mi suegro casi llorando. Esa gente llegó fue a matar. ¿Cómo le parece que mataron a don Aurelio?

- No paisano, no me diga eso-, le contestó mi suegro en voz muy baja.

- Y que fuera nada más a él-, siguió contando. Esa gente mató a don Arnulfo, a Mauricio Múnera, a Andrés Mendoza y a la señora que le ayudaba al párroco dizque por colaborar con la guerrilla. Tienen la gente en el parque, no la dejan salir. Por ahí tienen a unas señoras haciéndoles de comer y cogen marranos de por ahí de las fincas para ellos. Tienen todas las tiendas barridas. Lo mejor es que cojan más pa’ dentro porque esa gente está subiendo.

 

smiley Destruido. Así quedó el centro poblado del corregimiento de El Aro luego de la incursión de los paramilitares. | Foto: Jesús Abad Colorado / Archivo REVISTA SEMANA.

 

Cuando lo oímos se nos murió la poquita esperanza que teníamos. El cansancio se nos multiplicó. Mi suegro se quedó como ido, me lo imaginaba pensando en la tiendita que tenía, en los animalitos que le robaron en El Respaldo y sobretodo en don Aurelio, que eran tan amigos. Teníamos que decidirnos: nos internábamos más en el monte a morirnos de hambre o nos íbamos a la finca, a la suerte de que no nos vieran.

Estábamos demasiado cansados para caminar más. Aunque no nos daba hambre, la falta de comida y de sueño nos tenía derrotados. La bebé y yo nos volvimos un problema para seguir. Nancy se me enfermó. A cada rato vomitaba y tenía diarrea, por eso yo siempre debía estar cerquita de la quebrada. Se quedaba seca de llorar y casi no dormía ya. Mi suegro tomó la decisión, pero ni Nancy ni yo estábamos incluidas.

Al otro día, se fueron los tres. Mucho le rogué a Eugenio que no nos dejara, pero él me dijo que era lo mejor, que, si se iban con nosotras, íbamos a terminar muertos todos.


 

 

smiley La primera imagen, El Aro días después de la masacre. La segunda, el corregimiento en 2018. | Fotos: Jesús Abad Colorado / Archivo REVISTA SEMANA. - Yénifer Aristizábal / SEMANA RURAL.

 

 LA SALIDA 

 

No tenía alientos de llorar siquiera. Solo me senté en una peña y me quedé paralizada. Dejé de escuchar el sonido del agua de la quebrada o a mi bebé llorando, pero no me duró. Volví en mí cuando sentí a Nancy vomitando y la limpié, mientras pensaba qué hacer. Preferí quedarme ahí, esperando a que volvieran por nosotras. Si me movía no nos iban a encontrar cuando volvieran, además tenía que estar cerquita del agua para que la niña no se me muriera.

Caminaba y caminaba cargando la bebé mientras le contaba cuentos al oído, los mismos que me contaba mi papá. No sé cuánto tiempo pasó, yo creo que medio día. De repente empecé a escuchar el ruido de caballos caminando. Hasta me alegró sentir que ya se iba a acabar todo, pero no eran los ‘paras’, era Eugenio, mi suegro y mi cuñado.

Habían alcanzado a ir por los caballos a La Ausencia para irse, pero por allá se toparon con más combates y les tocó devolverse.

 

- ¿Cómo sigue la niña?-, me preguntó Eugenio.

- Igual-, le dije sin mirarlo siquiera. No hubo más palabras, esa fue la noche más larga de todas.

 

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Nancy 20 años después de la masacre. Este retrato es de enero de 2018. | Foto: archivo de Nancy.

 

Al amanecer del jueves mi suegro dijo que camináramos más. Y es que por allá habían escuchado que de pronto iban a dejar salir civiles. Caminamos un buen rato hasta que nos encontramos con un montón de gente. No sé ni qué sentí cuando los vi, creo que fue el único momento en que creí que iba a sobrevivir.

Empezamos a caminar con ellos, éramos cinco más entre las más de mil personas que dejamos nuestra vida en El Aro. Unos llevaban gallinas, otros cerdos, otros costales llenos. Yo, llevaba a Nancy, al tetero y a la panela que había quedado.

Caminamos durante todo el día. Algunos hablaban y se contaban entre sí sus historias: cómo habían escapado cuando empezó el combate, cómo vieron morir a sus conocidos o cuántas cosas habían perdido. En el ambiente se sentía el miedo de encontrarnos con más tropas, pero al mismo tiempo, la alegría de haber salido con vida. Yo solo pensaba en lo que había dejado atrás y en lo que estaba por venir.

 

- Éramos cinco más entre las más de mil personas que dejamos nuestra vida en El Aro -

 

Llegamos a Puerto Valdivia ese mismo día, era casi de noche. La multitud con la que venía empezó a dispersarse. A mí me esperaba una hermana que había ido hasta allá a buscarme después de haber escuchado la noticia de la masacre. Nancy y yo nos fuimos con ella para su casa en Barbosa. Eugenio, David y Arturo buscaron su familia en Medellín, donde los alcancé dos semanas después. Nos recibió mi cuñada, una mujer pobre con tres hijos y una casa con solo una habitación, un baño y una pequeña cocina. Fue la única ayuda que recibimos.

En enero de 1998 volvimos a El Aro, pero nos encontramos con cenizas. Ya no había pueblo, solo recogimos los escombros y entendimos que ese no era el lugar para reconstruir nuestro hogar y es que no es fácil empezar de cero cuando la vida te lleva tanta ventaja.


 

Esta crónica es el resultado del Taller de periodismo SEMANA RURAL en el Seminario de Comunicación Juvenil de la Secretaría de Juventud de la Alcaldía de Medellín, organizado en 2017.

 

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