No existen fronteras para la música llanera

mayo 03 de 2019

En una noche araucana un grupo de músicos que se formaron en el Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela recorren las calles de la ciudad a punta de melodías de bandola y arpa demostrando que colombianos y venezolanos tienen mucho en común.

No existen fronteras para la música llanera

| | Por: Santiago Ramírez Baquero


Por: Santiago Ramírez Baquero


Cuando ya habían recorrido los 643 kilómetros de carretera que separan a  San Felipe, Yaracuy de El Amparo, Apure, en Venezuela, un torrencial aguacero cayó del cielo como anunciando que lo más difícil hasta ahora estaba comenzando.

Eran las 4 a.m., el sol del llano todavía estaba oculto, y con arpa, bandola y cuatro al hombro tres músicos esperaron en el puente internacional José Antonio Páez a que los dejaran cruzar el río Arauca y llegar al lado colombiano de la frontera.

El palo de agua se volvió más intenso, como las ganas de huir, y por un momento creyeron que tantas horas de viaje no habrían servido para el propósito de llegar a Colombia: no les permitieron entrar, no tenían papeles en ese entonces.

A Ewad Gutiérrez, un cuatrista moreno y alto que siempre usa sombrero, le llegó al oído la idea de cruzar por las canoas. Convenció a César Torres y a Héctor Ríos de aventurarse por las turbulentas aguas del Arauca. Una vez en tierra corrieron como pudieron por sus vidas. Se sintieron perseguidos.

 


 

Ewad Gutiérrez toca el cuatro en frente de la alcaldía de Arauca, es la media noche de un sábado y aunque la ciudad parece vacía con el grupo la recorren buscando personas que quieran sus servicios © Foto Santiago Ramírez Baquero 


Ha pasado un año y cuatro meses desde esa madrugada en la que se negaron a quedarse en su país. En una noche de luces amarillentas en Arauca caminan solitarios los llaneros por las calles igual de solitarias a ellos. Han llegado nuevos integrantes, y andan en gallada buscando clientes a quienes les deben satisfacer el oído con lo que aprendieron lejos, en su natal San Felipe, cuando hacían parte del Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela.  

“Han pasado más cosas buenas que cosas malas”, dice César y pierde la mirada al horizonte buscando en su cabeza algo malo que le haya pasado. Y aunque encuentra tragos amargos los reduce a “han habido cositas”.

César carga la enorme arpa y la pasea por el municipio todas las noches. Cree, ciegamente, que por ser músicos llaneros los tratan bien, les sonríen y los contratan. En la primera residencia a la que llegaron, doña Cecilia de Aponte, la dueña, se volvió su madrina e incluso puso su nombre a un crédito para que César pudiera tener un celular para llamar a su familia en Yaracuy.

Héctor Ríos no suelta ni un segundo su mano izquierda del mástil de su bandola y con ella camina por la Rondón hasta llegar a alguna calle que reconoce a ojo para voltear y seguir hacia el parque Caldas. En ese trayecto a este grupo llamado Explosión Llanera los transeúntes les sonríen, los taxistas los conocen y los comerciantes los invitan porque les piden permiso para tocar en sus locales.


 


 

César y Alexander son los dos hermanos de la agrupación. © Foto Santiago Ramírez Baquero


 

Eso sí, están seguros de que si estuvieran en otro departamento tal vez el odio contra ellos florecería sin pudor. “La música nos saca de los problemas. Tenemos un día triste y yo canto y a mi se me pasa, nuestra función es dar esperanza con la música”, dice Donelsys Mata, la cantante del grupo. Todos están sentados compartiendo una gaseosa que les regalaron por la serenata de lujo que ofrecieron. Se ríen, cuentan chistes y se les olvida que están en el trabajo.

El llano, de donde vienen los integrantes del grupo, es más que una extensión que vive en el imaginario hasta donde los ríos virtualmente definen lo que es Colombia y Venezuela. El llano es extenso, en el llano el sol puede dar sus últimos rayos, y comparte una riqueza cultural que une a dos países históricamente similares.

El río Arauca hace que El Amparo, Venezuela y Arauca, Colombia, estén más cerca de lo que parecen. Dos municipios que podrían ser uno solo divididos por dos sistemas totalmente diferentes. “Allá es desorden y peligro”, dicen todos.

Por eso, siendo conscientes de lo que les ha tocado vivir, los músicos de Explosión Llanera, que se visten de jean y en la espalda cargan el nombre estampado del grupo, asisten a la Fundación Panamericana para el Desarrollo para la Población vulnerable de Arauca y allí ayudan a muchos venezolanos y a muchos colombianos que están de retorno al país.

Obvio no son los únicos. Por la calle que conduce a la alcaldía se ven varios que deambulan solitarios con sus cuatros, o con sus arpas. También son venezolanos pero se buscan la vida tocando sin compañía.

 


 

Héctor Ríos no abandona sus alpargatas así tenga que caminar largas distancias por toda la ciudad.  © Santiago Ramírez Baquero


 

Desde que la migración comenzó, es inevitable, hay que decirlo, el llano se ha vuelto más llano, tal vez se ha vuelto más grande, más diverso, más musical. Cuando el ardiente sol se posa, y las bombillas amarillas resplandecen, los llaneros tocan y Arauca se siente más viva, más llanera gracias a ellos.

 


 

Pertenecí al Sistema Nacional de Orquestas y soy venezolano, a mucho orgullo, del estado Barinas”, dice Juan José, que carga un parlante casi innecesario para la voz que tiene, solo con ella podría cautivar a quienes se cruza en la calle y le dan algo para ayudar a su familia ya radicada al otro lado del río.


 

 

Juan José canta por las calles para ayudar a su familia, se formó gracias al Sistema Nacional de Orquestas © Foto Santiago Ramírez Baquero


 

Alexander, dicen todos al unísono, es el callado del grupo. Donelsys se ríe y dice que le van a hacer una entrevista entre ellos mismos para que se sienta en confianza, pero solo una pregunta basta para que se sincere.

La misión era clara: debía traer a la esposa y a la hija de su hermano César, el arpista del grupo. Alexander le dijo a su pareja y a su hija que volvería a los cuatro días, que no se preocuparan. Cuando partió ambas se quedaron llorando, admite.

Cumplió con lo encargado, su sobrina y su cuñada llegaron a los brazos de su hermano de nuevo. Pero aunque intentó regresar a San Felipe, Explosión Llanera se había quedado sin su maraquero.

 


 

Alexander cruzó el río y pensó que no demoraría más de cuatro días en Colombia, ya lleva un año en Arauca.  © Foto Santiago Ramírez Baquero


 

Entonces Alexander lo intentó y aunque no tenía idea de nada se aventuró a unirse al grupo de su hermano. No volvió a Venezuela. Ya ha pasado un año. Tiene la fecha clara: llegó el 20 de abril. Aunque va y vuelve a su país para llevar medicinas y comida a su esposa e hija.

“Dejamos muchas cosas allá”, dice Ewad. “¿Qué dejaste tú?”, se preguntan entre ellos y se miran a los ojos. “Mi casa matrimonial”, “mi familia”, “mi trabajo”. De repente la conversación gira en torno a la nostalgia y a la melancolía, pero César interrumpe y los hace reír a todos de un solo tiro.

“Cuando uno cruza el río hay que botar esa pena y seguir”.

 

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