Pal Ezio, el cura europeo que se quedó para siempre en Toribío

noviembre 22 de 2018

Para el padre Pal Ezio Guadalupe Roattino, la Segunda Guerra Mundial y el conflicto armado en el Cauca han sido casi lo mismo. A sus 82 años, camina por las calles del municipio de Toribío, mientras arrastra la historia de horror, pero también de paz.

Pal Ezio, el cura europeo que se quedó para siempre en Toribío

| | Por: Jair F. Coll


Por: Valentina Parada
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Casi todo el que haya pasado por la casa cural de Toribío, Cauca, reconoce al padre Pal Ezio Guadalupe Roattino. Casi siempre va de ruana oscura, de su cuello cuelga una cruz de tau y siempre lleva un anillo negro en la mano izquierda. Sus ojos profundos cuentan historias completas. Las arrugas de su rostro se trazan como cordilleras en un mapa, uno que se parece al camino laberíntico por el que ha rodado a sus 82 años por cuenta de vivir en medio del conflicto, pero siempre del lado de la paz.

 

Ezio quiere decir “el que da una explicación”.  Quizás esa fue la misión por la que vino al mundo: tratar de vivir y explicar los conflictos que ha tenido que vivir en su vida como sacerdote. Su historia, mientras la cuenta, parece un libro gordo lleno de voces del siglo pasado. Sus recuerdos, intactos, reconstruyen desde los bombardeos atómicos de 1945 en Hiroshima y Nagasaki, a finales de la Segunda Guerra Mundial, hasta la transmisión de la chiva-bomba en Toribío, Cauca, que se incrustó en la pared de la cocina de la casa cural. Era julio del 2011.

 

T E X T O : V A L E N T I N A   P A R A D A
F O T O G R A F Í A :  J A I R  F.  C O L L 


El Padre Pal Ezio es ítalo-esloveno. Nació en un pequeño pueblo de Europa del que, por la convulsión del continente, se apropiaron cuatro naciones en menos de un siglo. Desde ese tiempo vivió la intranquilidad. “Cuando mi madre nació allí, pertenecía a Austria. Luego, cuando nací yo, era de Italia. Después de la Segunda Guerra Mundial fue territorio de Yugoslavia y cuando murió uno de los líderes de ese país, se convirtió en parte de Eslovenia”. Por cosas de su oficio, del destino o de Dios, su historia ahora escribe las páginas muy lejos de ese lugar, sus últimos años de vida los vive en un territorio ancestral enmarcado entre las montañas del Cauca: “Toribío, el eterno pueblo agradecido”, dice.

Roattino no llegó a Colombia por huir del belicismo, tampoco así a los 35 países que ha visitado. Salió de su pueblo natal a sus 16 años luego de vivir la guerra más desgarradora del siglo XX. Luego vivió en Ginebra. Pocos años después en Inglaterra. Un buen día salió del continente con cinco misioneros más, una vuelta al mundo sin regreso. Se amañó al otro lado del Atlántico, casi 10 mil kilómetros al sur. Aquí, en Colombia, el Padre Ezio encontró una misión especial con los indígenas del Cauca.
 

 

Dos trabajadores descansan en los alrededores del Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad, CECIDIC. JAIR F. COLL 


Cuando comenzó su labor, en los años 60, llegó a Brasil. Vivió el golpe militar de 1964. Veía los heridos de la guerra, las torturas, la resistencia. “Un obispo de allá me contaba que el ejército torturaba a la gente -recuerda-. Llegaban casi muertos a la puerta de los hospitales”. Con su voz gruesa y ronca sigue contando, fiel a su memoria, la experiencia en las favelas. Abre un libro de pasta gruesa y comienza a pasar sus páginas, repasa la misma ecuación que él conoce de memoria: gente que le quita la vida a otra. Él busca “dar una explicación” por medio del evangelio.

 

 


¿Cómo soportar y entender tantos conflictos como los que usted ha vivido…?

–El secreto está en la oración. Y en Dios. No hay nadie que pueda entender las guerras, las masacres, la violencia. Estoy vivo también de milagro. Pero es Él el que me ha dicho que mi misión sigue. Por eso sigo hablando de esto, de lo que el ser humano ha sido capaz en tan pocos años. 


 

En el último de sus viajes, Ezio terminó en el Cauca después de pasar por más de ocho países como misionero. © JAIR F. COLL 


 

Ha llevado su mensaje a tantos lugares del mundo que sus esfuerzos por continuar superan las barreras lingüísticas que se imponen desde tiempos de Babel. A cada lugar nuevo que llegaba, se acoplaba leyendo historia en el idioma que se hablara. Desde niño aprendió italiano y alemán. Luego tuvo que aprender inglés y empezó a soltarse con el francés. En Brasil tardó poco en predicar en portugués y no tardó en acoplarse al español cuando vivió en Argentina.

 

A su edad, son pocas las personas que pueden decir que gozan de tan buena memoria. Quizás por que su vida misma es testimonio de millones, o porque los hechos que ha vivido han sido tan reveladores. En su mente guarda fotos detalladas, rostros y fechas. Aprieta los párpados y da con días exactos, como el 20 de septiembre de 1943, el día en que los rezagos de la violencia nazi le arrebató a uno de sus grandes amigos de la infancia. Tenía apenas 7 años. A Stefano, -su amigo de 6 años- lo mataron los alemanes. “Estábamos jugando en un lugar cerca a mi casa. Él se durmió y luego se despertó buscando a sus padres. Habían decretado toque de queda. Corrió hasta su casa. Corrió lo más rápido que pudo. Los alemanes gritaron. Le dispararon”.

 

 

“Uno cae de una guerra en otra guerra”

 

Ezio recuerda también que en el mismo año los nazis se habían llevado a un tío para la guerra en Alemania. Dice que fue desgarrador llegar y no verlo nunca más porque a su tío, como a su padre, los estaban buscando.

 

El sacerdote no sabe qué es el odio. O bueno, dice que lo único que odia es usar el cuello clerical. Su voz ceremoniosa continúa relatos que dan para escribir un libro. Cuenta que cuando llegó al Cauca, en 1982, se asentó en Caldono. Allí comenzó su trabajo con las comunidades indígenas. Vivió junto a ellos la desaparición y el asesinato de cientos de jóvenes que salían de sus casas para no regresar jamás. Para el Padre, si uno se queda solo en el factor humano, la Segunda Guerra Mundial es similar al conflicto en Colombia. La misma tragedia. Los mismos rostros desesperados.

 


El 10 de noviembre de 1984 despidió al padre Álvaro Ulcué Chocué, el primer sacerdote católico indígena del país y el mejor amigo que tuvo en Colombia. “En el ataúd Álvaro aún sonreía”, dice Pal Ezio y recuerda que no tenía miedo de morir. Sabía que lo iban a matar, pero estaba dispuesto a dar la vida por su pueblo Nasa. Dicen que fueron los paramilitares.“Álvaro decía: Soy un soldado vencido de la causa invencible”. Juntos recorrieron a pie y linterna en la mano los territorios más azotados por el conflicto en el Cauca.

Álvaro le enseñó a dominar la última lengua que aprendió, la Nasa Yuwee. No ha habido otro idioma, dialecto o forma de comunicarse más sagrada para él que la que lo ha conectado con los ancestros de una tierra que, aunque no lo vio nacer, lo adoptó como si fuese hijo de su vientre. Juntos tradujeron los libros de Marcos, Lucas y Mateo del Nuevo Testamento a lengua indígena.

El Padre se para del asiento de madera y se dirige hacia un baúl y vuelve con un libro. Lee la oración del Padre Nuestro en Nasa Yuwee. Se lo sabe de memoria, pero prefiere recitarlo. Lo hace en ese momento y lo hará de noche y de mañana. Sus oraciones ya no las eleva en italiano, sino en lengua indígena.

 

 

Luego de años de amenazas en Caldono, se necesitaba un sacerdote en el municipio de Colombia más atacado por la guerrilla. Llegó hace más de 30 años, tiempo en el que Toribío ya completaba casi 600 hostigamientos, cuatro tomas y 14 ataques. Hoy, camina por las calles del pueblo mientras sonríe y saluda a los feligreses. Si el maestro, el médico y el cura siguen en el pueblo, hay esperanza. Su sonrisa tranquila transmite un aura de paz, mientras sus arrugas cuentan otra historia.

La labor del Padre ha hecho eco en el pueblo. Hace seis años creó el Centro de Capacitación Misionero, un espacio en el que forma a casi veinte estudiantes de todas las edades y de diferentes municipios del Cauca.

Les enseña sobre intervención social, reconciliación y trabajo comunitario. En sus clases, Ezio siempre habla sobre perdón. Eso cuenta Gabriel Paví, líder indígena del municipio. “Él ha vivido muchas confrontaciones armadas de acá del Cauca. La más impactante fue la chiva-bomba que estalló hace siete años en el municipio, por eso, a los que quieren ser misioneros siempre les recuerda el suceso para hablarles de la importancia de hacer una tregua con la guerra”.

Pal Ezio lo recuerda todo, pero lo que siempre resalta es la capacidad de la comunidad para sanar sus heridas. Al entrar a la casa cural, en la esquina frontal, se observa un jardín con flores rosas y amarillas. En la mitad, conserva el tren de la transmisión de la chiva que explotó el 9 de julio del 2011, en un ataque de las Farc contra los civiles. “Convertir ese artefacto (la transmisión) en un jardín para la casa cural, fue un acto de valentía y resiliencia del Padre”, dice Paví.

En sus tiempos libres, Pal Ezio recorre casi todas las veredas del municipio: El Culebrero, Tablazo y La Tolda, allí visita a los enfermos y les da clases a los más pequeños.

Cuando le preguntan por qué usa el anillo negro que tiene en su mano izquierda, mira de frente y sonríe. Contrajo matrimonio. “Este anillo muestra que yo me casé. Me casé con una causa y esa causa son los indígenas colombianos”.

 

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