febrero 19 de 2021

Pequeños productores e innovación: el desafío de la extensión rural

Por: Daniel Werner

La situación económica y social desde la irrupción de la covid 19 permitió que los tomadores de decisiones entendieran la importancia y contribución del sector agropecuario no solo al PBI, o como generador de ocupación, sino fundamentalmente como proveedor de alimentos, un valor estratégico que garantiza la seguridad alimentaria. 

 

Esta realidad encuentra al sector agropecuario inmerso en un creciente proceso de innovación, reflejado en la continua creación de nuevos servicios, insumos y tecnologías que puedan dar respuestas a los retos generados por el cambio climático y, no menos importante, ofrecer también soluciones a los nuevos hábitos y preferencias de los consumidores, fruto de los cambios sociales y demográficos. 

 

El término innovación esta, en muchos casos, relacionado estrechamente con tecnología y a menudo ambas palabras se utilizan indistintamente. La importancia de los procesos de innovación y adopción de tecnologías en el sector agropecuario se ve expresada en la afirmación según la cual la futura producción de alimentos será aportada en un 10% por la ampliación de la tierra, el 20% por la intensificación de la que ya se tiene y el 70% por la aplicación de tecnologías y por la formulación de políticas gubernamentales (FAO, 2009).

 

Esta afirmación nos deja claro que, si bien la participación activa de los diferentes actores es importante, los alcances de los procesos de innovación en el sector dependerán del sector público y de bienes como  infraestructura, servicios de apoyo a la producción y comercialización, investigación, desarrollo y extensión rural como vehículo de capacitación y transferencia de tecnologías.

 

Este modelo, basado en bienes públicos, se encuentra en transformación y es cuestionado fundamentalmente debido a la perdida de relevancia frente a otras organizaciones del sector privado, que generan también conocimientos y cuentan con posibilidades reales de financiamiento a largo plazo de procesos de investigación, desarrollo y su transferencia al productor agropecuario.  

 

El proceso de transferencia de tecnología es considerado arduo y crítico en el desarrollo agropecuario y exige, además, la sincronización entre la identificación de las necesidades y el destinatario, es decir el agricultor. Es él una de las principales llaves en la gestión del proceso de identificación y caracterización de la problemática. 

 

En este aspecto son los productores pequeños y medianos el segmento que requiere de un mayor esfuerzo para su integración en el mercado global. En el Mercosur, por ejemplo, más del 80% de los establecimientos agrícolas son considerados pequeños productores.

 

En Colombia, la pobreza rural se asocia con la existencia de un gran contingente (16,5 millones de explotaciones) de pequeños productores agrícolas de baja productividad, con poca tierra y de baja calidad y con acceso limitado a bienes públicos (CEPAL, FAO, IICA, 2019). Los agricultores que desean aplicar prácticas más productivas e invertir en mejores insumos y tecnologías agrícolas enfrentan múltiples limitaciones. Desde situaciones en las que el suministro de tecnologías agrícolas es limitado, o los conocimientos necesarios para la adopción de tecnologías no existen o no están adaptados a las necesidades de la región, y no menos importante, situaciones en las cuales los mercados financieros y crediticios son inexistentes o prohibitivos. 

 

Frente a situaciones como las descritas, alcanzar mayor productividad y calidad de los productos no es la principal función de los sistemas de extensión rural. Estos deberán establecer mecanismos que den oportunidades de integración a pequeños y medianos productores al mercado, mejorando su competitividad y eficiencia en el manejo de los recursos, contribuyendo al mismo tiempo a la sostenibilidad de la economía rural, permitiendo el desarrollo de estrategias de producción sustentable económicamente y ambientalmente. 

 

La necesidad de adaptar los sistemas productivos a las nueva tecnologías no siempre encuentra a los productores preparados al cambio debido al desconocimiento de los aspectos básicos de la nueva tecnología. Como consecuencia de ello, los resultados productivos no siempre son exitosos e inclusive generan resultados adversos a los buscados. Esto es especialmente crítico en el estrato de productores pequeños.

 

Es aquí en donde la extensión deberá cumplir un papel clave en la transferencia de la tecnología y transformarse en el catalizador del proceso por intermedio de herramientas que faciliten el flujo de información entre el extensionista y el productor, permitiendo el entendimiento que la nueva tecnología no es solo un instrumento sino una nueva metodología de trabajo.

 

No es suficiente el enfoque tradicional de la transferencia de conocimientos y las medidas de información que revisten la forma de cursos de formación tradicionales. El productor deberá ser partícipe de visitas a campo, acceso e intercambio de información en estaciones experimentales, parcelas demostrativas y centros de capacitación práctica en los cuales el productor adquirirá herramienta para la toma de decisiones. 

 

Existe una verdadera necesidad de crear una nueva generación de productores que estén inmersos en procesos de cambio tecnológico de sus fincas. Esta dinámica de cambio permitirá dar rápidas respuestas a las permanentes amenazas y desafios bajo los que se encuentra el sector agropecuario.

 

Es necesario alentar a los productores hacia una mayor participación y activismo en los procesos de diagnóstico, ensayo de soluciones, etc. El objetivo es que el productor logre establecer sus prioridades, tome decisiones y administre sus recursos y medios de producción de manera sustentable. Este enfoque participativo lo deberá vincular con el mercado global por intermedio de la asequibilidad a los conocimientos, nuevas tecnologías y acceso a la experiencia de instituciones dedicadas a la investigación aplicativa, innovación y desarrollo del sector. 


 


 


Daniel Werner es el director de Proyectos y Misiones Especiales de desarrollo rural en programas de cooperación internacional de Israel en América Latina, Asia y África.


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.

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