Enseñar en el Catatumbo: una labor que implica sentir el territorio

mayo 01 de 2019

El amor por la región es uno de los ejes de enseñanza de Margoth, una docente sabe que por medio de la educación se cicatrizan las heridas de la violencia .

Enseñar en el Catatumbo: una labor que implica sentir el territorio

| El arraigo por la región es clave en los nuevos procesos educativos que se adelantan en el Catatumbo. | Por: Equipo de Comunicación Cisca Catatumbo


Por: Equipo de comunicación Cisca Catatumbo
@CiscaCatatumbo

Ser maestro en el Catatumbo es un compromiso que implica pensar, hacer y sentir el territorio y todo lo que representa. Por eso, el Equipo de Comunicaciones CISCA dialogó con una profesora que, desde su escuela, y de la mano de las organizaciones sociales y el movimiento comunal ha construido alternativas para que los niños accedan a una educación digna, basada en el arraigo a la región.

Margoth* es una docente que por trece años ha cambiado la vida de niños y niñas en el Catatumbo, Norte de Santander. Nacida en Convención, y proveniente de una familia de bajos recursos, se graduó de la Escuela Normal Superior de Convención, motivada por su maestra de segundo de primaria, la profesora Emérita.
 


 


 

La oportunidad de enseñar se le presentó en el Tarra, en el corazón del Catatumbo, en 2005, época en la que esta región inició el proceso de reconstrucción del tejido social luego de sufrir por varios años la violencia paramilitar. A pesar de los miedos que todavía rondan en el imaginario colectivo, ir a El Tarra le permitió a Margoth contrarrestar la realidad de las comunidades.
 


 

«Me sorprendí al llegar. No solo me encontré con la Alcaldía Municipal, la iglesia y el parque principal frente a esta, como en mi pueblo, sino con unas comunidades organizadas, Juntas de Acción Comunal conformadas nuevamente, gente buscando reconstruir todo lo que la violencia les había arrebatado» 

Profesora Margoth 


 


Debido al sistema de tercerización laboral, que contrataba a los docentes con mínimas condiciones y garantías de ley, Margoth se enteró que la plaza disponible se encontraba en la vereda La Isla del Cedro, lugar “donde el diablo tostó maíz y no volvió por la sartén”, según uno de sus colegas. A pesar de todo dejó a su pequeña hija al cuidado de su mamá en Convención y viajó al municipio de Tibú, donde la Diócesis hacía los nombramientos de los docentes de este sector de la región. Allí, se le presentó la oportunidad de intercambiar la escuela y terminó ocupando la vacante en Santa Fé, una vereda más cercana al casco urbano de El Tarra.

 

Desde 2005 el Catatumbo inició un proceso de reconstrucción del tejido social luego de sufrir por varios años la violencia paramilitar. En esta etapa la educación juega un papel fundamental. © Equipo de Comunicaciones CISCA


 

«También era difícil llegar a Santa Fé, como en toda la región, las vías estaban bastante deterioradas. Nos íbamos en un camión que nos llevaba de lado a lado como animales. Además, nos tocaba caminar gran parte del recorrido porque los huecos de la carretera, a falta de mantenimiento, no dejaban llegar hasta el lugar»

 


 


En Santa Fé, su trabajo comenzó por cambiar, poco a poco, el pensamiento negativo que los padres y los niños tenían a causa de la guerra. Margoth insistió no solo en recordar la importancia de estudiar, sino de entregarles a los niños una nueva visión del mundo y de la vida. Motivó a sus estudiantes a no dejar de soñar y a que, pese a lo acontecido en los últimos años, no desfallecer frente a sus planes de vida.

Luego de trabajar casi medio año en Santa Fe, la comunidad de Los Cedros abrió sus puertas a Margoth, buscando una nueva maestra porque la matrícula de estudiantes había aumentado para el 2006. En Los Cedros se dio cuenta de lo que la guerra deja, especialmente, a los niños. Los juegos preferidos de los pequeños eran los que implicaban violencia, como el juego de “los pistoleros”. Frente a esta situación, Margoth decidió resignificar los momentos de ocio y diversión: los invitaba a hacer rondas, a usar juegos de mesa y a practicar deportes, para que ellos pudieran adoptar otras formas de compartir con sus compañeros de escuela.

Con la contratación provisional obtenida hace un año gracias al paro de maestros, apoyado por el Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA) y el Movimiento Comunal, Margoth es actualmente maestra de la Escuela de El Porvenir. A través de las Escuelas de Padres, ha logrado concientizar a la comunidad para orientar a los niños y niñas, que sueñan con ser líderes, maestros, periodistas, futbolistas o cantantes, como es el caso de María una talentosa niña a la que incentiva por medio de los actos culturales para que explore su canto, estrategias que muchos docentes practican a falta de proyectos artísticos institucionales.

 

Los juegos de los niños pasaron de ser representaciones de la violencia a rondas, deportes o actos culturales. © Equipo de Comunicaciones Cisca


Los niños del Catatumbo son soñadores, amorosos, honestos, con sentido de pertenencia hacia su región y con grandes capacidades para leer su realidad campesina. Desde su labor docente, Margoth reconoce que la escuela no es el único espacio formativo, los niños también aprenden a través de experiencias generadas por organizaciones sociales, como las Escuelas Interculturales de Paz, espacios de construcción política fomentados por el CISCA, donde las comunidades, y especialmente los niños, son los protagonistas. La participación ha logrado posicionar a los niños en el territorio, frente a sus realidades, llevando a sus propias escuelas semillas de liderazgo. Reconocen, a través de expresiones artísticas como el teatro, el dibujo y la copla, que la paz se construye con ellos, los pequeños y pequeñas catatumberas que hoy exigen crecer dignamente en su territorio.

Su vínculo con la comunidad siempre ha sido positivo. A pesar de los comentarios que expresaban frente a este tipo de relacionamientos, fue miembro activa de la Junta de Acción Comunal. «Muchos maestros me criticaban porque eso podía hacer que cancelaran mi contrato, pero siempre hice caso omiso, tengo claro mi sentido de pertenencia con la comunidad, ellos me necesitan y yo también necesito de ellos», comenta Margoth, a sabiendas de que un buen proceso de aprendizaje se hace no solo conociendo y manejando los temas, sino también, en armonía con todos los que participan del proceso, incluyendo a la comunidad para la que el maestro en el Catatumbo no es un ser ajeno.

 

«El maestro es el guía, es un líder más en quien las comunidades depositan su confianza. Están pendientes si el docente tiene comida, pues llegan con la yuquita, el maduro, el queso o la leche. Todos somos concientes de que tener una escuela bonita, con infraestructura y bien pintada es trabajo colectivo»


De su experiencia Margoth ha aprendido que ser maestra en la región del Catatumbo  implica algunas veces alejarse de la familia o encontrarse con escuelas con pocos recursos, y tener que sacar del bolsillo propio para dar las mejores ocho horas del día a los pequeños. Sabe, como todos los docentes de la región, que su mejor motivación siempre ha sido enseñar a niños que tienen tanto para dar, desde el amor incomparable que demuestran cada día, hasta los sueños de aportar a los demás. Por eso, entiende que uno de los principales retos de la educación en el Catatumbo es reconocer cómo están mirando los niños su territorio, y sobre ello, brindar una educación pertinente, transformadora y en condiciones de dignidad.

 


Esta es la cuarta entrega de la serie 'Catatumbo: rostros de la resistencia', una alianza entre el equipo de comunicación del Comité de Integración Social del Catatumbo (Cisca), la Asociación Minga y Semana Rural. 

*Los nombres fueron cambiados. 
 


 

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