La huerta de los libros

marzo 04 de 2020

Lo que comenzó siendo un capricho se convirtió en un proyecto cultural que lleva libros en guacales de piña y promueve la lectura en una Bogotá que sigue siendo campesina..

La huerta de los libros

| | Por: Germán Izquierdo


Por: Germán Izquierdo
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Ya no se ven montes erosionados ni se respira el olor nauseabundo del botadero Doña Juana. Atrás quedaron las filas de buses y camiones, el bullicio del comercio y las coloridas casas del barrio El Paraíso. El paisaje ahora es un sinfín de montañas verdes y pardas en las que se adivinan parcelas, cultivos y unas pocas casas. En un punto de la autopista, en la calle 115 sur, un camino deslizante conduce a las tres cuadras sin pavimentar que conforman el barrio La Huerta. Es el campo sin salir de Bogotá, como lo confirmala retahíla de la nomenclatura:calle 116 Sur # 7-87 Este 57.

 

Cuando Yulith Andrea Martínez era niña, el barrio aún no existía. Sus padres, un agente de policía y un ama de casa, figuran entre los primeros habitantes de La Huerta. Construyeron su hogar en un lote rodeado de potreros y sembrados de papa, haba, maíz y arveja, donde las distancias entre las casas más cercanas eran de cincuenta, cien o doscientos metros. Hoy, el primer piso de la casa es un espacio de 70 metros cuadrados que Yulith ha nutrido de libros desde 2014, cuando le pidió a su mamá, Luz Marina, que le dejara montar una biblioteca.

 

Yo me empecé a encariñar con la lectura —cuenta Yulith— luego de leer ‘Los amigos del hombre’, de Celso Román. Me lo pasaba con el libro bajo el brazo, leyéndoles a mi mamá y a mis amigos los fragmentos que más me gustaban”. Ávida de más libros para armar su biblioteca, recorría las calles y caminos de Usme empujando una carretilla y, en cada puerta, contaba la misma historia: “Doña María, es que estoy montando una biblioteca, ¿usted no tendrá algún libro o un mueble que le sobre?”.

 

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Yineth y su hijo menor, Amaru, son inseparables. Él se ha convertido en un creativo promotor. © Germán Izquierdo

La carretilla recibía todos los libros, sin restricciones. Yulith arrumaba enciclopedias de ciencia, diccionarios, libros de matemáticas, clásicos de literatura, cuentos infantiles. La donación más valiosa le llegó por un mensaje de Facebook. Era de una mujer que se iba del país y le regaló tres cajas de libros de literatura infantil.

 

Con la ayuda del vecindario y los amigos en redes sociales, la Biblioteca Comunitaria La Huerta abrió sus puertas en junio de 2014. Pronto se convirtió en el mejor lugar de encuentro para los niños del barrio. Tres jóvenes de once años, los ayudantes de Yulith, se encargaban de recorrer las veredas para traer a los niños a la biblioteca.

 

Allí, de manera autodidacta, Yulith y los niños se ingeniaron juegos y nuevas formas de leer, no solo los libros sino el mundo que los rodeaba. “Leíamos páginas en blanco, leíamos las piedras, leíamos los libros de ciencia como si fueran un oráculo mágico con el poder de responder nuestras preguntas”, dice.

 

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Libros nuevos y viejos: todos tienen el mismo valor en la biblioteca. © Germán Izquierdo

Su trabajo le valió un estímulo de la Secretaría de Cultura con el cual dotó la biblioteca de un videobeam y más libros. El sueño de tener una biblioteca se había hecho realidad, pero el trabajo era agotador. Había que ordenar, barrer, recoger el desorden. “La biblioteca se me estaba convirtiendo en una guardería —cuenta Yulith—. Me di cuenta de que no iba a aguantar mucho tiempo. Estaba tan agotada de llevar toda la responsabilidad, que un día, desesperada, decidí cerrarla”.

 

Cuando Yulith cerró la biblioteca, ya tenía un plan para seguir difundiendo la lectura en Usme. Decidió que en adelante llevaría los libros a las casas. Volvió a golpear las puertas del vecindario, esta vez para conseguir familias que se animaran a recibir a los niños.

 

Se reunían a realizar las lecturas en casa de los Trujillo, donde Consuelo, donde Don Nicomedes. Diez familias fueron las primeras en aceptar la propuesta de acoger a los niños en sus hogares. La biblioteca, pues, se volvió itinerante. Unos guacales donados por el dueño de una planta procesadora de piña se convirtieron en carritos de libros que visitaban las casas de Usme, al son de un cántico que se volvió el himno de Yulith y su hijo menor, Amaru:

«Somos lectores,
somos lectores,
comunitarios,
de los mejores.
En los hogares,
En todo el barrio,
vamos narrando
comunidad.»

Desde entonces, Yulith trabaja en fortalecer su iniciativa que bautizó “Biblioteca viajera, historias en movimiento”. La idea es que la gente se apropie de este programa y lo difunda para llegar a más barrios rurales y de la periferia. En la actualidad cuentan con un grupo de diez jóvenes lectores comunitarios que, vestidos de ruana y sombrero de fieltro, llevan el cajón literario y la lectura por las casas de Usme.

 

La Biblioteca Viajera también rescata los saberes del pueblo, como las recetas de cocina, a las que les inventan versos que Yulith llama el desfile de ingredientes: “Ande pues para la olla la redondita papa deliciosa. Siga la papa sabanera, que recuerda las frías tierras de donde venimos”.

En 2017, Biblioteca Viajera obtuvo la beca ‘Ciudadanías en Movimiento’ de la Secretaría de Cultura, que reconoce las iniciativas que transforman a las comunidades, fortalecen el tejido social, la diversidad cultural y la apropiación cultural. La beca ayudó a afianzar el proyecto y hacerlo más visible.

 

 

 

Un día, Yulith tomó un carretilla y tocó todas las puertas de su vecindario para conseguir libros y
muebles para dotar su biblioteca.

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© Germán Izquierdo

De acuerdo con la encuesta nacional de lectura de 2017, las ciudades que más libros leen al año en Colombia son Medellín (6,8 libros al año), Bogotá (6,6) y Tunja (6,5). Mientras que las últimas son Inírida y Mocoa (3,6), y Mitú (3,3). Las zonas rurales aún están lejos de las cifras de las ciudades. Por eso, el trabajo de personas como Yulith es tan valioso en áreas donde la demanda de servicios culturales supera por mucho a la oferta.

Usme es más campo que ciudad. Sus hectáreas de suelo rural suman 18.500, mientras que las de suelo urbano apenas superan las 2.000. La localidad, donde la totalidad de sus habitantes pertenecen a estratos 1, 2 o 3, tiene una gran riqueza ambiental, entre otras razones, por ser la puerta de entrada al páramo del Sumapaz.

Yulith ha entendido que, más allá de deparar un buen rato, la lectura puede crear conciencia ambiental, acercar a la comunidad y reconocer los valores patrimoniales que configuran cada lugar.


Mientras los guacales de libros siguen rodando, la puerta blanca de la Biblioteca Comunitaria La Huerta permanece más cerrada que abierta. Yulith espera que los jóvenes del barrio se apropien de ella y trabajen, con un salario establecido y de tiempo completo, en este espacio que ella imaginó como un juego y se convirtió en el proyecto más importante de su vida.

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Yulith guarda en una caja los dibujos y escritos que realizan quienes asisten a las jornadas de lectura. © Germán Izquierdo

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