abril 22 de 2021

¿Qué culpa tiene el tomate?

Por: Daniel Werner

Cuando compramos verduras o frutas, muchos de nosotros evaluamos precios, aspecto general y —quizás los más exigentes— consistencia, tamaño y color como medio para evaluar la calidad. Si bien los últimos años se ven marcados por un creciente interés de consumidores en aspectos relacionados con la sustentabilidad ambiental y el uso de sistemas de manejo que respeten aspectos ambientales durante el desarrollo del cultivo, son todavía relativamente pocos los que piensan y evalúan por ejemplo el aporte nutricional del producto, o se interesan por los aspectos de sustentabilidad.  

 

La presente nota no tiene como objetivo describir el largo camino que hace una hortaliza desde la finca al supermercado. Creo sí importante poder compartir un ejemplo en el cual los efectos generados por el cambio climático pueden afectar la sustentabilidad ambiental y económica, afectando en forma directa el precio pagado por el consumidor final por dicha hortaliza.

 

No siempre la información suministrada va de la mano de una verdadera comprensión de cómo los efectos del cambio climático se presentan cada vez con mayor intensidad y frecuencia y nos afectan día a día como consumidores.

 

Para ello decidí elegir al tomate. ¿Por qué el tomate?  Esa industria hortícola es una de las más globalizadas y avanzadas. Podemos encontrar en el mercado miles de variedades y tipos como lo tomates cherry de uno a dos centímetros, redondos tipo beefsteak de 10 cm de diámetro, tipo pera para la industria, de color rojo, amarillo, naranja, etc.

 

El tomate es además una de las principales fuentes de vitaminas en las dietas de muchas familias de diferentes regiones del planeta. El tomate se incluye en ensaladas, preparación de salsas, se industrializa para conservas, kétchup, etc. Es también una importante fuente de minerales como el potasio y posee alto contenido de b-caroteno y licopeno de importancia en la prevención de enfermedades de tipo cardiovascular y cáncer de diferentes tipos.

 

A escala mundial, la producción anual de tomates frescos asciende a unos 180 millones de toneladas (2019). Alrededor de tres cuartas partes del consumo total corresponde a tomate fresco y una cuarta parte a tomate procesado, lo cual convierte al tomate en la principal hortaliza del mundo usada para transformación. En el año 2020, aproximadamente 39 millones de toneladas de tomates se procesaron en fábricas pertenecientes a los mayores sellos de la industria alimentaria mundial. La importancia de la industria productora de tomate también tiene su origen en el crecimiento regular del consumo observado en los últimos veinte años en Europa, la región del Pacífico-Asia y en los Estados Unidos. 

 

Un ejemplo del efecto del cambio climático fue lo sucedido en el año 2019 en Italia. Los italianos consumen tomates en diversas formas, mientras que exportan aproximadamente 2.000 millones de dólares de este producto procesado. Italia es uno de los 10 mayores productores de tomate en el mundo. Se procesó un 82 por ciento de lo programado a principio de temporada, sobre todo por el bajo rendimiento por hectárea que disminuyó 5 toneladas en referencia al promedio de los cinco años anteriores, fundamentalmente, debido a las dificultades a nivel meteorológico.

 

Las continuas lluvias y el frío en mayo y las posteriores olas de calor no permitieron un desarrollo homogéneo de las plantas. Esto demuestra, una vez más, que debe abordarse el problema del cambio climático de manera efectiva. La cosecha del 2019 fue más baja que en años anteriores a pesar del incremento de la superficie de producción, los rendimientos por hectárea han sido mucho más limitados.

 

En las próximas décadas, es previsible que los efectos adversos del cambio climático provoquen un aumento global de fenómenos en el clima, lo cual implicará una reducción progresiva de la productividad de muchos cultivos. En el caso concreto del tomate, altas temperaturas afectan la viabilidad del polen, es decir los órganos masculinos de las flores no son capaces de fecundar, con lo cual existe una importante disminución en los niveles de producción haciendo al cultivo no sustentable económicamente.

 

Fenómenos frecuentemente asociados a cambios en la agroclimatología de una región, como los mencionados, son causa de disminución en la producción que repercuten en forma sustancial en la economía del cultivo y su sustentabilidad, además de generar inestabilidad en la oferta al mercado. Esta situación obliga al agricultor en la fase de planificación a dar valor a los factores de riesgo que se transforman en determinantes para decidir la rentabilidad del cultivo.

 

Probablemente el aumento de medios que permitan el relativo control del clima (cultivos en invernadero) o la búsqueda de nuevas variedades de mayor resistencia a altas temperaturas, manejo eficiente del riego y en otros casos la búsqueda de condiciones para producir fuera de estación pueda dar respuesta a la problemática. De tal manera que el cambio climático no solamente es un problema ambiental, sino también es económico ya que tiene un efecto directo sobre la economía, especialmente sobre los costos de producción hortícola. 

 

A medida que el cambio climático provoque condiciones meteorológicas adversas de modo más frecuente, las condiciones favorables de cultivo y las predicciones precisas de rendimiento generarán, probablemente, que los productores se vean empujados a invertir en tecnología y estrategias que implican mayores egresos, los cuales deben de ser utilizados eficientemente para poder obtener ganancias en cada ciclo productivo que les permita adaptarse al cambio climático. 

 

Uno de los efectos más marcados de la vida diaria en el año reciente fue la vuelta a lo básico. Familias cocinan más en las casas y la preocupación por la salud de los nuestros condujo a un importante aumento de consumo de frutas y verduras frescas. Los consumidores quieren tomates todo el año, y exigen de la agricultura una oferta continua en cantidad y calidad de productos que den la necesaria credibilidad sanitaria y nutricional de cada fruta y verdura que se adquiera, todo esto, a pesar del cambio climático. 

 

Es claro, que todo esto demandará altas inversiones las cuales repercutirán en última instancia en los sectores más vulnerables de la sociedad. El primero, es el grupo de pequeños productores para los cuales el costo de los insumos como variedades de semillas, abonos o tecnologías necesarias para enfrentarse al cambio climático se hacen imposibles de alcanzar.  El segundo grupo es el de aquellas familias pobres que gastan el 80 por ciento de sus ingresos en alimentos lo cual las transforma en más vulnerables cuando hay aumento de precios (FAO, 2015) reduciéndose el poder adquisitivo aumentando así el riesgo de pobreza e inseguridad alimentaria. 


 

 


Daniel Werner es el director del Departamento de Relaciones Exteriores y Cooperación Internacional del Centro de Comercio Exterior y Cooperación Internacional Agrícola, (CFTIC) del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural de Israel.


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.

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