Pedazos rotos: así reconstruyen su vida las víctimas de minas

octubre 04 de 2018

Una técnica ancestral del Japón llamada kintsugi y que en Colombia recibe el nombre de “reparación de la vasija” ha ayudado a sanar las heridas físicas y emocionales que las minas antipersonal dejaron en sus víctimas. ¿En qué consiste y quiénes la están practicando? .

Pedazos rotos: así reconstruyen su vida las víctimas de minas

| La Fundación Prolongar aplica esta metodología para brindar apoyo sicológico y emocional a las víctimas del conflicto en Colombia. | Por: Diego Zamora | Fundación Prolongar


Por: Andrés Bermúdez
@bermudezlievano

Las manos de José Numael Sánchez recorren la superficie de un plato aguamarina, tocando las cicatrices visibles y en altorrelieve que denotan que hace poco se rompió en añicos y que alguien lo pegó.

Fue él mismo quien, un par de semanas atrás, hizo la precisa cirugía que devolvió la loza de cerámica a su estado original, pero sin ocultar el pegante de color arcilloso que la sujeta.

“Yo asimilo ese plato a mi vida. Cuando sufrí mi accidente con una mina, quedé desbaratado y pensando que no servía para nada. Pero le he puesto empeño: uno se reconstruye y vuelve a seguir”, cuenta José Numael, que está en silla de ruedas porque el día anterior trabajó en su finca y el esfuerzo de andar por los caminos embarrados le dejó el muñón de la pierna izquierda adolorido.

José Numael es una de 56 víctimas de minas antipersonal del Caquetá que han venido usando el kintsugi, una ancestral técnica artesanal del Japón, para sanar las heridas físicas y emocionales que les dejaron los accidentes con minas antipersonal como la que él pisó hace seis años en una zona rural de Nariño.

 

José Numael en una de los encuentros realizados por la Fundación Prolongar.  © DIEGO ZAMORA |  FUNDACIÓN PROLONGAR


 

El arte de reparar

Cuenta la leyenda que a mediados del siglo XV Ashikaga Yoshimasa envió a China sus dos tazas de té favoritas, que se habían roto, para que se las arreglaran. El líder militar del imperio japonés, sin embargo, quedó muy disgustado con el remiendo barato que vio al recibirlas y decidió llevárselas a uno de sus artesanos.

Esta vez los cuencos regresaron con su antiguo esplendor, con unas finas líneas de pintura dorada marcando todos los puntos donde se habían arreglado. En ese momento nació el kintsugi, la popular práctica de restaurar objetos de cerámica rotos de una manera que acentúa la belleza de las costuras y, en últimas, el paso del tiempo. De hecho, su nombre significa ‘remiendo de oro’.

A 14 mil kilómetros de Japón, víctimas de minas en Colombia están recurriendo a esa misma técnica –que ellos llaman más prosaicamente “la unida del platico” o “la reparación de la vasija”- para sanar sus heridas emocionales y reconstruir sus vidas. Sentados en un círculo en un salón comunal de Florencia, una treintena de personas –entre civiles, militares, exguerrilleros y familiares- empiezan a contar lo que significó para ellos arreglar algo tan sencillo como un plato roto en siete pedazos.

 

En Caquetá, 56 víctimas de minas antipersonal han venido usando el kintsugi  como un método de reparación emocional. © DIEGO ZAMORA |  FUNDACIÓN PROLONGAR


 

“Yo caí en la mina y me hizo una grietica en el pie, por lo que me metieron unos platinos y unos tornillos. Es lo mismo con los platos: es como si se los estuviéramos poniendo”, dice Álvaro García, un campesino de 56 años que salió desplazado de una vereda en La Unión Peneya, el corregimiento de Montañita fuertemente golpeado por la violencia.

“Al repararlo, yo me acordaba que eso hicieron los médicos y enfermeros conmigo”, suelta Luis Hernando Ramírez, un campesino de 79 años que ha tenido problemas médicos en un brazo y en la pierna izquierda desde que, hace 14 años, una esquirla le hirió en la parte baja de la espalda y causó daños en los nervios. Tras salir de su finca zona rural de Montañita, hoy vende helados en los dos parques centrales de Florencia.

“La pegada significa que uno va sanando las heridas del pasado y las va cerrando. El plato roto representa cuando se destruyen un hogar y una familia. Uno trata de arreglarlo para que quede completo, aunque –claro- queda el vacío. Más cuando el vacío es de dos hijos, que es muy grande”, reflexiona Blanca Miriam Jiménez, quien salió desplazada de su vereda sobre el río Caquetá en 1999 y, ocho años después, debió afrontar la dura realidad de ver a dos de sus hijos sufrir accidente con minas el mismo día.
 

La técnica de origen japonés tiene como propósito sanar heridas emocionales y reconstruir vidas mediante la reparación de vasijas y céramicas. © DIEGO ZAMORA |  FUNDACIÓN PROLONGAR


 

“Por más cosas finas que le pongan, siempre se van a ver las fracturas”, dice Orfelid Cuéllar, quien llegó a Florencia tras el accidente de su marido y hoy sostiene a su familia fabricando galletas de frutas amazónicas como arazá, copoazú y cacao maraco.

A casi todos los presentes les recordó el accidente que sufrieron ellos o sus familiares. Y a todos les trajo a la memoria los esfuerzos que vienen haciendo por recomponer sus vidas.

El kintsugi es una de varias metodologías innovadoras con las que la Fundación Prolongar bogotana viene trabajando desde 2013 en brindar apoyo sicológico y emocional a las víctimas del conflicto en Colombia. Alternándolo con actividades creativas como el collage y otras de expresión corporal como la respiración, están ayudando a uno de los grupos de víctimas más invisibilizados del país a sobrellevar mejor las cicatrices físicas y mentales que les dejó el conflicto.
 


«A través de una metáfora que remite a la experiencia propia, los sobrevivientes tienen la capacidad de representar simbólicamente sus memorias personales y la relación con su cuerpo. Es un trabajo que no gira en torno a la tragedia, el dolor y lo que se quebró, sino que pone de relieve su resiliencia y lo que les ha permitido reconstruirse».
 

MARÍA ELISA PINTO, directora de Fundación Prolongar


 

Según la Dirección para la Acción Integral Contra Minas Antipersona (Descontamina Colombia), para agosto de 2018, se han registrado 11.617 víctimas por minas antipersonal y munición sin explosionar en Colombia. © DIEGO ZAMORA |  FUNDACIÓN PROLONGAR


 

Las heridas emocionales de las minas

En las víctimas de minas se juntan varias tragedias, no solo la de perder una pierna o un brazo, como narra el informe sobre este flagelo del Centro de Memoria Histórica -llamado ‘La guerra escondida’- que precisamente lideraron Pinto y Prolongar.

La inmensa mayoría de civiles que han tenido accidentes con minas viene del campo, donde se les hace muy difícil vivir con una prótesis y acceder a las citas médicas con especialistas que requieren. Es la razón por la que muchos de ellos, como José Numael o Álvaro, han tenido que cambiar sus fincas por la ciudad.

Como si fuera poco el hecho de vivir en zonas de difícil acceso y de tener una condición de discapacidad, muchas víctimas de minas no tienen cómo sostener a sus familias. Es decir, no sólo dependen físicamente de que familiares les ayuden en lo cotidiano, sino también económicamente.

Todo esto significa que requieren un apoyo sicosocial que –en un país con 8,7 millones de víctimas oficialmente registradas- para la mayoría ha sido inexistente o, en el mejor de los casos, esporádico.

“La atención sicológica ha sido como un pescadito: nada por aquí, nada por allá”, dice Reinel Barbosa, que organizó la primera red de asociaciones de víctimas de minas en el país y las representó en la mesa de negociación en La Habana.

Como él, hay 11.437 personas que han sufrido accidentes con minas antipersonal, municiones sin explotar y otros artefactos explosivos improvisados, según el registro que lleva la Unidad de Víctimas a agosto de 2018. En realidad, ese universo es mucho más amplio, ya que la Ley de Víctimas solo reconoce como tales a las personas que sufrieron un accidente de minas y no a los familiares inmediatos que también deben lidiar con sus secuelas (a diferencia de lo que sucede con otros hechos victimizantes como el homicidio, la desaparición forzada y el secuestro).

 

Según Descontamina Colombia, una de cada cinco víctimas de minas antipersonales muere.   © DIEGO ZAMORA |  FUNDACIÓN PROLONGAR


 

Este hecho omite que las personas del círculo íntimo de un sobreviviente de minas –madres, hijos, hermanos, abuelos- se han convertido en los cuidadores de sus parientes heridos. Esa ausencia de reconocimiento ha significado que, en la mayoría de casos, los familiares nunca han tenido acceso a un sicólogo o a un trabajador social.

Esa situación es aún más aguda para los niños. Un estudio sobre el impacto sicológico del conflicto armado –realizado por Unicef, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el ICBF en 2013- concluyó que los niños víctimas de minas tienen niveles de escolaridad más bajos y estudian menos que sus compañeros incluso años después del trauma original, además de tener las mayores afectaciones de salud.

Ante estos vacíos en la atención, organizaciones de la sociedad civil como Prolongar vienen trabajando con las víctimas no solo en atender los problemas de salud mental y emocional de las víctimas, sino en ayudarles a reconstruir su proyecto de vida.


«Todos los seres humanos tenemos fracturas. En el cuerpo está nuestra historia y hay ciertos bloqueos que pueden ser liberados por medio del movimiento y la atención consciente»

RENATA SERNA HOSIE, la responsable de estos talleres con víctimas en Caquetá, Meta y próximamente Antioquia.


 

“Aunque usamos metodologías artísticas y lúdicas, no lo hacemos con un fin recreativo o de pasarlo bien, sino de tocar otra dimensión emocional. Nuestra apuesta es ir a ese mundo no verbal, porque lo terapéutico puede estar más allá de lo lingüístico”, añade Serna, quien plasmó muchas de esas reflexiones en una guía de metodología, que apareció como anexo al informe del Centro de Memoria Histórica.

Al final, el kintsugi no solo les sirve a los sobrevivientes de minas para avanzar en ese proceso personal, sino también para reflexionar sobre las heridas de toda la sociedad y fomentar la reconciliación entre distintos grupos que no tenían contacto entre sí. De hecho, a lo largo de los talleres en Caquetá, los grupos de civiles, militares, policías y excombatientes pasaron de trabajar por separado a hacerlo de manera conjunta.

La buena noticia es que, a medida que avanzan los esfuerzos de desminado humanitario en todo el país, se vienen reduciendo drásticamente los números de nuevas víctimas de minas. 2016 fue el primer año en que Colombia tuvo menos de 100 nuevas víctimas en todo el siglo XXI, bajando del segundo lugar mundial que ocupó por muchos años (detrás de Afganistán) al sexto, según el último Monitor de Minas de la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Antipersonal.

“Este ejercicio encaja para todo lo que se ha vivido en el conflicto. Desde el desplazamiento hasta los accidentes con minas, todo hay que remediarlo y sanarlo”, dice José Numael, que salió desplazado del caserío de Peñas Coloradas, en el bajo río Caguán, en 2004. “El hecho de que yo esté así es el reflejo de que desafortunadamente se perdieron las piernas, pero no la cabeza. Me restauraron y aún sé que hay José para rato”.

*Esta historia fue realizada en el marco de una beca de reportería del Centro Carter sobre la salud mental y emocional de las víctimas del conflicto.


POR: Andrés Bermúdez Liévano 
@bermudezlievano

Es un periodista apasionado por el campo colombiano y, sobre todo, por las distintas soluciones que permitan a sus habitantes cerrar las brechas existentes, consolidar oportunidades productivas, dejar atrás problemas como la coca y reconstruir sus comunidades.


 

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