Emberas en Bogotá: la compleja tarea de retornarlos al Chocó

diciembre 28 de 2018

Llegaron como desplazados, aprendieron a sobrevivir dejando sus costumbres y ahora se enfrentan a regresar a su territorio después de adaptarse a la ciudad.

Emberas en Bogotá: la compleja tarea de retornarlos al Chocó

| La Guardia Indígena del Resguardo Alto Andágueda, en Bagadó, cuidó de la comunidad en el albergue La Florida. | Por: José Puentes Ramos - SEMANA RURAL


Por: José Puentes Ramos
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María Alicia Queracama todavía siente frío. Es de mañana y pide que la entrevistemos en algún lugar donde le dé el sol. Así que nos sentamos en el borde de uno de los jardines de la Unidad de Protección Integral La Florida, en el occidente de Bogotá.

Llegó a este sitio del Distrito con sus hijos después de pasar cinco días en el parque Tercer Milenio, en el centro de la ciudad. Fueron noches de soportar frío, intentar dormir sobre el pavimento y aguantar hambre, nos cuenta.

- ¿Y por qué se fue al Tercer Milenio?

- “Porque vivíamos mal en un pagadiario (inquilinato) y estábamos amenazados en el barrio. También, porque no tenemos plata para comida. A veces aguantábamos hambre”.
 

 

María Alicia Queracama, de 33 años, está sentada sobre dos costales en los que guarda su ropa y la de sus hijos. | © JOSÉ PUENTES RAMOS – SEMANA RURAL.



María Alicia y sus cinco hijos eran una de las 59 familias del pueblo embera (chamí y katio) que residían en el barrio San Bernardo, localidad de Santa Fe, y que del 12 al 16 de diciembre ocuparon el parque, donde años atrás estaba la zona de El Cartucho.

Lo hicieron a manera de protesta por las malas condiciones en las que vivían, por el aplazamiento del retorno al municipio chocoano de Bagadó —de donde provienen— y por el asesinato de un hijo de José Sintuá, un líder de la comunidad, en las calles de San Bernardo.

“Un ‘paisa’ (alguien no indígena) lo mató cuando buscaba un taxi. Pero ya nos habían amenazado, envenenado a dos muchachos y violado a una niña”, responde María Alicia al preguntarle cómo estaba la seguridad en el barrio, al que llegó hace un año.

El conflicto armado la sacó hace seis años del Resguardo Alta Andágueda de Bagadó, así como ocurrió con al menos 1.300 indígenas de ese pueblo que huyeron hacia Bogotá en las últimas dos décadas por la violencia.

 

Una embera teje en el albergue La Florida. | © JOSÉ PUENTES RAMOS.
 

 

La Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Victimas (Uariv) otorgó a las familias embera un apoyo monetario para que se instalaran en la cuidad. Una buena parte se refugió en el barrio San Bernardo, donde vivieron entre el microtráfico, los viejos inquilinatos y las pandillas. El dinero que les da el Estado por ser desplazados lo reciben cada cuatro meses y dicen que solo les alcanza para cubrir los gastos de vivienda.

“Yo vivía con mis hijos en un pagadiario. Me cobran 20.000 pesos la pieza. Pero es un lugar feo”, comenta María Alicia mientras acomoda los dos costales que trajo a La Florida. “Por eso me quiero regresar a Bagadó”.
 


 

El retorno

Miguel Sintuá es uno de los líderes de los embera que residía en San Bernardo. Dice que además de las malas condiciones en las que estaba su comunidad en los pagadiarios, donde hasta 15 indígenas dormían en el piso de una habitación, se tomaron el Tercer Milenio porque les habían incumplido el viaje de retorno al resguardo. Se pactó para el 10 de diciembre con la Uariv y la Alta Consejería para las Víctimas de la Alcaldía de Bogotá. “Nos atrasaron el regreso. Nos cansamos y por eso dormimos en el parque”, agrega.

Juan Carlos Uribe, líder del equipo de reparación de la Alta Consejería, afirma que los embera no pudieron retornar a Bagadó porque el 30 de noviembre la Procuraduría emitió una alerta donde indicaba que el invierno dificultaba el viaje.

 


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“El 10 de diciembre se hizo una reunión para socializar la alerta, pero los embera nos dijeron que querían irse a como diera lugar. Si bien se les informó por qué se frenó el proceso, no era razón para ellos”, señala Uribe.

El funcionario explica que hubo otro motivo para la demora en el retorno: “Tuvimos que rehacer las valoraciones médicas de los indígenas, actualizar todo el proceso. Por eso quedaron con la idea de que no queríamos retornarlos”.

 

La guardia embera, integrada solo por hombres, del Resguardo de Alto Andágueda prestó seguridad en La Florida. Las mujeres, por su parte, se encargaron de cuidar y organizar las pertenencia de la comunidad. | © JOSÉ PUENTES RAMOS – SEMANA RURAL.



Se tenía planeado trasladar hacia Bagadó a cerca de 600 emberas chamíes y katios entre esa fecha y el 14 del mismo mes. Pero el viaje se modificó debido a la alerta: un grupo salió del parque La Florida el 20 de diciembre y otro, que ocupaba un albergue del Distrito, partió hacia el resguardo el 26. En esos viajes estuvieron Miguel y María Alicia.

“El proceso se adelanta desde hace meses, porque siempre existió el interés de retornarlos. Pero tenemos que cumplir con tres condiciones: voluntariedad de las familias, seguridad y dignidad (es decir, que los indígenas tengan dónde dormir y qué comer)”, comenta Ramón Rodríguez, director general de la Uariv.

Esta entidad y la Alta Consejería coordinaron la entrega de kits con herramientas para que los emberas empezaran a sembrar. También se acordó previamente con la comunidad de Alto Andágueda que familias ya establecidas en el resguardo recibirían a los retornados, lo que facilitaría su integración.

Ahora, solo queda esperar que los indígenas recuperen sus costumbres y su vida antes de huir hacia la ciudad.

 

 


Para el líder del equipo de reparación de la Alta Consejería es importante apoyar el retorno más allá de cumplir el acto 004 de 2009 emitido por la Corte Constitucional, en el que se pide la protección a los pueblos indígenas amenazados por el conflicto armado:


«Es imposible generarles un espacio en Bogotá. Incorporarlos en la ciudad no se puede, pues se rompe con su cultura. Los líderes embera nos decían: "Si ustedes inducen a que nos quedemos estarían haciéndonos un daño"»


 

Los retos del regreso
 

Que María Alicia y sus hijos, Miguel y los demás embera rescaten sus costumbres es el principal reto del proceso de retorno a Bagadó. En las montañas del Chocó tenían el hábito de cultivar maíz y plátano y criar especies menores de animales como gallinas y cerdos. Al llegar a Bogotá se vieron obligados a elaborar y vender artesanías y a mendigar en las calles para comprar comida. También tuvieron que aprender español para sobrevivir.
 

“Hay compañeros que vivieron en Bogotá hasta 15 años, porque antes no había la posibilidad de retornar. Estos embera tuvieron hijos, quienes ahora no reconocen su identidad, no saben lo que es sembrar, han perdido su idioma. Aprendieron a sobrevivir”, puntualiza Óscar Montero, asesor en derechos humanos de la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic).

 

En el albergue La Florida, una familia embera descansa sobre una cama improvisada y detrás de las cajas de leche que el Distrito les brindó. | © JOSÉ PUENTES RAMOS – SEMANA RURAL.



El abogado cree que es clave un acompañamiento más profundo a los indígenas retornados, que no solo aborde el transporte hacia Bagadó y los programas de subsidio del Estado.

En su opinión, lo que garantiza un regreso exitoso es que se también se les brinde etnoeducación y una política especial para recuperar sus costumbres. Esto evitaría que María Alicia o Miguel huyan de nuevo hacia Bogotá.

De hecho, la Onic publicó un comunicado el 22 de diciembre afirmando que el primer grupo de retornados no contó con el debido acompañamiento de las entidades, salvo la Alta Consejería del Distrito. “Denuncian los líderes que, al llegar al lugar, las lonas con sus pertenencias estaban abandonadas y hubo pérdida de algunos objetos. Adicionalmente, los embera tuvieron que incurrir en gastos de hospedaje. Frente a la entrega de la ayuda humanitaria por parte de la Uariv, ellos denuncian precariedad en los mercados, que se pretende duren un mes”, se lee en el documento.

 

En 2018 se llevaron a cabo dos procesos de retorno desde Bogotá hacia Alto Andágueda: el que acaba de suceder y otro en septiembre, luego de que los indígenas se tomaran el edificio de Avianca en el centro de la ciudad.

En esa oportunidad regresaron a su territorio unos 500 emberas. Quedan otros 200 con estatus de desplazados, a los que se les deberá garantizar una mejor calidad de vida.
 


POR: José Puentes Ramos | Editor regional
@josedapuentes


 

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