Diario de un biólogo explorador

abril 09 de 2019

El trabajo de los expedicionarios empezó desde el ascenso al páramo. Especialistas en aves, insectos y anfibios iniciaron su labor de búsqueda y estudio de estas especies a 2.435 metros de altura. .

Diario de un biólogo explorador

| El colibrí es uno de los animales que se encuentran en las cercanías al páramo del Almorzadero en Santander. | Por: Felipe Villegas | Instituto Humboldt.


Por: María Paula Castro
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Apenas llegaron a Santa Bárbara empezó el trabajo de los expedicionarios. Con el primer paso del hostal hacia el bosque, se agudizaron su sentido de la visión y la atención a cada movimiento que hubiera en el entorno.

Una vez en el campamento, ubicado en la vereda Salinas, en la Hacienda San Francisco del municipio Santa Bárbara en Santander, empezó el trabajo fuerte. Así se vive un día junto a biólogos expertos en tres especies distintas.

Madrugar a escuchar aves

Orlando Acevedo, Alexandra Buitrago, Juliana Soto e Iván Alejandro Lau Lovera viajaron a Santa Bárbara con el propósito de estudiar las aves de la zona. Reunidos a las afueras de las carpas, la noche anterior definieron verse a las 5:00 am para iniciar su día. Son los más madrugadores.

A las 4:55 am estaban los cuatro en la cocina pidiendo un tinto para recargar energías y arrancar la búsqueda. Chang Yong Choi, el coreano experto en aves, y Jaeho Lee, el coordinador de los coreanos, se unieron también. Iban con cámaras y un equipo especializado en captar sonidos de aves al hombro.

 

 

Orlando se encargó en esta jornada de “pajarear”, es decir, internarse en medio de los árboles para escuchar los cantos y, con la ayuda de unos binoculares, intentar observar a los animales dueños de esa dulce música natural.

La paciencia es totalmente necesaria para desarrollar esta labor. “Puede ser frustrante al comienzo”, dice Orlando, mientras mira hacia arriba con el fin de divisar algún ave.

Se escuchaban monos aulladores, zumbidos y algunos cantos. Cuando sonaba uno de estos últimos, Orlando lo imitaba, en las mismas tonalidades, con un silbido. Algo impresionante. La idea era hacer que dicha ave volviera a cantar y saber dónde estaba, poder verla, fotografiarla. Pero también, para grabarla, con el fin de aumentar el banco de sonidos de aves del Instituto Humboldt.

"¡Ay! Yo conozco este bicho”, afirma Orlando emocionado al escuchar un canto que le suena familiar. Cada vez que sus oídos perciben algo por el estilo parece que este biólogo se teletransportara, su rostro muestra una dicha incomparable. “Bueno, eso es pajarear. Frustración y alegrías”, explica.

Orlando empezó estudiando mamíferos y cambió a las aves porque “para estudiarlas no es necesario colectar, a diferencia de los murciélagos o ratones, por ejemplo. Entonces, sales de la universidad a Transmilenio y, dependiendo del lugar, puedes encontrar hasta 15 especies de aves. De mamíferos por ahí una ratica si estás de suerte, explica.

Choi y Lee también esperaban con paciencia los sonidos. Cada uno, con su cámara, fotografiaba lo que bien podía. Además, Choi comparaba las aves que veía con aquellas que se veían en un libro que no soltó en todo el camino. A fin de cuentas, su tarea es estudiar a estos animales.

Por su parte, Lee estudia la genética de plantas y disfrutó al máximo de su primera vez “pajareando”. Durante un pequeño descanso de la búsqueda, observó las fotos que tomó durante la gran jornada de “pajareo”, mientras contaba todos los vuelos que tuvieron que hacer para llegar desde Corea del Sur hasta Colombia.

 

Lee y Choi buscan fotografiar a las aves. ©María Paula Castro

 

“Todo biólogo quiere conocer nuevos sitios”, comenta. Además de Colombia, ha viajado en plan de expedición por el Himalaya, Tanzania, Filipinas, Mongolia. Pero al preguntarle cuál es su lugar favorito, con una ligera risa, señala que es “la ciudad”. Esta fue su primera vez en América.

A unos metros de distancia, Alexandra, Juliana e Iván “montan las redes”: por un camino diferente extienden redes casi transparentes a la altura de ciertos árboles con el fin de poder colectar aves. En la tarde, pasan por el lugar a revisar si algún animal ha caído. En la noche realizan estudios de taxonomía con las aves capturadas y, también, escuchan los audios grabados durante el día en el “pajareo”, para clasificarlos.

El amor de Iván por las aves surgió gracias a su papá. “Mi papá trabaja con dispersión de semillas y frutos. De chiquito me llevó a ayudar y me empezaron a gustar las aves solo por observarlas e identificarlas. Al escoger carrera estudié biología enfocado en las aves”, comenta. En el caso de Juliana, la líder del grupo, “en el camino me encontré con personas a las que uno les percibe ese amor, ese cariño, esa pasión”. En sus palabras, las aves son especies hermosas y “biológicamente muy interesantes en el sentido de responder muchas preguntas biológicas evolutivas en ese grupo de organismos”.

 


Entrenar el olfato para capturar insectos


Un poco más entrada la mañana John César Neita, Edwin Torres y María Isabel Castro, en compañía de Jong-Seok Park, ascendieron por la montaña en compañía de Samuel Villabona, uno de los guías. Poco a poco se abrían camino con un machete. La labor de esta parte del grupo es estudiar unos animales que pueden ser diminutos o tener tamaños que, para algunos, podrían ser enormes: los insectos.

Al igual que quienes estudian a las aves, estos tres biólogos también tienen su forma de capturar a sus especímenes de estudio. A medida que van caminando van poniendo trampas conformadas por materiales bastante particulares, como las heces de humanos. Así atraen a insectos coprófagos.

Con una pala abren un agujero en la tierra. Dentro de él depositan un vaso plástico con un chorrito de agua mezclada con detergente (que hace que los animales no puedan salir una vez que ingresan al recipiente) y lo cubren con un plato de icopor sostenido por palos de pincho y de esa estructura cuelga el paquetico que incluye el ingrediente principal. Armar estas trampas es todo un reto olfativo para quien no está acostumbrado a ello.

Pero John César, Edwin y María Isabel se gozaban esta experiencia. Reían, hacían chistes y se esmeraban por encontrar los mejores sitios para plantar los vasos. En cada uno de los lugares escogidos ponían una cinta de color naranja fluorescente, con el fin de que al día siguiente, al volver a recorrer el mismo camino, pudieran encontrar fácilmente sus trampas pero ya con animales en ellas.

 

El equipo que estudia insectos: Edwin, Park, María Isabel, Lee y John César. © Paola Sánchez/Instituto Humboldt

 

Adicionalmente estaban pendientes de cualquier zumbido que pasara cerca. Edwin era el encargado de cargar una red de mariposas, como esas que se ven en los programasde televisión. Si lograba obtener algún animalillo volador, lo metía dentro de un recipiente plástico para analizarlo al volver al campamento.

“Es una pasión desde muy pequeño. Siempre me gustó mucho colectarlos, tener una pequeña colección”, así explica John César su pasión por estos animales. Recuerda, además, cómo en su niñez mientras los tomaba y jugaba con ellos, terminaban picándolo. Las cosas que más le gustan de estudiar insectos es poder ver sus formas, colores y la cantidad de especies que hay.

“En la universidad me di cuenta de que teníamos una falencia muy grande de este grupo en Colombia. No tenemos nada de toda la diversidad que hay en en el país”, afirma. Uno de los fieles compañeros de este biólogo es Thor, su martillo. Lo utiliza para romper troncos viejos y encontrar insectos que allí reposen. Hacer eso es todo un ritual: desde lo lejos divisa un árbol, lo elige y lentamente camina hacia él. Saca a Thor, lo pone en ángulo y da un golpe. Según el resultado da otro, otro y otro. “¡John César! No sea ocioso”, le dicen sus compañeros de expedición, pues bien puede pasar un gran rato en este ejercicio. Él solo ríe.

 

© Felipe Villegas | Instituto Humboldt

 

Distinta es la historia de María Isabel. De pequeña tenía fobia a los insectos, pero la clase de entomología de la universidad le “cambió el chipo”. “Me empezaron a gustar. Es distinto verlos volando a verlos de cerquita, su cabeza, su aparato bucal y ahí empecé a trabajar con insectos”, cuenta.

Por su parte, Edwin es un biólogo empírico. Hace 20 años llegó al Instituto Humboldt y allí empezaron a capacitarlo para que se desempeñara con los insectos. Y le encanta. “Es un mundo desconocido. Es muy grande la cantidad de insectos que hay y es muy poco lo que se conoce. Realmente es un área que vale la pena explorar, es muy fácil encontrar nuevos registros, especies”, comenta.
 

Desarrollar visión nocturna para alcanzar anfibio

Cayó la tarde y con ella un torrencial aguacero. La montaña se volvió más lodosa de lo que estaba. Cualquier paso se volvía pista patinaje y el frío en la zona penetraba fácilmente. Mientras bajaba la lluvia un café caliente y un ponqué de cumpleaños improvisado hicieron amena la llegada de la noche.

A pesar del clima Daniela Murillo,  Andrés Rymel Acosta y Daniela García estaban emocionados. Ellos eran el equipo herpeto, es decir, quienes estaban a cargo de investigar los anfibios y reptiles de la zona. Esa noche, sin importar qué cielo tuvieran, saldrían montaña arriba.

En un instante en el que la lluvia cesó, aprovecharon: botas de caucho, impermeable que cubría prácticamente todo el cuerpo y, de manera indispensable, una linterna en la frente. A esta salida se unió Mauricio Torres, el coordinador de Santander Bio.

“En la noche, los árboles se cierran. Es una experiencia increíble”, dice emocionado. También se unió al grupo Jihwa Jung.

 

Daniela Murillo, Daniela García, Jihwa Jung y Andrés Rymel Acosta. Foto: Felipe Villegas/Instituto Humboldt © Felipe Villegas | Instituto Humboldt

 

En efecto no se veía nada. La oscuridad era plena. Tan solo era visible aquello enfocado por la luz que emanaba de la frente de cada uno. El plan de la noche era abrir los ojos para encontrar ranas y serpientes, principalmente.

Lo que más se encontró en esa oportunidad fueron ranitas, pequeñas. Por lo general estaban quietas sobre hojas medianas de los árboles. El trabajo consistía en encerrarlas con ambas manos, hacer una especie de coca con la palma y lentamente arrastrarlas sin dejarlas ir. Luego se dejaban en una bolsa de tela. Las ranas son frías y húmedas pero muy suaves. Cientos de ellas fueron recolectadas en este viaje.

La lluvia llegó con fuerza otra vez esa noche, pero eso no detuvo al equipo que, independientemente de la hora, continuó su paso. “Una vez salieron a las 2 de la tarde y regresaron a las 2 de la mañana”, recuerda Mauricio.

Las canas en la barba y pelo de Andrés dejan notar su experiencia como biólogo. Es el líder de los herpetos y habla con pasión cada vez que alguien le pregunta por algo relacionado a sus animales. “Este es un sitio privilegiado (el bosque bajo el páramo del Almorzadero)”, afirma, en la medida en que en el país la deforestación avanza de manera abrumadora.

“Si encontramos especies nuevas eso aumenta el patrimonio nacional y nos vuelve una potencia. Nosotros pecamos en eso, dejamos perder especies antes de que sean descubiertas”, dice quien ha ya ha celebrado cuatro cumpleaños durante salidas de campo.

Y sus compañeras de equipo, ambas llamadas Daniela, se gozan estas expediciones. A Daniela Murillo desde chiquita le gustaban mucho los animales. “Siempre dije que quería ser veterinaria, pero fui creciendo y descubrí que la medicina no era lo mío. Empecé a ver documentales de Discovery, Nat Geo, y dije ‘ve, las ranas son como lindas’”, recuerda esta amante de los anfibios que quería ser naturalista.

Daniela García entró perdida a la universidad. Estudiaba ingeniería ambiental y se dio cuenta de que le encantaban las colecciones de animales. Además, ama a los reptiles. “Las serpientes fueron los primeros animales a los que me acerqué en el mundo relacionado a la biología" Además “casi nadie los estudia. Estos bichos son muy poco estudiados, son una nota”. El hecho de que sean tan difíciles de encontrar hace que sea frustrante pero a la vez emocionante . “Me encanta la adrenalina”, enfatiza.

 

 

 

 

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