Santa Bárbara: de zona roja a paz plena

abril 09 de 2019

Este municipio vivió en carne propia el conflicto armado. Hoy es una pacífica reserva hídrica y forestal que recibió a la Expedición Bio en su departamento. Así la describen sus habitantes. .

Santa Bárbara: de zona roja a paz plena

| Santa Bárbara fue declarado como reserva hídrica y forestal de Santander | Por: Paola Sánchez | Instituto Humboldt


Por: María Paula Castro
Yo_Soy_Mape

 

Sesenta y cuatro años atrás sus tierras la vieron nacer. “Nacida, crecida y envejecida en Santa Bárbara”, es la forma en que Margarita Rojas Chanagal se describe. Este pueblo, ubicado en medio de las montañas de Santander , le ha dado todo. Aquí se casó, consolidó su negocio, sacó adelante 3 hijas y ahora consiente a sus 6 nietos.

“Somos raizales de acá de Santa Bárbara”, afirma mientras ofrece pan con chocolate y queso a su interlocutora. Serena y sonriente, habla de su pacífico pueblo con el mayor orgullo y corazón. “Para nosotros es un tesoro, es nuestra tierra”, cuenta feliz.

Un poco de su historia

Como cuenta Margarita, estas tierras -que en el pasado recibieron el nombre de Urraca y posteriormente de Suaque- fueron habitadas por indígenas guanes y aún guardan tesoros de aquella época. Lo dice con conocimiento de causa ya que su esposo, Luzbin Mujica, se encontró con uno muy especial.

Un día, mientras Luzbin excavaba en el lugar en el que levantaron la biblioteca municipal, en compañía de un grupo de suaqueños (que es el gentilicio de quienes habitan Santa Bárbara), a unos cinco metros de profundidad se toparon con unas enormes piedras que interferían en su camino. Sin saber que en su interior escondían una riqueza invaluable, decidieron partirlas y seguir trabajando.

 

Margarita, Luzbin, una de sus hijas y su nieta. © María Paula Castro


“Yo estaba en Bucaramanga cuando Luzbin me llamó y me dijo ‘Margarita, ¡le tengo una noticia! ¡Encontré un tesoro!”. “¡Cuando venga, llega y lo ve!”, le comentó emocionado su esposo en aquella llamada.

“Cuando llegué encontré un piedrerío en el piso”, cuenta en tono jocoso. El tesoro del que le hablaba su esposo es un grupo de moyas indígenas, en perfecto estado. Sin embargo, cuando empezaron a contar lo que habían descubierto, el resto de moyas que quedaban en la tierra se profundizaron. “Fue como un encanto”, afirma Luzbin. “Como él se puso a contar, pues la moya se corrió”, explica su esposa.

Hoy en día, el lugar se llama Santa Bárbara porque esta santa, como relata Margarita, se le apareció a una abuelita del pueblo mientras estaba buscando leña. Entre hachazo y hachazo para sacar la madera, se dio cuenta de que en el palo estaba la figura de la virgen mártir.

Con apremio, llevó su hallazgo al centro del pueblo. La comunidad optó porque la imagen fuera recibida en municipios como Piedecuesta o Guaca, pero no fue posible. Según cuentan, en dos ocasiones transportaron la santa madera en una caja de bocadillos pero de forma inesperada una tremenda tempestad arreciaba en el camino y, de un momento a otro, la imagen ya no estaba. Se regresaba al lugar donde la habían encontrado. “No se dejó, se quería quedar acá”, afirma Margarita.

Con apremio, llevó su hallazgo al centro del pueblo. La comunidad optó porque la imagen fuera recibida en municipios como Piedecuesta o Guaca, pero no fue posible. Según cuentan, en dos ocasiones transportaron la santa madera en una caja de bocadillos pero de forma inesperada una tremenda tempestad arreciaba en el camino y, de un momento a otro, la imagen ya no estaba. Se regresaba al lugar donde la habían encontrado. “No se dejó, se quería quedar acá”, afirma Margarita.

 

Así luce la entrada al santuario. © María Paula Castro

El lugar donde los fieles pueden sentarse junto a Santa Bárbara (centro) y la escultura de la santa (derecha). © María Paula Castro.

 

La madera de la aparición está resguardada por las paredes de la parroquia: una imponente construcción ubicada en la plaza central. Su blanca fachada con bordes amarillos se convierte cada domingo en el mayor lugar de encuentro al momento de la celebración de la eucaristía.

Frente a ella, en el parque, hay un acogedor kiosco que cada día acoge a parejas jóvenes que salen a caminar de la mano y a sentarse bajo su techo para tener una romántica charla. Entre la cabecera municipal y la zona rural, el pueblo es la residencia de alrededor de 2.000 personas.

Claro que tanta serenidad y buena vida no siempre fueron el panorama. Hasta hace un tiempo, estas tierras fueron escenario de la violencia del país.

Los azotes del conflicto armado


Santa Bárbara cargó el yugo de ser zona roja. A pesar de estar a 35 kilómetros de Bucaramanga, no había presencia de autoridad estatal, lo que hacía que los grupos al margen de la ley tuvieran bastante poder.

“Acá en el colegio (miembros de la guerrilla) nos hicieron formar como dos veces”, cuenta Erick Benitez, un joven de 25 años oriundo de Santa Bárbara. “Llegaban al colegio y como no había policía, no había ejército, pues nos hacían formar. Empezaban a hablarle a uno ‘venga, mire, es que esto les puede favorecer’”, añade. “Compartían con uno y hasta jugaban fútbol”, agrega. Para el 2016, según la Unidad de Víctimas -territorial Santander-, 253.392 santandereanos habían sido declarados como víctimas del conflicto armado.

Trasladarse de una vereda a otra era una cuestión totalmente arriesgada. Estar catalogado como un lugar peligroso lo dejó en el olvido. “Prácticamente se convirtió en un pueblo fantasma”describe Edinson Jaimes, nacido en Santa Bárbara hace 40 años. “Eso también generó un atraso a nivel del municipio porque la gente no venía. Eso sí nos afectó muchísimo”. Al igual que ellos dos y a pesar de los fusiles, Margarita permaneció firme en su pueblo porque “el que quiere su tierra la quiere por lo que es”.

La misma violencia hacía que no se tuviera registro de todas las especies que habitan aquí. El cese del conflicto sí que se sintió por estos lares. “Ahora hay más libertad para poder trasladarse”, señala Benitez.

Tanto Benítez como Jaimes sonríen plenamente porque ahora su tierra vive en paz. Orgullosos trabajan para la alcaldía y celebran a su magnífico pueblo.

 

Erick Benitez Guevara, técnico operativo de la secretaría de salud y desarrollo social de la Alcaldía y Edinson Emiro Jaime Jaimes,  auxiliar administrativo de la secretaría de salud y desarrollo social de la alcaldía del municipio y encargado del manejo de la biblioteca, la parte cultural y la parte deportiva. © María Paula Castro.

“Un paraíso terrenal”
 

Para Jaimes, Santa Bárbara es ahora el municipio “más hermoso que puede existir en Santander y en Colombia”. Dentro de sus límites resguarda cientos de especies: tigrillos, osos de anteojos (el animal bandera del pueblo), monos aulladores, venados de páramo, por solo nombrar algunos.

 


Declarado reserva hídrica y forestal, sus paisajes son inigualables, la naturaleza es su esencia y el agua brota por miles de puntos. Y personas como Leonardo González y Samuel Villabona quieren que el mundo conozca esta riqueza.

González y Villabona son un par de santandereanos que se encontraron en tierras suaqueñas cuando eran tan solo unos niños y hoy, a sus 28 años, se mantienen inseparables.

Entre las labores que desarrollan, ser los guías del pueblo es una por la que los reconocen. “Cada vez que nos contratan para guiar a un grupo aprendemos mucho de cada persona que acompañamos, sus historias, reflexiones de vida... Nos dejan muchas enseñanzas. Igual, nosotros les enseñamos a ellos. Me parece muy bonito eso.”, cuenta González.

Una de las metas que comparten, y en la que vienen trabajando desde hace un tiempo, es desarrollar proyectos ecoturísticos en la región. Pero no ha sido tan sencillo. “Es muy difícil traer gente del mismo país, a decirle ‘vamos a hacer un sendero, vamos a subirlos’. Las personas dicen: no, yo mejor me voy a una playa, qué me voy a meter a ese monte”, explica Villabona.
 

Leonardo González y Samuel Villabona.  © María Paula Castro. 

 

Pero como lo describe Edison Jaimes, “es un paraíso terrenal: usted respira aire puro”. Por eso, ahora existen testimonios vivos de personas que se enamoraron de Santa Bárbara y allí se quedaron.

Un ejemplo es Janeth Tarazona. “Oportunidades, vida, futuro”, así describe a este pueblo que hace 6 años le abrió las puertas. Tarazona ha vivido en La Guajira, Bucaramanga y Bogotá, pero este lugar rodeado por las quebradas de Umpalá y Salinas se convirtió en su verdadero hogar. “¡El agua que tienen aquí no se tiene en ningún otro lugar!”, afirma orgullosa

 

Janeth Tarazona. © María Paula Castro. 

 

Bárbara Jaimes y su esposo Javier tienen su casa un poco alejada del pueblo. Desde hace más de dos años viven en la finca San Francisco. Por esta zona ellos sienten “un cariño inmenso, se siente una paz, tranquilidad. Nadie molesta, somos los últimos porque más arriba no hay más fincas: es el páramo. Vive uno como muy tranquilo”, afirma Bárbara.

Todos los días son “muy trabajados”. A las 5:45 a.m. se despiertan para administrar bien la finca que les encomendaron. Y son felices con cada amanecer. “Los que no conocen este lugar no saben lo que se pierden”, afirma Bárbara mientras ríe. “Hay gente que viene, amigos conocidos y nos dicen ‘ustedes viven en la gloria’. Ruidos no hay, aparte de pollos, perros, vacas. Es muy bonito, ¡es un sitio de una tranquilidad!”, agrega.

 

Bárbara y su esposo Javier. © María Paula Castro. 

 

La “segunda mamá” de Erick Benítez; el “pueblo que cuenta con todas las cosas” para Viviana, la hija de doña Margarita; el lugar de acogida de Leonardo González y de Samuel Villabona; y el “tesoro” de Margarita recibió a la expedición Bio Santander. Y ahora aguarda a que sea toda Colombia quien lo conozca.

 

 

 

 

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