diciembre 23 de 2018

Seducciones y decepciones de Navidad

Por: Fabián Sanabria

Soy antropólogo de primera persona y solo puedo hablar de las realidades socio-culturales a partir de mi experiencia.

De niño me enseñaron mis padres a jugar en medio de monumentales pesebres, a pesar de que nunca me bautizaron como católico y fui yo quien lo decidió a los 16 años, cosa de la que jamás me he arrepentido. Aunque no sé si la iglesia, tal vez, sería la arrepentida de haberme acogido en su seno. Lo cierto es que siempre tuve como vecinos a frailes franciscanos, y de ellos aprendí ese “paganismo genial” del Poverello, del “varón que tiene corazón de lis, alma de querube y lengua celestial”, como diría Rubén Darío en Los motivos del lobo.

Sí, “paganismo” es la palabra. Aunque a los puristas y monoteístas de la tradición les repugne. Obviamente si queremos ser honestos, hay que reconocernos mezclados, y justamente esa “vuelta a la Tierra” —por algo el hábito de San Francisco era de ese color—, es lo característico de esta época, donde la teatralidad de las navidades nos invade.

Ese despilfarro de formas me fascina. Aunque no todas, puesto que no soporto —aunque comprendo que se eche de menos lo que no se tiene— los alumbrados navideños que imitan la nieve que aquí no conocemos, excepto cuando las calles se taponan por una granizada.

En fin, algo similar me ocurre con los bombillos de churrusco blanco ahorrador, que acabaron con la intimidad de los colombianos, como si no hubiese luces cálidas y la gente no pudiera fabricarse lámparas o encender velas o antorchas, así ese no sea el tema de este artículo, pero sigamos con las navidades.

Nada como los villancicos y las novenas, cierto. Como las ovejas y los pastores, o los “gozos para todos los días” con su “dulce Jesús mío, mi Niño adorado”, incluso los camellos y esos reyes magos —uno de ellos tiznado— que venían de Oriente, aunque con el tiempo todos nos enteráramos de que ese fue otro invento, como el de la cigüeña. Recuerdo los pasajes de los gigantescos pesebres cubiertos de musgo que otrora se usaban, que cubrían los altares mayores de los templos franciscanos: todos los días, desde la noche de aguinaldos, los cambiaban. Hoy se argumenta que somos más minimalistas, aunque sigamos siendo no tan ecológicos.

Con el tiempo en Colombia, aun en esa “patria profunda” que los políticos incultos folclorizan para apegarla a tradiciones que ya no existen, se fueron introduciendo los pinos de Navidad y la ronca idea de Papá Noel. Ya la gente no rezaba novenas de aguinaldos y los curas entendieron que si seguían celebrando “misas de gallo” nadie acudiría. Entonces adelantaron el “divino alumbramiento”, y todos entendimos desde tiempos del racionamiento de luz del expresidente Gaviria, que el tiempo es tan artificial como muchas veces una obra maestra resulta superflua para un coleccionista de arte.

Antes de la cena de 'noche-buena', donde ya no hay solo tamales o natilla y buñuelos, sino panettones o quizá paté francés o un pavo gordo y gringo, hay que preguntar si el teléfono móvil debe ubicarse a la derecha o a la izquierda del plato. Y tampoco nos abrazamos para desearnos “feliz Navidad” o “venturoso Año Nuevo del cerdo”. Ni siquiera nos afecta que en Colombia ya haya lectores del horóscopo chino que vaticinan una época “no tan tutina” para el 2019, pues la mayoría estamos pendientes de trinar o enviar el último mensaje efímero, a través de WhatsApp, a un otro que ni lo mira ni lo lee, pero eso sí, tenemos la ilusión de que existimos más allá de nuestras limitadas fronteras.

El comercio por todas partes nos invade, y los alcaldes menores y mayores se dieron cuenta de que el mejor modo de tranquilizar a la ciudadanía molesta para seguir maquillando su imagen de gestión pública —como algunos lo hacen gastando millonadas en publicidad—, era mandando a instalar en las calles los más rimbombantes alumbrados para gritarle al mundo entero: “Es que nosotros sí somos unos verracos”. Y así las navidades siguen mutando y lo seguirán haciendo, sobre todo en el mundo virtual, que transformó —aún en el campo— los pesebres, introduciendo naves espaciales y personajes de la guerra de las galaxias.

De algún modo, la Navidad pareciera injertarse en la historia de las modas, como quien compra un vestido desechable creando sus alianzas y afinidades, distinciones y exclusiones con relación a la pertenencia a un círculo social, cuya función es equiparable a trazar un círculo en torno a sí, al tiempo que este nos separa de los demás. Una suerte de afirmación grupal que, uniendo y diferenciando, determina un contrapunto como condición de su realización: “somos los que estamos y estamos los que somos”.

El sociólogo alemán Georg Simmel decía que en toda actividad humana “percibimos algo que no llega a expresarse por completo”, debido a significativas tensiones entre individuo y colectividad, que subrayan una permanencia en el cambio. Algo así como apegarse a lo existente queriendo ser como los demás y, al mismo tiempo, pretender acceder a otras formas de vida, a través de nuevas navidades, enalteciendo un “estilo personal”. En ese horizonte, la Navidad se concibe como imitación de un modelo que proporcionaba satisfacción a la necesidad de apoyo social, conduciendo al individuo al mismo camino por el que todos transitábamos, facilitando una pauta que hacía de la conducta de cada quien un ejemplo a seguir.

En nuestros días, la asociación indisociable entre Navidad y consumo que ha traspasado a todas las clases sociales, pareciera tener un poder que trasciende las necesidades exaltando la arbitrariedad de lo frívolo, simplemente porque se impone. Más allá de la “alegría de dar regalos”, del buen precio y del prestigio contenido en los dones, ciertas tendencias navideñas se vuelven indiscutibles y, en su trasegar efímero, corroboran la máxima que señala cómo “lo anómico de hoy será lo canónico de mañana”.

Paralelamente, las grandes casas de moda lanzan sus colecciones en esta época, las cuales generan una espiral de copias y calcados en contextos próximos y lejanos a aquellos de los “desfiles originales”, al punto de que el lujo se falsifica y recicla, como si esto fuera condición necesaria de su existencia. Del mismo modo, exclusivos hábitos y estilos de vida indisciplinadamente se expanden: unos y otros reciclan, y todos desaforadamente consumimos.

La era del vacío y El imperio de lo efímero, incluso en el antiguo mundo rural que cada vez más se ha urbanizado —donde el narcisismo se enaltece y el individuo adopta una suerte de indiferencia ante los seres y las cosas, no ya decadente o pesimista sino curiosa y tímida, similar al consumidor que llena su carrito— ha dejado lugar a una apatía inducida por el campo vertiginoso de las posibilidades y el “libre servicio generalizado”.

De tal modo que los objetos para consumir pierden utilidad, dando lugar a otros productos que más tarde serán desechados, pues el imperativo de la actualidad avasalla para no caer en la vergüenza de “quedarse rezagado”. No obstante, ante tanta publicidad que nos sigue ofreciendo “la última novedad”, las celebraciones navideñas retornan a tendencias antiguas y, releyendo En busca del tiempo perdido, diríamos que, “como si fuera en las cosas viejas que la creencia había animado, y no en nosotros donde lo divino residiera, como si nuestra incredulidad actual se debiera a una causa contingente: la muerte de los dioses”.

Ahora bien, el “no querer-poder dar la cara”, corolario de la rutinaria frase de “favor no molestar”, constituye una suerte de ética indolora que, entre más se preocupa por la caridad y el respeto a los derechos humanos en los países subdesarrollados, más invierte en un desaforado cuidado del cuerpo, que guarda relación con los estándares deportivos, al punto que unos centímetros de menos y algunos kilos de más pueden determinar un “imperativo navideño”. De modo que las tradiciones aparentemente durables y sólidas de las navidades, hoy se mezclan con identificaciones variables y pasajeras de las cuales se puede prescindir, puesto que nadie nos garantiza su certeza ni duración, a pesar de tantas luces multicolores.

Son tendencias que tocan lo constitutivo de los individuos, como la pertenencia religiosa o la adscripción política, las inclinaciones sexuales y toda clase de gustos culturales: varían y se alteran según los usos y costumbres que paradójicamente consagran lo antes rechazado, y catapultan lo perennemente establecido. Así, similar a lo ocurrido en busca del tiempo perdido, donde la persona más arribista del inicio (Madame Verdurin) se convierte al final en la anfitriona más frecuentada (la princesa de Guermantes), hay solo un elemento que, a pesar de su alteración, es constante en las navidades: la acción del tiempo, el olvido.

Hay una novela bastante ilustrativa de la relación con los objetos que, a propósito de la “felicidad navideña”, nos puede ayudar a recordar de otro modo el paso del tiempo. Se trata de Las cosas, de Georges Perec. En ella, con gran sutileza, el autor pone en boca de sus protagonistas esas ansias de desear hasta no saber lo que se desea, esas ganas de satisfacer necesidades hasta no comprender lo que se necesita. Pues bien, mucho antes que las reflexiones filosóficas y sociológicas actuales a propósito de la felicidad-infelicidad que genera el consumo —no solo en época navideña—, la literatura nos ilustra significativamente sobre esas “sacralidades profanas”, donde se dibuja una inadecuación fundamental: no ya la no-correspondencia entre lo que se quiere y se puede alcanzar, sino una ruptura fundamental con lo que se conquista. Una insatisfacción que a cada paso decepciona, ofreciéndonos como única vía seguir en la alocada carrera de alcanzar cosas que, aun poseyéndolas, jamás disfrutaremos.

Más que una desilusión, la situación contemporánea de no saber lo que se desea ni lo que se necesita, descrita bajo el signo de lo “humorístico” por un autor como Gilles Lipovetsky, corrobora el campo de lo tragicómico, vehiculado a través de la moda en lo social, particularmente explosivo en época navideña: esto y aquello y ni esto ni aquello nos seduce, obligándonos a ingresar cada vez más al mundo de la ficción, donde ya no importa el contenido sino el continente, no tanto la materia sino la manera, ya no más la función sino la forma.

Es allí donde se percibe un profundo silencio de las instituciones que, ante la demanda de sentido de los individuos, responden torpemente con normas. Normas que nadie va a cumplir pues lo que importa no es lo dicho sino lo enunciado, lo cual traducido al terreno de lo público indica un jocoso malestar: poco vale la “política de emprendimiento o felicidad” que a su modo anuncie por época navideña el presidente de turno, lo que cuenta es la impostura, lo publicitario.

Más que los despilfarros orgiásticos de esta temporada, el límite de lo aceptable se encuentra con nuevas construcciones de lo “puro”. Lo peligroso de las modas de hoy, que se anuncian y expanden especialmente en Navidad, tendientes a ser intrínsecamente malo en quien no las comparte, es lo intolerable. Es por ello que Oh Alá, en este mundo tragicómicamente pagano, de una Colombia que se debate entre la ilusión y El desbarrancadero, sería bello y grato que volviéramos a entender la simplicidad de los pesebres.

 


*Antropólogo y escritor. Doctor en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia. Director del Grupo de Estudios de las Subjetividades y Creencias Contemporáneas (Gescco).


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.

 

 

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