El último nazareno: 42 años cargando una cruz en Santo Tomás

abril 02 de 2018

Cada Viernes Santo un hombre alista su peluca y su túnica para cumplir con la promesa que le hizo a Dios cuando era joven: recorrer el pueblo cargando una cruz en su espalda. .

El último nazareno: 42 años cargando una cruz en Santo Tomás

| Antonio Pérez prefiere realizar su procesión de noche porque dice que el recorrido durante el día ha ido perdiendo su esencia. | Por: Carlos Parra


Por: Carlos Parra Ríos
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Santo Tomas –un municipio del departamento del Atlántico– aguarda todos los años la llegada de la Semana Santa. Esta llega allí como a los demás pueblos y ciudades del mundo, pero su gente la vive como un eterno retorno a aquellos días en los que Jesús de Nazaret caminó hasta el Gólgota cargando una cruz a sus espaldas para entregarse por nuestros pecados.

Para Antonio 'Tabaquito' Pérez es el momento de cumplir una vez más con la promesa que le hizo a Dios a cambio de la salud de su hijo: vivir en carne propia el sufrimiento de Cristo. Con esta, ya son 42 veces en las que ha caminado con una cruz a cuestas hacia una muerte alegórica para conseguir la salvación. 

 

 

T E X T O

Henry Ortiz

 

 

F O T O S

Carlos Parra Ríos

 


 

En este pueblo ubicado en la ribera del río Magdalena, se vive con cuerpo y alma una tradición tan antigua que no se sabe cómo inicio o quién la trajo. Todos los años, durante la Semana Santa un grupo de fieles participa de una procesión en la que buscan consumar peticiones a punta de azotes. Cientos de espectadores cumplen la cita cada Viernes Santo para ser testigos de cómo un grupo de hombres espera que Dios escuche sus peticiones a cambio de un poco de fe reflejada en piel ardiente, sangrante y amoratada. Algunos piden que sanen sus familiares enfermos, que mejoren sus ingresos o que les llegue el trabajo que siempre han querido. Otros simplemente no piden nada, y llevan a cabo esta prática como una forma de expiación y arrepentimiento.

Pero a Antonio Pérez no le gusta pagar su manda, o penintencia, durante el día. Prefiere esperar a que llegue la noche para porque dice que la procesión de los penintentes durante el día se ha convertido en un desfile; en un carnaval. Por eso, se ha hecho conocido en su pueblo. En Santo Tomás, cuando alguien habla del Nazareno no es necesario decir nombres, todos saben que es él. 

 


 


Jesús murió y al tercer día resucitó para volver a irse. Por el momento, algunos hombres y mujeres no solo esperan su regreso a este mundo, sino también la muerte que los exima de esta penitencia. Quienes cargan a sus espaldas cruces y se autoflagelan durante cada Semana Mayor para imitarlo a él lo hacen como una representación de lo que es sufrir por un deseo, de lo que es ser mártir por un propósito que se cree posible.

 


 



 

 LOS PENITENTES 

«La tradición de la procesión de los penitentes se originó en Europa durante la Edad Media y se adoptó en Suramérica a lo largo de los siglos dieciséis y diecisiete, después de la conquista. La procesión del Viernes Santo simboliza el camino que Jesús recorrió hasta el lugar de su crucifixión. En algunos municipios de Colombia, las personas que participan de esta costumbre utilizan un atuendo especial o se autoimponen “penitencias” que incluyen la flagelación, cargar cruces pesadas, o hacer el recorrido de rodillas. Las razones para hacer estos sacrificios son muchos, pero absolverse de los pecados y pedir o agradecer por favores divinos son las motivaciones más comunes. 

La Iglesia católica no reconoce estas actividades dentro de las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa. Son denominadas, en cambio, tradiciones de piedad popular.
»

 

En la mañana del viernes, Antonio bebe un tinto sentado en su terraza, como de costumbre. Ya tiene lista su corona, su túnica púrpura, la peluca y su madero. Medita. Mientras tanto, Santo Tomas se va convirtiendo en el Jerusalén del caribe colombiano. No hay discípulos, solo espectadores morbosos; no hay Judas, Pilato, Pedro o Barrabas. Hay muchos pero no hay nadie. Está solo.

Termina el tinto, y entra de nuevo a casa y ve la luz del sol inclinándose sobre la pared en la que cuelga la foto de su hijo pequeño. Pedir por la salud de su primogénito fue precisamente lo que impulsó a llevar a cabo una de sus mandas más significativas, al menos después de la primera, aquella que realizó por las angustias de su juventud y todas las crisis existenciales que lo acosaban en esos momentos y que tenían a su voluntad al borde del cañón de un acero cualquiera. No le da pena contarlo, porque es un hombre lleno de orgullo. Sin importar cuál sea la página que cuente de su vida, como todo hombre de un destino significativo, místico o misterioso, tiene la costumbre de no arrepentirse de ningún evento o sentimiento pasado. 

Aquel sol se oculta con los restos de lo que pasó en el pueblo. El día, el mes y el ritual son los mismos. Suspira. Espera la noche, espera su destino, lo hace como de costumbre.

 

 

"La tradición es siempre la misma pero cada procesión es única"
-Antonio Pérez

 


Los ojos de Antonio son testigos del paso de los años, de sus caídas y levantadas; de los días y las noches ¿Qué estarán contemplando esos ojos ahora? Es imposible saberlo. Quizás observa a unos niños jugando, los mangos que cuelgan del árbol moverse con la brisa que sopla, o el eterno cigarrillo de un viejo sentado al frente. Quizás solo mire hacia adentro. Su boca tiene la expresión de cuando se saborea la comida dos veces, o hasta tres. Las arrugas de su rostro son historias escritas en su piel apergaminada, gesticulan como delineando sentimientos indecibles.

Rompo el silencio en el que se posiciona como un dictador de profundas reflexiones, y él responde alzando un poco el sombrero. Un contacto visual espontáneo y significante. Sus ojos me avisan lo que ya sé: se está preparando para mis preguntas. Parece que tiene una corazonada, tal vez la misma que apadrino a Jesús ante las preguntas de Caifás y Pilato.

 

-¿Señor Antonio, a qué le teme?

-A la muerte, solo temo a la muerte, yo no quiero morirme. Nadie quiere morirse.

–Pero todos debemos morir al fin, eso es lo único innegable.

–Sí así es -dice sonriendo.

-¿Cómo le gustaría morir?-  Pregunto con respetuoso temor a que se incomode.

–Trabajando, o al pie de una cruz; sí, así es como quiero morir. Así lo haré-. Su mirada se pierde en el vacío. 

 

 

Ya han sido 42 veces las que Antonio ha caminado hacia una muerte alegórica que ha hecho suya. Dos milenios y un par de décadas después aún sigue siendo lo mismo: fe, sufrimiento y misericordia. ‘Tabaquito’ caminó esa noche con la cruz a sus espaldas y se entregó una vez más para cumplir con el juramento que le hizo a Dios de por vida a cambio de la salud de su hijo, la suya y la de toda su familia: sufrir como lo hizo Cristo para conseguir la salvación y de ser necesario morir en el proceso. Morir sería para él un honor y un orgullo, sin importar incluso que no resucitará el Domingo de Pascua tal y como lo hizo su maestro.

 

 

 

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