Silvestre, un libro escrito por niños desde una Casita Rural

septiembre 10 de 2018

En San Vicente Ferrer, en Antioquia, una ‘Casita rural’ es el complemento ideal de lo que se aprende en la escuela. Desde allí doce niños salieron este domingo con Silvestre, un libro de su autoría que fue presentado en la Fiesta del libro de Medellín. .

Silvestre, un libro escrito por niños desde una Casita Rural

| Ocho niños son los autores de Silvestre, la editora fue Diana Londoño y la ilustradora Lina Rada. Se realizó en los talleres de lectoescritura de Daissy Pérez Ospina. | Por: Ilustración: Lina Rada


Por: Yenifer Aristizabal
YenAristizabal


“Voy a la escuela y soy muy chiquita, pero

cuando puedo me vuelvo heroína y me monto

en mi caballo Morita. Me salen culebras de

la cabeza para asustar villanos, resuelvo

problemas en un momentico y hago tratos

 con el fuego para salvar humanos. Me gusta

 juntar a la gente, mirarme en un lago con luna

 y estrellas y darles comida a las gallinas. Me va

 bien en la escuela cuando hago tareas buenas.

Mi travesura favorita es la sonrisa”.
 

Medusa. © LINA RADA


Esta es una de las historias de Silvestre, uno de los libros que se presentó este domingo en la Fiesta del Libro en la capital antioqueña. Fue escrito por ocho niños participantes de los talleres de lectoescritura realizados en la Casita Rural, una pequeña biblioteca ubicada en la vereda La Porquera en el municipio de San Vicente Ferrer, en el oriente de Antioquia.

Este espacio que lleva más de cinco años apoyando la formación de los niños de esta vereda propone un lugar alternativo a la escuela donde los niños puedan estar rodeados de libros, de arte y cultura. Daissy Pérez es comunicadora y llegó a este espacio con la intención de hacer una nota periodística para el canal de televisión donde trabajaba, al conocer el trabajo que allí se realiza, las necesidades y las ganas de estos niños por conocer cosas nuevas, se ofreció como voluntaria para desarrollar aquí actividades de lectoescritura.
 

 

“Ay, una vez hice una cosa muy terrible. Maté un pajarito.

Estaba jugando con mi chauchera y lo vi pasar volando bajito.

Como mi puntería es tan mala, y ni siquiera había sido capaz

 nunca de pegarle a una botella, no me imaginé que pudiera pegarle

a un pajarito volando. Me dio mucho pesar verlo caer. Las plumas

eran grises con blanco y el pico era negro. Lo enterré al lado del

árbol que tanto visitaba, le puse flores y le pedí que me perdonara,

 después le pedí a Dios que me castigara.

La cauchera la tengo colgada frente a mi cama, al lado de un

calendario en el que cuento los días que llevo sin matar pajaritos.

 Ha pasado un buen tiempo, parece que Dios se arrepintió de

enviarme el castigo”.  
 

Cauchera. © LINA RADA


 

Es justamente en el taller de ‘la profe’ Daissy Pérez donde se escribió este libro de 35 páginas con la participación de algunos de los treinta niños que suelen asistir, la edición de Diana Londoño, directora de la Casita Rural y las ilustraciones de Lina Rada.
 

 

“A veces parece que la luna se quema

 y voy a visitarla montada en mi caballo

para arrullarla con un canto.

Le pido que me siga alumbrando

cuando me mire en un lago,

le pido que siga brillando,

 pero no tanto.

Porque si la luna se quema,

 y con su fuego prende el cielo

 y sus estrellas,

 se nos vuelve un problema.

Si el cielo se prende, la gente no duerme.

Y si la gente no duerme,

 los dulces sueños del planeta desaparecen”.

 

Luna. © LINA RADA


 

Una de las autoras de esta historia es Luisa Fernanda García, una niña de ocho años “prestadora de libros compulsiva”, como dice Daissy. Empezó a asistir a este espacio desde los tres años y es una de las primeras en llegar a las actividades que se realizan en el lugar. Entre sus libros favoritos están los que tienen colibríes.

“Silvestre significa sin cultivo”, explica Diana acerca del libro creado por ellos, “los niños del campo crecen silvestres como las moritas del camino y muchos crecen nobles, de buen corazón, pero sin cultivo”. Ella hace referencia al origen del concepto de cultura y replica la idea de que “ser culto” no es ir a un concierto de música clásica o realizar actividades que estén destinadas a un sector de la sociedad específico. “La cultura es una pregunta por el cultivo; nosotros los estamos cultivando”, dice.

Silvestre habla de héroes, de esos “seres chiquitos sin capa ni armadura, madrugan a la escuela y, siempre que pueden, después de hacer las tareas, se dedican a ser héroes que necesita el país: personas simples y justas que quieren a la gente”, escribió Diana en las últimas páginas de Silvestre al reconocer el trabajo de los niños de la Casita Rural y a todos los niños rurales que tienen cosas importantes para decirnos.

Este libro “es casi documental porque parte de su propia vida y cómo en su cotidianidad tienen características del héroe como la valentía o la justicia”, relata Daissy, quien los domingos durante tres sesiones entre libros y preguntas ayudó a construir, más que historias, tejidos de ideas basadas en hechos reales.

Este domingo, los autores y sus padres fueron a Medellín (muchos por primera vez en la ciudad) a presentar su libro. Otilia Jaramillo Jaramillo quien con su hija Alejandra y su nieto Kevin salió en el bus llegó justamente a verlos al lado de los grandes autores que se presentan en este evento literario. Otilia no terminó el colegio, es ama de casa como la mayoría de las mujeres en esta vereda y hoy, con el proceso de la Casita rural está decidida a apoyar a los niños de su familia para que lleguen a la universidad.
 

Daissy Pérez y Lina Rada con los ‘escritores’ de Silvestre. © YENNIFER ARISTIZÁBAL


 

Así nació la Casita Rural

Diana Londoño, desde muy niña tuvo dos casas: una en la ciudad y otra en el campo. Todos los viernes salía desde su casa en Simón Bolívar, en Itagüí, al sur del Valle de Aburrá, para San Vicente Ferrer un pequeño municipio del oriente de Antioquia donde pasó los fines de semana con su familia y sus amigos de la vereda.

Actualmente, Diana vive en Holanda. Allí hizo un doctorado en agricultura y actualmente trabaja con semillas de zanahoria. Ella sí pudo seguir estudiando, mientras sus amigos de infancia de la vereda llegaron apenas hasta quinto de primaria. “Vi cómo yo pude seguir y ellos se quedaron ahí. Y eso no quiere decir que no tuvieran ganas de hacer otras cosas…”, explica Diana.

En aquel entonces, mientras Diana estudiaba primaria y secundaria, no era consciente de la diferencia que tenía con sus amigos de La Porquera: Ella estudiaba y sus padres tenían claro que seguiría estudiando y que seguramente llegaría a la universidad. Sin embargo, sus vecinos no tenían las mismas perspectivas de futuro.

“Yo me sentía igual a ellos, pero llegó un momento, cuando entré a la universidad, que percibí una distancia muy grande”, comenta Diana y asegura que, a los 17 años, cuando empezó su etapa universitaria, sintió que entre ellos hubo una ruptura definitiva en la que solo alcanzaban un saludo.

“Yo seguía viendo pasar niños y yo quería que ellos tuvieran un espacio donde se encontraran, tuvieran la posibilidad de conectarse y crecer juntos”, relata esta mujer de 37 años que, desde la distancia facilita la labor de la Casita Rural, una iniciativa que empezó desde hace 5 años y que hoy realiza en compañía de otros nueve profesionales, como Daissy, que donan su tiempo al servicio de los niños de la vereda, algunos hijos de los amigos de infancia de Diana.
 

La Casita Rural se ha convertido en un espacio para que los niños compartan y aprendan fuera de la escuela. © YENNIFER ARISTIZÁBAL


 

Aunque La Casita Rural nació como una idea abstracta de un espacio donde los niños pudieran compartir, alrededor de los libros, se ha convertido en un complemento ideal de la educación que reciben en la escuela. “Ellos allí están concentrados en lo que dicen las cartillas, en lo que alguien diseña para ellos y deciden que deben aprender”, expresa Diana y critica que el modelo de aprendizaje que se plantea desde el Gobierno Nacional además de ser conductista está descontextualizado y no tiene en cuenta las necesidades individuales de los niños.

“Una sola maestra les enseña a los niños de todas las edades. Nosotros intentamos generar espacios para hacer lo que ella no alcanza a hacer en la escuela”, dice Londoño, y agrega que valora lo que se logra en la escuela local donde con pocos recursos económicos y profesionales se atiende la educación de 25 niños.

Los casi 30 niños que asisten a los talleres de lectoescritura, danza, tejido y coro de la Casita Rural han escuchado música irlandesa, han conocido profesionales que cuidan pingüinos en la Antártida y es este contacto con los libros, la gente y el arte, lo que les permiten vislumbrar otras opciones de vida.

La casita. © LINA RADA


Esta biblioteca aún no cuenta con recursos de ninguna institución, “yo creo que ha sido mejor así porque eso nos da la oportunidad de demostrar que esto no cuesta tanto”, afirma Diana quien asegura que la Casita se ha sostenido gracias al aporte solidario de amigos profesionales que conocen el proceso a través de las cartas que Diana les envía y se enamoran de lo que se ha construido.

En medio de historias donde habla de lo que allí sucede –sin nombres propios- está clara la idea de que “tener o no tener dinero o el lugar donde naciste no debería determinar hasta dónde puedes llegar tú. No poder entender o no poder leer les limita pasar el examen de ingreso a la universidad”.

Desde la distancia esta investigadora ha visto, con mayor claridad que, “el camino más corto para disminuir la pobreza rural es el trabajo con los niños”. En Bélgica ha podido ver cómo todos los niños reciben la misma educación pública, independientemente de su posición económica, allí las bases son las mismas y la educación básica no es un obstáculo para llegar a la universidad y desarrollarse profesionalmente. Los niños rurales no crecen sintiendo que tienen menos oportunidades que quienes viven en la ciudad.


POR: Yénifer Aristizabal | Editora en Antioquia

@YenAristizabal


 


 

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