enero 24 de 2018

El trabajo comunitario, la herramienta para reconstruir el tejido social

Por: Clara Amada Rosero

Para que cualquier ‘intervención’ social sea exitosa, o por lo menos se vean avances, hay que tener en cuenta que los protagonistas de los procesos son los miembros de la comunidad intervenida. Es por ello que resulta imprescindible fortalecer la escucha, pues esta es la verdadera forma de resolver los problemas de quienes han sufrido los impactos de la guerra.

Si bien entendemos a la comunidad como un colectivo, aquí convergen personas que, aunque comparten un mismo territorio, tienen situaciones personales, familiares y necesidades insatisfechas diversas que, al no ser tratadas, con el paso del tiempo se van naturalizando y afectan directamente a la sociedad, más aún si se trata de situaciones adversas repetitivas que se van sumando.

Por esto, el trabajo comunitario implica, primero, atender a la persona en su naturaleza individual, proporcionándole opciones de superar sus dificultades, lo cual garantiza la reconstrucción del tejido social, pues cuando las personas aportan lo mejor de sí, contribuyen a su entorno. Luego de esta etapa individual, la comunidad debe ser escuchada para que entre todos proporcionen las soluciones a sus problemáticas, pues son ellos quienes conocen el origen y centro de las mismas.

Un buen trabajo comunitario abre la participación activa de las familias, iglesias, organizaciones y asociaciones de un territorio, para una escucha con respeto de sus creencias, costumbres y hábitos; pero sobre todo de la solución que han visualizado. Por eso es tan importante generar espacios donde puedan manifestar de manera espontánea lo que creen que se puede lograr, a qué se comprometen y qué esperan de quien está aportando la ayuda, indistintamente de su índole.

El trabajo comunitario nos hace sensibles, pues humaniza cada situación, al permitirnos ver que cada acción de una persona tiene una raíz que, si no se revisa con la atención y el respeto que merece, no llevará a la esperada paz, ya que los actos de cada individuo afectan su entorno familiar, comunitario y de país, que finalmente es el territorio de todos.

 

POR CLARA AMADA ROSERO |

Co-fundadora de la Fundación Amada Transforma con Amor

 

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