La vida de Filandia desde los ojos de tres de sus habitantes

abril 17 de 2019

Aderezadas con la tradicional arquitectura paisa, los aromas a café, los balcones de colores y la calidez de la gente, se tejen a diario cientos de historias en las calles de Filandia, Quindío. Tres rostros de un pueblo que se refundió en el tiempo y que, quizá por eso, es uno de los más turísticos del Eje Cafetero .

La vida de Filandia desde los ojos de tres de sus habitantes

| Filandia es un pintoresco pueblo en Quindío cuya arquitectura es muestra selecta de la colonización antioqueña. | Por: Jhon Barros - Semana Rural


Por: SEMANA RURAL
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El filandeño pionero de los minicarros

En una de las esquinas del parque central de Filandia, diagonal a la iglesia María Inmaculada, cuatro minicarros esperan desde temprano a los turistas -sobre todo a los más pequeños- para hacer recorridos cortos por las calles del pueblo. Cada uno derrocha color: azul, rojo, verde... Incluso, hay uno con el tricolor nacional.

Estos 'jeeps' miniatura, a los que solo pueden subirse menores de 12 años, y que carecen de motor y combustible, son empujados por sus propios dueños, hombres que sin excepción superan el medio centenar de años.

Uno de ellos es el dueño de 'Azulejo', Pedro Nel Quintero, un filandeño de 65 años que asegura ser el inventor del negocio, que hoy funciona en todo el Eje Cafetero. “Empecé en 1995, luego de trabajar con una 'minichiva' que me diseñó mi hermano. Cuando se acabó el trabajo, le pedí que me hiciera un carrito, el 'Azulejo', para pasear a los niños en Filandia”, cuenta en un momento de descanso a la sombra de uno de los árboles del parque.


 

Pedro Nel dice que él fundó el negocio, que es un atractivo infantil no solo en Quindío, sino también en Risaralda y Antioquia. Jhon Barros - Semana Rural



Según este montañero de piel morena, cabello blanco y con sombrero aguadeño, su idea de los minicarros ha sido replicada en todo el departamento y en ciudades como Pereira y Medellín. “Me copiaron porque es algo novedoso, genera ingresos y turismo y hace felices a los niños”, dice.

Entre semana, el parque central también es el sitio de trabajo de Pedro Nel, pero en un puesto improvisado de dulces, cigarrillos y bananitas. Asegura que ambas actividades le han permitido mantenerse económicamente en los 12 años que lleva viviendo solo.

“Tengo cuatro hijos, pero ya están grandes y son independientes; menos la menor, que vive con la mamá. Por el negocio de los carritos tengo un estado físico que envidiaría la mayoría de jóvenes. Camino arriando al 'Azulejo' todos los sábados y domingos, lo que permite sudar mucho”.


 


 

 



«Me copiaron porque es algo novedoso, genera ingresos y turismo y hace felices a los niños»

Pedro Nel Quintero


 


A cada carrito le caben dos niños. El trayecto por persona es de  2 mil pesos, y dura aproximadamente cinco minutos. Pedro Nel no le teme a la competencia, ya que desde hace una década acordó con los otros tres dueños de los minicarros seguir un reglamento, que incluye que nadie nuevo puede llegar a invadirlos.

A las 8 de la noche, el Azulejo descansa en un parqueadero cercano al parque. No necesita mecánico para su mantenimiento, ya que Pedro Nel conoce la actividad. “Solo hay que pulirle la pintura, revisar su engranaje para que ruede y de vez en cuanto cambiarle las llantas”.

Como todo paisa, este conductor de minicarros promociona su tierra con orgullo. “Filandia es una belleza. Tenemos un mirador muy lindo, los mejores restaurantes y buenos hoteles, que tienen capacidad para 300 personas. El que viene acá queda con el antojo de volver”.

 

La magia de la gelatina de pata


Consuelo Aguirre, filandeña y madre de seis hijos, es la encargada de deleitar los paladares de los turistas que visitan los municipios del Quindío con su gelatina de pata res, un postre cuya elaboración es todo un arte.


 

Consuelo y su hijo son hábiles para convertir la mezcla que preparan previamente en una apetitosa melcocha blanca. © Jhon Barros - Semana Rural.



Los sábados, domingos y festivos, Consuelo, con un delantal y una cachucha de color blanco, llega a los parques de los pueblos con un balde repleto de jalea negra, una mezcla de pata, panela, esencias y nuez moscada que prepara en su casa en Armenia. Uno de sus hijos, el menor, le ayuda a cargar la mesita donde exhibe su producto, un palo de madera en forma de L y una cabuya.

En las varillas de alguna carpa o poste, amarra el palo con la cabuya, para luego empezar a amasar sobre él la oscura jalea hasta convertirla en una provocativa melcocha blanca, la cual ablanda aplicando chorritos de agua.

En Filandia, Consuelo siempre ubica su improvisado puesto en una carpa de venta de dulces al lado de la iglesia del parque central, sitio que es visitado por los feligreses que salen de la iglesia. Los visitantes quedan impresionados con la fuerza y la magia de los brazos de esta mujer de 50 años, los cuales, en cuestión de minutos, transforman lo negro en blanco.

Mientras amasa, un proceso que realiza durante todo el día, ofrece pruebitas gratis y muestra con orgullo como una melaza, desagradable a la vista, se puede convertir en un manjar. “En mi casa cocino la pata y luego le quito los huesos y el aceite. De inmediato la licúo y le echo panela, lo que arroja un tipo de melaza de color morado oscuro. La dejo reposar en un balde, el cual es el que llevó a los pueblos”, asegura.

 


«El vasito cuesta solo 2 mil pesos, pero a veces me dan más cuando les explico todo el paso a paso»

Consuelo Aguirre


 


Consuelo nunca descansa de este proceso. “Entre semana voy a alguno de los colegios de Armenia o de Filandia a vender gelatina de pata res. Gracias a Dios siempre regreso a casa con el balde vacío”. Su negocio es tan fructífero que le permite pagar arriendo, servicios y las cuotas mensuales de los colegios de sus seis hijos, de los cuales el más pequeño tiene 10 años. “Con esto mantengo sola a mis hijos. A la gente le fascina este manjar, en especial a los niños. El vasito cuesta solo 2 mil pesos, pero a veces me dan más cuando les explico todo el paso a paso”.


Aunque vive desde un año en Armenia, anhela regresar a la tierra que la vio nacer. “Estoy muy aburrida allá, no me gusta esa ciudad. Hay mucha maldad, inseguridad y vicio. Es una vida muy dura, pero decidí irme para allá por el colegio de mis hijos. Filandia es muy sano, acá no se ve nada de eso y quiero que ellos vivan así, en paz y felices”.
 

La casa de las antigüedades


Hace cinco años, José Jair Restrepo, un octogenario que durante toda su vida ha coleccionado antigüedades y chucherías, decidió abandonar Bogotá y regresar a vivir a Filandia, su pueblo natal, en compañía de su señora.

 

José Jair Restrepo regresó a Filandia extrañando la tranquilidad y el sosiego de dicha población. © Jhon Barros - Semana Rural.



Con sus hijos ya grandes, profesionales y organizados, don José volvió al sitio de sus raíces quindianas con el único propósito de montar un negocio propio que lo mantiene ocupado y entretenido: una compraventa de antigüedades.

“Siempre he sido un gran coleccionista de antigüedades. Por eso, además de arreglar cosas como relojes, decidí montar un trueque de estos artefactos en mi casa, la cual tengo desde que me casé con mi señora. Lo mejor es que no pago arriendo”, dice.

Don José vive a dos cuadras del parque central, distancia que no impide que los turistas lleguen durante toda la semana. “Personas de Bogotá, Medellín, Cali, Pereira y algunos extranjeros vienen todo el tiempo a comprar o a vender antigüedades, entre las que se destacan máquinas registradoras, radiolas antiguas, planchas, máquinas de coser, teléfonos y cámaras. Ya tengo que comprar más chucherías”, narra entre risas.

Mientras juega damas chinas con uno de sus amigos, don José recuerda que siempre quiso regresar a su pueblo. “Nos fuimos a Bogotá para que mis hijos tuvieran una mejor educación y más oportunidades de trabajo. Con el logro ya cumplido, mi señora y yo decidimos pasar nuestra vejez en calma, en nuestro pueblo y con nuestros amigos”.

Entre los productos más costosos está una cama de cobre, que cuesta 500 mil pesos. Entre tanto, lo más económico son las cerca de 600 tejas de barro antiguas, cada una con un precio de 800 pesos. “El local nunca queda desocupado. Siempre viene gente con cosas o mirar qué ha llegado nuevo. Traigo mercancía de otras partes. Mis hijos, cuando me visitan, siempre me traen algo”.


 

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Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.