Bebé de seis meses, primer caso de coronavirus en Tumaco

marzo 31 de 2020

El virus llega a un municipio sin respiradores, con un sistema de salud colapsado y un hospital quebrado por la corrupción. “Todo el mundo está con un temor impresionante, acá no hay condiciones para enfrentar esto”, dice sacerdote de la población.

Bebé de seis meses, primer caso de coronavirus en Tumaco

| En Chocó solo hay aproximadamente 27 camas para atender más de 500.000 personas | Por: Matts Olsson


Por: Camilo Alzate


 

“El sistema de salud acá es totalmente frágil, estoy rogando a Dios que no vaya a llegar el primer caso porque nos morimos todos”, dice el sacerdote Arnulfo Mina, un conocido líder comunitario de Tumaco, mientras entrega mercados a familias vulnerables del puerto para que afronten la cuarentena. El temor del religioso se hizo realidad hoy, pues el municipio de Nariño registró el primer caso de covid 19, un niño de 6 meses.

 

Conversamos con el padre Mina por teléfono. La entrevista se interrumpe varias veces mientras él saluda los conocidos que se acercan para recibir las ayudas, que fueron viabilizadas en el marco de un programa conjunto de la Universidad Nacional y la Gobernación de Nariño. “Lo que se está haciendo es muy poco, se está tratando de fortalecer el Hospital Divino Niño -asegura Mina-, en la Isla la única esperanza que hay es que se habilite dónde estaba el antiguo Seguro Social para atender a los enfermos”.

 

Cuando el gobierno anunció que adelantaría los pagos de subsidios sociales y ayudas a familias de estratos bajos para que afrontaran la cuarentena, no contaba con que aquello iba a producir aglomeraciones y turbas que, paradójicamente, contravienen todas las recomendaciones de distanciamiento social tan pregonadas por la Organización Mundial de la Salud. “Por el pago de los ancianos mucha gente está cobrando en los bancos” cuenta un cooperante internacional que vive en Tumaco y que prefiere que su nombre no sea citado. “Acá no es que vaya a colapsar el sistema de salud, es que ya colapsó. No hay salud. Toda esta crisis lo que manifiesta es la inequidad y la injusticia, hospitales que no funcionan, sin capacidad. ¿Por qué en Bogotá si tienen respiradores y aquí no?” insiste este cooperante, quien confirma lo que fuentes institucionales ya han señalado antes: no hay un solo respirador artificial en Tumaco para tratar a los pacientes que se agravarían por el coronavirus.

 

Tumaco, con más de 200.000 habitantes, es una de las ciudades con mayor densidad de población del país. Sus índices de pobreza aterran (dos terceras partes de la población tienen las necesidades básicas insatisfechas, según el Departamento de Planeación Nacional). La precaria infraestructura del puerto no sólo atendiende a su gente, también cubre ocho municipios más de la costa nariñense que dependen del hospital San Andrés, de segundo nivel, y del Hospital Divino Niño, de primer nivel, este último intervenido por el gobierno central después de una crisis crónica de corrupción que lo llevó a la quiebra.

 

“Esta crisis nos muestra el comportamiento histórico que ha tenido Tumaco y el andén del Pacífico”, afirma Dora Vargas, una lideresa local que ha trabajado antes con la Pastoral Social atendiendo a las comunidades más vulnerables. “Ahora es más visible y se le presta atención, pero es un tema crónico desde hace muchos años”. La mayoría de barrios del puerto no tienen servicio de agua corriente y el acueducto sólo funciona cada dos o tres semanas. En barrios como Viento Libre, Panamá o Morrito la gente ni siquiera está conectada al acueducto y debe cavar pozos o aljibes para sacar agua del subsuelo.

 

 

Danny  arregla el bocachico que llegó esta mañana al malecón de Quibdó. Llevaba cinco días sin salir de su casa por la cuarentena impuesta en la ciudad, pero  se vió obligada a hacerlo por temas económicos, dice.   

© Matts Olsson

Y lo peor no va a ser el virus, según coinciden todas las fuentes, sino las consecuencias económicas de la cuarentena. Se calcula, por ejemplo, que en Tumaco alrededor de 4.000 personas trabajan en el mototaxismo. “Eso es doloroso, son muchas las personas que sobreviven del rebusque, de la venta de minutos, de la venta de empanadas, de la venta de jugos en la calle, cocadas, pescado frito, los coteros” insiste Dora Vargas, “de ellos nadie habla porque son invisibles. Toda esa gente está pasando una situación muy difícil para conseguir la alimentación”.

 

Paola Gómez, de la secretaría de gobierno, confirmó extraoficialmente que aún no hay ningún caso positivo en el puerto y que, en efecto, la alcaldía ha tenido problemas para controlar las aglomeraciones de gente que ha salido a cobrar los subsidios del gobierno. En una rueda de prensa el 15 de marzo Emilsen Ángulo decretó medidas urgentes y solicitó colaboración del gobierno central para cerrar los pasos fronterizos con el Ecuador, especialmente el de Puerto Palma, donde se calcula que cruzan cada día entre 200 y 500 personas. Gómez confirmó que el ejército ya está controlando Puerto Palma, pero eso no garantiza que el virus no vaya a cruzar la frontera: “la frontera es muy grande, se logra controlar algunos puntos, pero la gente llega por agua, por caminos, por esteros”.

 

 

 

La situación de Tumaco, que no es diferente a la de todo el litoral Pacífico, revela un problema estructural de inversión social y ausencia en la práctica de derechos económicos, ambientales y sociales para estas comunidades. Las medidas radicales de aislamiento social e higiene preventiva parecen ridículas en poblaciones donde grandes masas de población viven hacinadas en barrios de palafitos sin agua y luz y dependen de la pesca, el comercio callejero o el rebusque para comer cada día.

 

En Buenaventura el desempleo crónico y la informalidad provocaron que “la gente saliera en masa a cobrar las ayudas del gobierno”, según indica el defensor de derechos humanos Adriel Ruíz. La gente no estaba respetando la cuarentena y eso obligó al alcalde Víctor Vidal a tomar medidas más drásticas como limitar la actividad en la terminal de transporte y la salida de barcos de cabotaje hacia otros lugares de la costa. Pero esto ya está provocando desabastecimiento en pueblos del litoral caucano y chocoano cuyos flujos comerciales dependen de Buenaventura.

 

 

Yaneth Caicedo Perea, Madre cabeza de hogar haciendo fila en la carrera primera, en su día "pico y cédula” para hacer las compras de la semana en Quibdó.  © Matts Olsson

 

“Muchas instituciones estatales cerraron, sólo funcionan las que tienen que atender situaciones de urgencia” relata Héctor Micolta, de la Comisión Interétnica de la Verdad en Buenaventura, “lamentablemente hay muchas personas que no acatan la cuarentena, como los mototaxistas. Mucha gente de estratos uno y dos no tienen alimentos en casa, se desesperan y salen a la calle a buscar cómo sobrevivir”.

 

En Guapi, epicentro de la costa caucana, el comercio sólo está funcionando entre las 7 y las 10 de la mañana, a esto se suman los problemas crónicos con el fluido eléctrico y el servicio de agua que sólo llega una hora cada dos días. “El hospital no cuenta con insumos para la toma de aspirado nasofarigeo y el hisopado con el que se hacen las muestras” asegura Orlando Pantoja, un representante de los Concejos Comunitarios locales. “Los kit aparentemente están agotados en el país para dicha toma de muestras y acá se habla de acondicionar la zona de pediatría para posibles casos de covid-19, que tiene 5 a 6 camas”. Guapi cubre a Iscuandé, un municipio de Nariño, y a López de Micay y Timbiquí en el Cauca. No obstante, allí tampoco hay ningún respirador artificial y los pacientes graves tendrían que trasladarse en lancha a Buenaventura.

 

Chocó: entre el acatamiento y el miedo

 

Por las tardes los vecinos de Quibdó entablan largas partidas de bingo gritando los números desde las ventanas para evitar el contacto físico. La mayoría de la población ha acogido el llamado a la cuarentena del gobierno central, pero sobre todo han acogido los llamados que hizo la iglesia, que goza de un gran reconocimiento entre los chocoanos. El transporte fluvial por el río Atrato está detenido y también el servicio de busetas en la ciudad.

 

Y aunque hasta ahora la gente ha podido abastecerse con normalidad, Neilder Caldera, del supermercado Mecamés dice que ya hay desabastecimiento. “Logró entrar un pedido grande de arroz, pero otros alimentos como panela y huevos, que vienen de Medellín y Pereira, llevan diez días sin llegar y además los precios desde antes iban al alza” asegura este comerciante. “El transporte está teniendo problemas, uno llama a los proveedores y ellos dicen que no han logrado el transportador. Están muy demoradas las entregas de los pedidos”.

 

La diócesis de Quibdó se adelantó a las medidas decretadas por el gobierno nacional y desde antes del decreto oficial dio instrucciones a los equipos misioneros para que cancelaran todas las actividades presenciales, evitaran aglomeraciones y empezaran misas por Facebook Live. Adicionalmente, en muchos pueblos y caseríos son los equipos de la iglesia quienes prestan servicios comunitarios de salud, por eso desde la Pastoral de la Salud se “enviaron directrices a los coordinadores en las comunidades para que incentivaran el aislamiento de la gente, que eviten venir a Quibdó o a centros poblados a no ser que sea estrictamente necesario” asegura el médico Feliciano Moreno, coordinador de la Pastoral. “No es un secreto que en el Chocó nunca hemos tenido condiciones para atender ni siquiera las situaciones mínimas, y claro, ahora con esta crisis se hace más evidente. El 70% de las personas viven del rebusque, no tienen condiciones para quedarse en sus casas, no es que lo justifique, pero hay un condicionante social. No tenemos cómo enfrentarnos a la magnitud de este problema. El Chocó no tiene hospital de tercer nivel” concluye Moreno.

 

Moreno asegura que sólo hay 14 camas en Unidades de Cuidados Intensivos con ventiladores para todo el Chocó, otras fuentes sostienen que son 20, pero en ambos casos serían insuficientes para cubrir una población de más de 500.000 habitantes. “Todo el mundo está con un temor impresionante, acá no hay condiciones para enfrentar esto” dice el sacerdote Jhonny Milton Córdoba, reconocido por su trabajo con las comunidades más pobres de la zona norte de Quibdó. El Hospital San Francisco de Asís, el único de segundo nivel en el departamento, lleva años en una crisis económica que lo tiene al borde de la ruina.

 

Muchos esperan que el panorama desolador del coronavirus en el Pacífico sirva para denunciar los problemas estructurales de la región más pobre y abandonada del país. Después de todo, como opina Dora Vargas, lo más nefasto no son las epidemias transitorias, sino la pobreza estructural que hace vulnerable a la población: “la gente ha sobrevivido a todas las situaciones históricas, ahora la crisis de alimentación se va a complicar, pero creo que la gente lo va a sobrellevar, las dificultades han estado siempre”.

 

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