diciembre 28 de 2020

Un fin de año atípico

Por: Haidy Sánchez Mattsson

Uno anda día a día, pasando páginas lentamente, con ganas de volver a hacer planes a corto y mediano plazo, así como antes. Ganas no faltan de cerrar los ojos y despertar de una vez por todas de esta pesadilla de la pandemia. Ni en taquilleras películas de terror de Hollywood se han contemplado escenas de tal calibre. Hace ya casi un año que la covid-19 arribó a nuestra cotidianidad, a nuestras ciudades y campos, llenándonos de nostalgias, anhelos, esperanzas y desesperanzas.

 

Un 2020 con déficit en el tejido económico, social y laboral; un panorama nada fácil de sobrellevar. Y si a este escenario se le suma el dolor y el cansancio emocional que muchos han experimentado a causa de pérdidas de seres queridos bien por covid-19, asesinatos o en masacres principalmente en nuestras zonas rurales; no sobra mencionar que este año es uno de esos que no muchos quisieran recordar.

 

Ciertamente la crisis económica impacta las actividades de estas épocas de fin de año; también la creciente inseguridad que hemos venido viviendo prácticamente en todo el territorio nacional, la aparición de la nueva cepa de coronavirus en Reino Unido y las constantes tensiones sociales ocasionando miedos, ansiedades, desequilibrio y una creciente carga psicoemocional que deteriora el bienestar emocional de todos nosotros. En este orden de ideas... ¿Existe el riesgo de que la tradición decembrina se vea afectada?

 

Indiscutiblemente estas situaciones causan mucha inestabilidad, nos estresan; y para nadie es un secreto que  nos recuerdan realidades. Nos evocan sentimientos de inconformidad y desasosiego, empañando así el desarrollo normal de las actividades y tradición decembrina.

 

Ahora bien, es bueno recordar, que a pesar de que estemos viviendo una de las crisis más grandes que la humanidad ha vivido por mucho tiempo; gracias a nuestro aparato psíquico, todos tenemos capacidad para gestionar  y  afrontar emociones y volvernos resilientes ante las dificultades.

 

 

La capacidad resiliente de nosotros los colombianos es grande. Históricamente somos resilientes y resistentes y quiero resaltar aún más la resiliencia de nuestra población rural. Población que ha sido vulnerada por décadas a causa de la violencia, el conflicto armado y el abandono del Estado.

 

A la  población rural colombiana se le vaticinó, más que a la urbana, poder hacerle frente al confinamiento; pero al contrario a esto, algunos análisis nos muestran otras cosas. Por ejemplo, según el análisis sobre los posibles efectos de la covid 19 en el empleo rural, la tendencia no fue la esperada. En eso coinciden Rimisp (Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural) y Fida (Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola), que exponen una tendencia decreciente tanto en la participación como en la ocupación de las personas de zonas rurales: indicadores como la inactividad y el desempleo sobresalen.

 

Para febrero del 2020 existía una moderada recuperación del empleo en el área urbana, pero se mantenía el deterioro en el área rural, debido, principalmente, a la caída del empleo agropecuario. Se arrojan datos que demuestran que el confinamiento entre marzo y julio del 2020 tuvo efectos negativos y significativos en el mercado laboral rural colombiano, análisis que nos llevan a comprender que la pandemia ha desmejorado el panorama económico rural.

 

Y las dificultades han seguido para gran parte de trabajadores del campo. En meses recientes, tanto medios de comunicación tradicionales como redes sociales han mostrado las odiseas que agricultores han tenido que pasar para sacar de sus fincas sus cosechas, cómo a algunos les toca dejar sus productos a la intemperie porque o no les pagan el valor adecuado o no tienen acceso a las distribuidoras. Esas situaciones ocasionan estrés: alteraciones del sueño, palpitaciones, la presión arterial sube y no hay tranquilidad.

 

Sin embargo, hay que decirlo, un año tan “anormal” como este 2020; que nos ha mostrado en blanco y negro la vulnerabilidad de la condición humana;  también nos ha traído aprendizajes. Uno de ellos, es por ejemplo que nada es estático en la vida  y que todo puede cambiar e irse de la noche a la mañana.

 

Estas enseñanzas nos exigen una pausa en el camino y ponernos a  repensar ¿cómo queremos terminar el fin de año? Se me ocurre que podríamos hacer la tarea de ver la función que cumplen las celebraciones en nuestras vidas,  en nuestro bienestar personal y entonces  decidirnos a celebrar, compartir y vivir el aquí y el ahora y verle la mejor cara a toda esta “anormalidad”.

 

Hagamos un recorrido mental de lo que han sido estos últimos 10 meses, saquemos un balance, enfoquémonos en lo mejor y soltemos lo peor. Me atrevo a decir que lo mejor de este año es que por suerte aún estamos vivos; y como he escrito  antes; dejemos las angustias y ansiedades en cuarentena y démosle apertura al sentirnos bien, a la esperanza; así, con todo y lo atípico de este año.

 


*Haidy Sánchez Mattsson es psicóloga clínica de niños, adolescentes y adultos. Investigadora en salud mental y trastornos del Neurodesarrollo


 


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.


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