mayo 21 de 2020

Un giro necesario y urgente al desarrollo rural en Colombia

Por: Pablo Catatumbo

Se estima que 821 millones de personas en el mundo se encontraban en estado de desnutrición entre los años 2016 y 2018. La carencia en el acceso a alimentos causa casi el 45% de las muertes en niños menores de cinco años. En el caso de Colombia, según la Encuesta Nacional de Situación Nutricional, se estima que el 54% de los hogares no tienen asegurada su alimentación, 560.000 niños y niñas menores de 5 años padecen de desnutrición crónica y 15.600 niños y niñas menores de 5 años padecen desnutrición aguda severa.


Estas cifras, que por sí ya son alarmantes, nos llevan a reflexionar sobre la situación sin precedentes que nos ha impuesto la proliferación del COVID 19 respecto a nuestro Sistema Alimentario 1 y su impacto en el sector de la economía informal, trabajadores migrantes, las personas de escasos recursos que viven en las ciudades y otros grupos vulnerables. En este escenario los más afectados serán los segmentos más pobres y vulnerables de la población.


Uno de los eslabones para suplir el abastecimiento de alimentos en el país se encuentra la producción agropecuaria. Como lo hemos advertido en repetidas ocasiones: el enfoque sobre el desarrollo rural ha privilegiado a la gran producción agroindustrial y la ganadería extensiva, dejando rezagada la producción de alimentos. Situación que se ha advertido como riesgosa para la soberanía alimentaria del país y que en situaciones como las que hoy vivimos nos coloca en evidente vulnerabilidad.


Me explico: Según el Censo Nacional Agropecuario de 2014 de las 42.1 millones de hectáreas para uso agropecuario 34.4 millones se dedican para la ganadería y solo 8,6 millones para agricultura. De las 8.6 millones utilizadas para agricultura, 5,3 millones son cultivos permanentes y solo 1,2 millones son transitorios que corresponden a la producción campesina y comunitaria que hoy abastece de alimentos al país.


Situación que se desprende de la alta concentración de la tierra. De acuerdo al Censo Nacional Agropecuario 2014, las Unidades de Producción Agropecuaria -UPA- que de menos de 5 hectáreas son el 70.4% del total y ocupan tan solo el 2% del área rural dispersa censada (2.160.347 ha), cuando, por su parte, el 0.2% de las UPA, que son extensiones de 1000 o más hectáreas, ocupan el 73.8% del área rural dispersa. El problema no queda ahí: muchas de estas grandes extensiones no son productivas, son tierras dedicadas a la especulación, mientras las pequeñas fincas de campesinas y campesinos son altamente productivas como lo han demostrado estudios como los de Albert Berry.


A esta situación se suma que las importaciones de alimentos superan las exportaciones. Otro riesgo más. Entre los años 2000 y 2015 las exportaciones de alimentos crecieron en un 4.8% mientras que las importaciones lo hicieron en un 107%, lo que representa 4.2 millones de toneladas exportadas y 11,4 millones de toneladas importadas.


La realidad en la que transita al vida nacional y planetaria nos exige reflexionar como especie y en particular como país. No podemos echar en saco roto la oportunidad de redireccionar el camino. Para el caso particular que nos ocupa, el del desarrollo rural de nuestro país, es imprescindible el cambio de enfoque. La apuesta debe ser la garantía de la soberanía alimentaria que sustenta sus bases en la implementación efectiva de la Reforma Rural Integral.


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.


 

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Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.