Una campesina de Guamal, la esperanza para las personas en condición de discapacidad de su región

junio 01 de 2021

Luego de cuatro años sin poder levantarse a causa de una enfermedad autoinmune, Ana Yesmid Saldarriaga logró volver a caminar. Hoy dirige una asociación que les devuelve las ganas de vivir a decenas de personas.

Una campesina de Guamal, la esperanza para las personas en condición de discapacidad de su región

| En la asociación hay niños, jóvenes y adultos mayores con discapacidad auditiva, visual, física y hasta con discapacidades cognitivas. | Por:


Por: Mateo Medina Abad
@teomedinabad

Era una persona alentada hasta que un día me fui a dormir y amanecí parapléjica”. Así describe Ana Yesmid Saldarriaga el momento en el que por primera vez vio los efectos del síndrome Guillain Barré en su cuerpo.  Durante cinco años estuvo postrada en una cama luchando contra una condición en la que el sistema inmunitario ataca los nervios hasta paralizar todo su cuerpo. Cuando fue diagnosticada, tenía 41 años, cuatro hijos y una familia que alimentar. 

 

Su esposo no la dejaba sola ni un minuto en el hospital, mientras sus dos hijos mayores se dedicaron a cuidar a sus hermanos. Entre tanto, acostada y sin poder hablar, Ana luchaba contra su cuerpo, como rogando que volviera a obedecer. “Es tener paciencia hasta que sus articulaciones se vuelvan a despertar”, escuchaba repetir a los médicos repetir una y otra vez. 

 

Por la enfermedad pasó de levantarse temprano a cuidar a sus hijos, y a trabajar su tierra en Guamal (Meta), a que la bañaran, cargaran y vistieran. “Vivían por uno”, recuerda Ana. Pasaron las fechas, varios cumpleaños y nada cambiaba. Hasta que su mente le ganó a su cuerpo. Estuvo primero en una silla de ruedas, pero no era suficiente para ella. “Yo nací caminando”, se repetía todos los días. 

 

Luego, tras muchas cirugías, se levantó de la silla. Pasó por una caminadora y varias muletas, hasta que sus pies tocaron el suelo de nuevo: Ana volvió a caminar. Han transcurrido ocho años desde que la diagnosticaron con Guillain Barré. Su cadera y sus piernas ahora dependen de varias prótesis que han reemplazado sus huesos. Desde entonces su vida ha tenido un propósito: cambiar la vida de las personas en condición de discapacidad en Guamal, su casa.

 

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“No me puedo quedar quieta, soy de las que van pa’lante.  Mi medicina es mi gente”, dice Ana.

© Cortesía Ana Yesmid Saldarriaga


Allí con la Asociación Rompiendo Barreras con Lazos de Amor, de la que es representante legal, Ana ha luchado sin descanso por construir un municipio donde estar en condición de discapacidad no sea un impedimento para vivir dignamente. Las personas en condición de discapacidad estamos abandonadas, por eso fue que decidimos unirnos para trabajar como un colectivo”, dice. 

 

En la asociación hay niños, jóvenes y adultos mayores con discapacidad auditiva, visual, física y hasta con discapacidades cognitivas. También agrupa a madres cuidadoras quienes tienen que hacerse cargo del tratamiento de sus hijos, mientras luchan por mantener un trabajo para alimentarnos, y a víctimas de la violencia en condición de discapacidad que llegaron a Guamal buscando oportunidades. “Nuestro sueño desde el principio era tener un lugar donde pudiéramos estar todos. Pudiésemos tener un apoyo, capacitarnos y de la misma forma tener los insumos necesarios para paliar nuestras discapacidades”,explica Ana.

 

Con pocos recursos, la asociación ha trabajado desde 2015 con personas en condición de discapacidad en Guamal. Desde interponer tutelas para tratamientos médicos o medicinas, hasta capacitarlas en labores básicas del campo y el emprendimiento. Es una lucha que han hecho a paso de muleta con la que han podido construir espacios para los 70 asociados y las casi 500 personas en condición de discapacidad del municipio.


Había cientos de personas que querían y necesitaban una voz de aliento. Una persona que les mostrara que era posible vivir con una discapacidad. Yo siempre les repito que si yo me paré todos podíamos salir adelante también”, dice Ana con suavidad, suspirando de cansancio. Su trabajo se ha multiplicado desde hace un año, cuando el convenio de Ecopetrol con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) los vinculó a la Red de Abastecimiento del Meta.
 

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En la asociación hay niños, jóvenes y adultos mayores con discapacidad auditiva, visual, física y hasta con discapacidades cognitivas.

© Cortesía Ana Yesmid Saldarriaga


Esta región es una despensa agrícola y pecuaria del país, pero a pesar de que casi 9 toneladas de productos frescos y animales vivos de la región se llevan a Bogotá, muy el consumo interno es poco. Por esto los productores cultivan a pérdidas, pues sus cosechas son vendidas a una cadena de intermediarios que pagan poco.

 

Para Rompiendo Barreras, la situación era más compleja, pues por los impedimentos físicos, el transporte de sus productos, así como su cosecha, requerían el doble de esfuerzo. Fue entonces cuando la asociación recibió la ayuda de la FAO, que la vinculó a la Red de Abastecimiento donde hay 495 familias y 16 asociaciones.

 

La FAO fue la primera organización en brindarle una mano a Rompiendo Barreras en cinco años de trabajo. “Nos mostraron que nos merecíamos más oportunidades —explica Ana—. La FAO nos recordó que existíamos y que podíamos salir adelante. Cuanto tiempo no estuvimos esperando a que el gobierno respondiera. Hoy sabemos lo que podemos sembrar, que podemos tener oportunidades”.

 

A partir de entonces, se organizaron más hasta formar ‘microempresas’: los que hacían tamales, hallacas, los que venían pescado, pollo, cerdo, agricultura, y hasta los que realizaban manualidades. Entonces Ana consiguió que pequeños empresarios de la región les dieran cursos a los asociados para formarse en cada campo. Empezaron a soñar.

 

En los últimos meses, a pesar de la pandemia, la Red de Abastecimiento realizó más de 20 acuerdos comerciales con privados y en compras públicas como el suministro de productos para los casinos de Ecopetrol, lo que ha generado cerca de 280 millones en ventas. Además, la red se ha articulado con los mercados campesinos locales y las plazas de mercado como la Galería 7 de agosto, en Villavicencio y Centenario, en Acacías (Meta), donde estos productores han comercializado en promedio 450 millones de pesos. 

 

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Todos se organizaron: los que hacían tamales, hallacas, los que venían pescado, pollo, cerdo, agricultura, y hasta los que realizaban manualidades.


Esto permitió a Ana tener recursos que jamás había pensado. Muletas, sillas de ruedas, camas, pañales. Cumplió el sueño que tuvo cuando “volvió a nacer”: hacer la vida de las personas en condición de discapacidad un poco más sencilla. Hacer valer el nombre de asociación: Rompiendo Barreras con Lazos de Amor. 

 

Entre nosotros teníamos que romper la barrera de cómo nos miraban, de cómo nos trataban. De que éramos un bicho feo, un ser extraño. Era una forma de mostrarle a la gente que no somos extraterrestres, no somos seres diferentes. Que claro, tenemos una discapacidad, pero eso le puede pasar a cualquiera. Por eso queríamos romper el mito con amor. Lo necesitamos y también lo damos”, dice Ana.

 

El amor de su esposo y su familia  la levantó de la cama tras estar cuatro años hospitalizada. La llevó a enamorarse más de la vida, a luchar cada día en sus muletas para que los discapacitados de su municipio y su región vivan la vida que  merecen. Ana reconoce que el mundo puede ser cruel, pero que si ella se pudo parar y rehacer su vida, nada es imposible. 

 

No me puedo quedar quieta, soy de las que van pa’lante. Esa es mi medicina: mi gente—dice Ana—. Si yo me quedo acostada, ¿cuándo podrán vivir como se merecen? Trabajo hasta el punto que se me olvida que estoy enferma. Hay veces que me gritan ¡Ana quédese quieta, descanse!, pero ahí estoy trabajando aunque me duela el alma. Por eso volví a caminar”.
 

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