Una vendedora de forcha que intenta borrar las cicatrices del maltrato

diciembre 17 de 2019

A María Delgado, una nariñense de 35 años, ni los incontables golpes que le propinó su esposo o una enfermedad mental que la acompaña desde pequeña, le han impedido recuperar su alegría y sacar adelante a sus dos hijas adolescentes vendiendo forcha o ponche en Pasto .

Una vendedora de forcha que intenta borrar las cicatrices del maltrato

| María Delgado conoció el amor y el maltrato al mismo tiempo. Hoy busca sacar a sus dos hijas adelante y olvidar los años de violencia. | Por: Jhon Barros


Por: SEMANA RURAL
SemanaRural

La Plaza de Nariño, ubicada en el centro de la ciudad de Pasto, nunca permanece sola. Durante todo el día, decenas de vendedores y lustradores de zapatos se ubican en alguna de sus esquinas para atender las necesidades de los visitantes y turistas.

María Delgado, una mujer de 35 años que nació en el municipio de San Bernardo, es uno de esos personajes. Todos los días, a las 12 del mediodía, llega con una carretilla de color blanco con rojo para vender forcha, una bebida tradicional hecha a base de maíz, cebada y panela, que en otros sitios del país es conocida como ponche.

En sudadera, tenis y con una pava que la protege de los rayos del sol, María espera paciente la llegada de sus clientes. No necesita de megáfonos o gritos para promocionar su producto, ya que los dos cajones blancos en donde guarda las mermeladas de fresa y mora están pintados con la palabra ‘forcha’, que hace parte del léxico pastuso.
 

smiley

La Plaza de Nariño de Pasto siempre cuenta con decenas de vendedores ambulantes que ofrecen bebidas típicas como la forcha. ©Jhon Barros.

La bebida fermentada de color blanco reposa en el interior de un cilindro metálico, la cual solo sale cuando María abre la llave que está instalada en la parte superior. Cada vasito cuesta 1.000 pesos, así sea puro o endulzado con las mermeladas.

Esta mujer trigueña, de estatura más bien baja y con incontables pecas en su rostro, ya lleva un año como la vendedora de ‘forcha’ de la Plaza de Nariño, un trabajo que le ha permitido sostener a sus dos hijas adolescentes de 14 y 16 años.

“No recuerdo un día que me haya hecho menos de 40.000 pesos. Pero no toda la ganancia es para mí, ya que le tengo que dar la mitad al dueño del carrito, mi patrón. Los días de lluvia son fatales, pero los fines de semana puedo llegar hasta los 80.000”, asegura esta mujer que llegó a Pasto hace dos décadas, cuando tenía 15 años.
 

smiley

Al mediodía, justo cuando los niños salen del colegio, María llega a la Plaza de Nariño a vender su forcha. ©Jhon Barros.

«Nos fuimos para Putumayo. Allá empezó mi infierno. Con la niña aún en brazos, ese señor se transformó en un animal y me empezó a pegar y a insultar. Allá no tenía a dónde irme, estaba sola»

María Delgado, una de las vendedoras de forcha de la Plaza de Nariño en Pasto.
 

Oscuro pasado

Tras su sonrisa cálida, su pasmado y cálido acento pastuso y sus ojos soñadores, María esconde una historia oscura que día a día trata de olvidar. “Cuando tenía 18 años, en el 2000, me enamoré perdidamente de un hombre, del cual prefiero no decir su nombre. Al poco tiempo quedé embarazada de Jazmín Estefanía, mi primera hija, por lo cual me fui a vivir con él”.

Según María, vivieron un par de meses en Pasto, época en la que conoció las mieles del amor. Pero al poco tiempo a su pareja le salió un trabajo como albañil en Puerto Asís, un municipio del Putumayo. “Nos fuimos los tres para Putumayo. Allá empezó mi infierno. Con la niña aún en brazos, ese señor se transformó en un animal y me empezó a pegar y a insultar. Allá no tenía a dónde irme, estaba sola, y como no trabajaba me tocó aguantarme, con la esperanza de que algún día todo iba a cambiar”.

En la mañana, María cuidaba a su niña y hacía el almuerzo. Al mediodía iba hasta el trabajo de su cónyuge para llevarle la comida, y regresaba en la tarde con el anhelo de que la furia no despertara en la noche. Los golpes de su compañero no solo le dejaron moretones en el rostro, piernas y brazos, y sus insultos huellas en su mente. También despertaron una enfermedad que la acompaña desde pequeña, la cual permanecía dormida.
 

smiley

Mientras sirve forcha, María trata de olvidar los golpes e insultos que recibió desde que se casó. ©Jhon Barros. 

«No me iba de su lado porque aún lo quería y las niñas estaban aún muy pequeñas como para dejarlas a cargo de un extraño mientras yo buscaba cómo mantenerlas»

María, vendedora de forcha en Pasto.
 

“De niña, los psicólogos me diagnosticaron una enfermedad mental bipolar, la cual solo se me manifestaba con una falta de concentración. Pero los golpes de ese señor me generaron crisis nerviosas tan duras que hasta me internaron varias veces en el hospital”, recuerda María.

Entre golpizas, hospitales y medicamentos, transcurrieron dos años negros de la vida de María en Puerto Asís. “El pueblo se había vuelto muy violento por la guerrilla y yo ya tenía más que suficiente con el dolor que me impartía ese señor. En 2002 regresamos a Pasto como desplazados”.

La pareja regresó a la capital de Nariño con María embarazada de Ashley, su segunda hija. En su corazón aún guardaba la esperanza de tener un matrimonio feliz, pero los golpes e insultos siguieron como si nada. “Llegamos como desplazados, por lo cual el gobierno nos dio un apartamento y ayudas económicas. Él siguió trabajando en la construcción, mientras yo me encargaba de cuidar a las niñas. No me iba de su lado porque aún lo quería y las niñas estaban aún muy pequeñas como para dejarlas a cargo de un extraño mientras yo buscaba cómo mantenerlas”.

En 2011 cometió un error al que califica como garrafal. Me propuso matrimonio y le dije que sí. De ingenua pensé que cambiaría, pero todo siguió igual. De eso me arrepentiré toda la vida”.
 

smiley

María pasa sus tardes en la Plaza de Nariño de Pasto. Asegura que con la forcha puede pagar arriendo y darle estudio a sus dos hijas. ©Jhon Barros.

Una nueva vida

Tuvieron que pasar 17 años de golpizas y un sufrimiento silencioso para que María sacara las fuerzas suficientes y pusiera fin a su tragedia. “En 2016, con mis hijas ya grandecitas, me armé de valor y lo eché de la casa. Jazmín y Ashley me apoyaron para tomar la decisión, ya que ellas sabían todo lo que me había hecho. Ya las había criado y era el momento preciso para empezar a trabajar y sostener a mi verdadera familia”.

Pero su esposo trató de persuadirla. Quería volver con ella y empezó a perseguirla. María fue hasta una comisaría de familia en busca de ayuda, quienes lo obligaron a darle una cuota de sostenimiento. Con su esposo lejos de su hogar, esta pastusa encontró trabajo como vendedora de ‘Bon-ice’. También fue al médico para que le trataran su enfermedad.

“Sabía que en cualquier momento podía recaer. Así que me puse en tratamiento y les conté a los médicos mi historia de violencia. Ellos me dijeron que los golpes habían acelerado la enfermedad y me recetaron un medicamento que me ayuda a estar bien”.
 

smiley

María también vende forcha a la salida de los colegios. El carrito es alquilado, por lo cual debe darle la mitad de las ganancias al dueño. ©Jhon Barros.

En los primeros meses de su nueva vida, su antiguo compañero cumplía con la cuota de manutención, lo que la ayudaba a sortear los gastos de los colegios de las niñas, la comida y los servicios.

Luego dejó de hacerlo, así que lo denuncié. Él aseguró que no tenía obligaciones con nosotras. Buscaba divorciarse para hacer la separación de bienes, es decir recibir la mitad de la plata de mi casita. Ya puse una demanda ante la Fiscalía, porque quiere dejarnos en la calle”.

María dice que no le importa si le toca vender la casa y darle la mitad de la plata, ya que lo material se recupera. Pero sí hará todo lo posible para que pague por mal padre, mal esposo y mala persona. “No quiere ver a las niñas, no les da nada. Me conformo con que salga de nuestras vidas, me dé una indemnización por los daños causados y pague con cárcel todos sus abusos. Ya no necesito nada de él, con mi trabajo les doy educación, alimentación y salud a mis hijas, y ante todo mucho amor”.

Ya poco sabe de las andanzas de su verdugo. Solo lo ve cuando los citan a conciliar en algún juzgado. “Me han contado que está empecinado en encontrar otra mujer, posiblemente para darle las palizas que me propinaba a mí. Ojalá nadie le haga caso. No es una buena persona, es un asco”.
 

smiley

María quiere poner un negocio propio de ropas o comida. Si hija mayor la anima a cumplir su sueño. ©Jhon Barros.

La pobreza es un estado mental

Mientras resuelve sus pleitos jurídicos, María trata de olvidar el pasado con la venta de forcha en la Plaza Nariño en las tardes y a los niños de colegio en las mañanas. Ahorra lo que puede y les aconseja a sus niñas para que no repitan su historia.

“No somos pobres. La pobreza es un estado mental. Lo poco que gano lo administro muy bien para que nos alcance. A mis hijas les digo que no dejen endulzarse de los hombres, que primero terminen sus estudios. Que no hagan como yo, que solo terminé la primaria. Tampoco quiero que sean unas amargadas, pero ya habrá tiempo para el amor”.

María no piensa quedarse como vendedora de forcha toda la vida. Ya tiene un proyecto en la mira, el cual piensa organizar con la ayuda de su hija mayor. “Quiero poner un negocio propio, de comidas o de ropa. Pero por mi enfermedad me toca repasar mucho para aprenderme las cosas, por lo cual mi hija me dijo que me ayudaría a empezar, mientras cojo el ritmo. Jazmín quiere inscribirse en el Sena para estudiar diseño de modas”.

A las 6 de la tarde, María abandona la Plaza de Nariño, entrega la mitad de lo producido y coge rumbo hacia su casa para abrazar a sus hijas, las dos luces de sus ojos que son su motor para olvidar el maltrato y los años de penumbra. “No necesito un hombre a mi lado para ser feliz, ya que las tengo a ellas. Ni mi enfermedad ni el pasado horrible que viví me detendrán para sacarlas adelante y que sean felices”.
 

¡Suscríbete!

Y recibe primero una selección de los mejores contenidos y novedades de SEMANA RURAL. Nada de spam, promociones comerciales ni cosas aburridas.

Ingresa el correo que más utilices, gracias por ayudarnos
Al suscribirme, acepto los términos y condiciones y autorizo el tratamiento de mis datos personales conforme a las finalidades y demás condiciones descritas en la política de tratamiento de datos personales de SEMANA.




¡Comparte!



Foto de perfil del autor del comentario






Semana Rural. Un producto de Proyectos Semana S.A. financiado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a través del programa de Alianzas para la Reconciliación operado en Colombia por ACDI/VOCA. Los contenidos son responsabilidad de Proyectos Semana S.A. y no necesariamente reflejan las opiniones de USAID o del gobierno de Estados Unidos.