junio 16 de 2020

¿Y con el racismo en Colombia, qué?

Por: Claudia Ospina

El movimiento del Black Power de los años sesenta llevaba como una de sus consignas “la revolución no será televisada”. No obstante, y en plena pandemia por la covid-19, la viralización de asesinatos como el de Ahmaud Arbery o el de George Floyd han desencadenado fuertes protestas que han hecho que el movimiento esté en todos los titulares. 

Mientras tanto, en Colombia el racismo y las reivindicaciones siguen sin ser televisadas, pues las desigualdades y la inequidad racial parecen ser parte de un status quo incuestionable, que para las “buenas gentes” sólo merece actos de buena voluntad y la romantización de los casos exitosos, pero jamás un cambio estructural. Por ejemplo, las movilizaciones de Chocó y Buenaventura del 2017 que gritaban “el pueblo no se rinde, carajo” o el video del hijo de María del Pilar Hurtado llorando el asesinato de su madre, no tuvieron ni de lejos el eco del Black Lives Matter estadounidense. De hecho, mientras en Estados Unidos el conflicto racial está a la orden del día y ocupa la atención de la academia desde hace varias décadas, aquí vivimos en un imaginario nacional donde todos somos iguales y donde nos preciamos, cuando conviene, de ser una nación pluriétnica y multicultural.

Más aún, aquí el tema de la discriminación es un tabú, pues prima ser políticamente correcto a dar una discusión seria y honesta que visibilice los prejuicios y la exclusión estructural por temas raciales y étnicos. Así, hemos vivido escándalos nacionales por frases racistas de figuras públicas, pero las precarias condiciones de vida de miles de afrocolombianos y la afectación del conflicto sobre sus territorios está totalmente normalizado. Como si fuera natural que las personas de piel oscura estuvieran condenadas a la pobreza y al conflicto armado.

Antes de entrar en los datos, debe recordarse que por errores de omisión y de aplicación de la pregunta de autorreconocimiento en el Censo 2018, la población afro quedó sub-representada, por lo que el mismo DANE recomienda no usar los resultados absolutos a la hora de determinar la población negra, afrocolombiana, raizal y palenquera del país. De esta manera, aunque no se censó a un 63% de esta población, el censo no se cayó, como sí pasó con el censo chileno de 2012 que tuvo un porcentaje de omisión total muy similar al nuestro.

Hecha esta advertencia, y bajo la afirmación que hace el DANE sobre la utilidad de la información relativa del censo, en los 100 municipios con mayor porcentaje de población afro (que es donde se concentra el 59% de esta población), el 48% de los hogares son pobres, el 59% tiene bajo logro educativo, el 37% no tiene acceso a fuente de agua mejorada, y el 20% tiene al menos una persona que no sabe ni leer ni escribir. Por otro lado, empleando datos de la UARIV, el 22% de las 4,7 millones de personas negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras son víctimas del conflicto armado, y el 21% del total de víctimas del país provienen de los 100 municipios mencionados anteriormente.

Los siguientes 3 mapas señalan estos 100 municipios, y muestran los datos municipales del porcentaje de población afro, el índice de pobreza multidimensional (IPM) y el número de víctimas como porcentaje de la población de cada municipio en 2018. Se puede ver cómo estos 100 municipios están principalmente ubicados en el litoral pacífico y se asocian con altos porcentajes de IPM y de número de víctimas del conflicto armado. Si incluyéramos la ubicación de las poblaciones indígenas terminaríamos de explicar gran parte del panorama.

 

En estos datos se esconde además una interseccionalidad de la dimensión racial y étnica con variables como el nivel de ingresos, y el género. El reto actual es visibilizar cómo estas dimensiones se superponen y se cruzan, es decir, cómo se manifiesta y reproduce el hecho de que no es lo mismo ser una persona de piel negra en Bogotá, en Cali, o en Caldono, ni es lo mismo si se le suma ser mujer, o pobre.

Estamos atravesando un momento importante, donde a pesar de toda la configuración estructural que les juega en contra, vemos una explosión cultural de su música, de su gastronomía, de sus narrativas y de su estética, todo como una expresión de resistencia en donde su inclusión pasa por la reivindicación de las que suelen ser marcas de exclusión.

Siendo una persona “mestiza”, bogotana, que nunca se ha sentido excluida por su color de piel, pero que por mucho tiempo deseó tener una tez más blanca, y sin ser experta en estudios de racismo, convoco a que la acogida del movimiento Black Lives Matter trascienda la moda mediática, para que permita cuestionarnos sobre cómo opera el racismo en nuestro país, con todas sus particularidades territoriales, y empecemos a ver a las personas oprimidas por la desigualdad, como agentes de su propio desarrollo, que lo que exigen y requieren es un juego nivelado.

 

Por: Claudia Ospina 

Investigadora de Rimisp Colombia. Máster en Políticas Públicas y Desarrollo de Toulouse School of Economics y Economista de la Universidad Nacional de Colombia. 


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de SEMANA RURAL.

 

 

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