Yurumanguí, una comunidad que sabe de dónde viene y para dónde va

abril 02 de 2019

Luego de transitar entre la desesperación y el abandono, la comunidad de Yurumanguí encontró en el bosque su futuro. .

Yurumanguí, una comunidad que sabe de dónde viene y para dónde va

| El Consejo Comunitario de la Cuenca del Río de Yurumanguí, constituido en 1998, es liderado por 54 yurumanguireños que representan a los habitantes de las 13 veredas ubicadas a lo largo de cerca de 54 mil hectáreas, tituladas en el 2018. | Por: Ana Milena Reyes


Por: SEMANA RURAL
SemanaRural

“Este es un territorio de paz, de estabilidad, donde no muere la esperanza. Es un paraíso”, así lo describen sus moradores, los mismos que han tenido que afrontar conflictos por décadas. “Nuestro territorio ha resistido a muchas barbaries, pero el saber que tenemos un espacio donde respirar tranquilos ha hecho que permanezcamos aquí” así lo dice Graciano Caicedo Arroyo, presidente del Consejo Comunitario de la Cuenca del Río Yurumanguí.

Este corregimiento del municipio de Buenaventura, que alberga a cerca de 3.800 habitantes, tiene claro que la felicidad se la da su territorio. Sí, son felices, aunque sólo cuenten con energía tres horas al día gracias a una planta eléctrica y el acceso a otros servicios públicos sea una ilusión. En cambio, tienen el
aire fresco del bosque, los alimentos que cultivan y una despensa natural y permanente de peces.

Llegar a la primera vereda del río implica un viaje de cerca de dos horas, saliendo desde el puerto de Buenaventura y pasando por el mar pacífico. El recorrido hasta la última vereda tarda entre cinco y siete horas, si el río tiene buen nivel para navegarlo en las lanchas, que son impulsadas por motores de 75 caballos de fuerza, casi siempre.

El Consejo Comunitario de la Cuenca del Río de Yurumanguí, constituido en 1998, es liderado por 54 yurumanguireños que representan a los habitantes de las 13 veredas ubicadas a lo largo de cerca de 54 mil hectáreas, tituladas en el 2018. Este Consejo ya se había organizado como comunidad étnico-territorial en la Asociación Popular de Negros Unidos del Río Yurumanguí (Aponury) en 1992, luego de la Asamblea Nacional Constituyente.

 



Su pervivencia en el tiempo y el territorio

Con el bosque como proveedor primario de medios de vida, los yurumanguireños basan su economía en la madera, la pesca y la agricultura familiar. Tras afrontar tres décadas de violencia decidieron prohibir los cultivos ilícitos, la minería a gran escala y los monocultivos, logrando, hasta hoy, mantenerse alejados del conflicto.

Yurumanguí se divide en tres zonas: alta, media y baja. En la parte alta se trabaja la minería artesanal, en la media la agricultura y en la baja se practica la pesca artesanal. La minería es realizada sin el uso de químicos, a mano limpia y con batea como lo hacían sus antepasados. En la agricultura se destacan los cultivos de papa china, maíz, caña panelera, lulo y un poco de arroz, más los frutos silvestres que les brinda la naturaleza como el naidí (el mismo açai para las comunidades de la Amazonía). Cuando salen a pescar o “milandar” en su dialecto, con tramallo (malla) o con gancho, llevan a casa especies como la mojarra, el sábalo o el bocón, peces que el complejo de manglares les ofrece.

“La unión hace la fuerza”, es el lema que promueve cada uno de los yurumanguireños, por eso hombres y mujeres participan en las actividades de pesca, agricultura y minería. Cuando van a cultivar hacen jornadas de rosería (o desmonte) para preparar la tierra para los cultivos, una actividad que integra a las familias porque prestan su mano de obra para ayudar al vecino y luego rotan por las tierras de la siguiente familia que vaya a sembrar. Practican también el trueque, así que luego de separar los alimentos para autoconsumo, intercambian alimentos con familiares y amigos de la comunidad.

 


El yurumanguireño y su relación con la madera y el bosque

“La madera siempre ha estado aquí, desde nuestros ancestros, hace parte de nuestra cultura, de nuestra vida, por eso la valoramos y respetamos” dice Pascualino Caicedo Valencia, cortero nacido en San Antonio de Yurumaguí. Pascualino alterna sus labores como cortero y como agricultor porque el corte de la madera se hace en dos temporadas, la primera entre los meses de marzo y abril, y la segunda entre octubre y noviembre.

El trabajo de la madera no es para nada sencillo. Pasan años para que los corteros puedan tumbar un árbol. La tala requiere no solo de fuerza física, sino también de herramientas costosas pues, aunque regularmente emplean motosierras, si estas se llegan a dañar tienen que hacerlo con hachas; posteriormente el traslado de la madera a orillas del río es un proceso que se hace con la fuerza de cuadrillas de hombres, para luego esperar que el rio esté en el nivel indicado y puedan sacar los troncos a la entrada de la cuenca e incluso, en algunos casos, hasta el puerto de Buenaventura.

Una vez se tumban los troncos de chanul, sande, caimito, popa, machare, tangare, cuangare, carrá o huasca, que son los que se encuentran frecuentemente en la cuenca, los mismos corteros hacen la siembra de nuevos árboles para mantener vivo el bosque. Este proceso que ha sido desarrollado por petición de la comunidad e incluso ha sido impuesto como norma por el Consejo Comunitario.

Y es justamente este modelo de buenas prácticas lo que facilitó que el Consejo Comunitario de la cuenca del Río de Yurumanguí obtuviera en el 2017 el permiso de aprovechamiento forestal por parte de la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca (CVC).
 


«Yo quiero el bosque, trabajo en el bosque y cuido el bosque»

Pascualino Caicedo Valencia


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El proceso de forestería comunitaria

El proyecto de Forestería comunitaria se desarrolla actualmente con cuatro núcleos de manejo forestal comunitario y el apoyo a 14 iniciativas locales, con el objetivo de promover un modelo de desarrollo sostenible en territorios de comunidades locales que contribuya a mejorar su calidad de vida, su economía local y la reincorporación colectiva, a partir de la conservación y uso sostenible de los bienes y servicios de los bosques, y que el sector forestal aumente su contribución en el producto interno bruto del país.

La propuesta del proyecto se basa en: 1) Organizar la producción de la autorización de aprovechamiento vigente; 2) formular un plan de negocios; 3) Avanzar hacia la formulación de una propuesta de reglamento para el negocio forestal.

El programa, único en el país, es fruto de una alianza entre el MADS y la FAO –con recursos de la Unión Europea—, para la consolidación de la propuesta de Manejo Forestal Sostenible, en el marco del contrato de reforma sectorial para el Desarrollo Local Sostenible suscrito entre la Unión Europea y la República de Colombia, cuyo objetivo es contribuir a la superación de las desventajas sociales y económicas de las regiones marginadas y afectadas por el conflicto de Colombia.

 



El trabajo no termina aquí. Motivados por la conservación de su territorio, con todo lo que ello implica en su cultura, la comunidad de Yurumanguí, Benita Cangá y un grupo de docentes y jóvenes de la vereda de San Antonio conformaron el grupo de salvaguardia en el 2013.

Inició como un grupo de encuentro artístico, construyendo desde la música la recuperación de sus costumbres en sus cantos y danzas, con la construcción de líricas que en sus tunás (versos) cuentan historias de sus ancestros y elevan mensajes para que los más chicos aprendan de su cultura y promuevan el cuidado de su territorio.

En la actualidad, el grupo de salvaguardias está integrado por tres sub grupos, cada uno con 12 personas, el de los adultos, los jóvenes y los niños y niñas, quienes con sus conucos, guasás y marimbas, se divierten y fortalecen sus conocimientos sobre el cuidado del bosque, el agua y la cultura. Efrén Cangá, un joven de 31 años nacido en San Antonio de Yurumanguí, con estudios en licenciatura en artes y docente de primaria, sigue el legado de su madre Benita Cangá y es quien dirige actualmente al Grupo de Salvaguardia.


Este grupo se ha unido a la iniciativa de forestería comunitaria participando en los talleres de formación y los de análisis y desarrollo de mercados. Los jóvenes están convencidos de que en el bosque de Yurumanguí está su futuro, por eso no escatiman en dedicar el tiempo que se necesite para acompañar a su comunidad desde la música, el canto y el baile para educar a sus familias en el cuidado del medio ambiente.
 


«Los jóvenes no quieren que el bosque se acabe. Los árboles hacen parte de la vida de los yurumanguireños, han estado allí desde hace muchas generaciones y quieren conservarlos para las que vienen. Yurumanguí es un paraíso y así queremos conservarlo»

Efrén Cangá


 

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